Euronírica. París

POR Teófilo Huerta

(Último capítulo)

 Más de una hora permanecimos en la torre, que pisé, recorrí y toqué casi igual que aquella botella de perfume de su misma forma que mi madre tenía sobre su tocador. Cuántas veces no tomé esa botella y en pleno suelo la rodeé de minúsculos autos de plástico

 

Sueño que lates en la matriz de la Tierra

(www.paristurismoblog.com)

Una falla mecánica y un buen vino, fueron el preámbulo de la Ciudad Luz.

El Air France tomó pista en el aeropuerto de Barajas, más velocidad y cuando debía justo venir el despegue comenzó a bajar la velocidad y regresar a plataforma mientras se nos anunciaba que se había detectado un pequeño desperfecto a repararse en un instante sin ningún desalojo de pasajeros. La noticia era para poner nervioso a cualquiera, quedábamos a la suerte de un casuístico segundo despegue.

Para afrontar la situación no perdí la oportunidad de aprovechar el obsequio entregado por las sobrecargos al abordar y bebérmelo de un jalón: un apetitoso vino tinto. El tiempo de espera sirvió para degustar el líquido y para lograr en mí un efecto eufórico que de antemano lo tenía por la proximidad de conocer el mundo parisino y la obsesiva idea de subir a la Torre Eiffel.

Muy quitado de la pena, el segundo despegue me pareció instantáneo y al verificar mi posición desde las alturas la tranquilidad y el regocijo se apoderaron de mí por el par de horas del trayecto.

Llegamos muy de noche por el aeropuerto de Orly y pronto identifiqué al guía que nos esperaba. El autobús tomó por el amplio periférico y llegamos a un modesto y cómodo hotelito distante del centro. Compartí esa vez el cuarto con Eduardo el angelino.

A la mañana, apenas desayunados, todos aceptamos el tour para conocer la catedral de Nôtre Dame y tomar las clásicas impresiones en una fresca pero agradable mañana. Por fin París y su singular y dulce fonética.

Más adelante por el centro bajamos en una tienda perfumes. Por supuesto que me sumé al delirio –por petición familiar— de adquirir un par de productos exclusivos, pero no soporté perder más minutos e igual que cuando descendí del autobús en Roma, así di por terminado el paseo en grupo y traspasé la puerta del local hacia la libertad parisina. Eduardo me alcanzó enseguida.

 

(sitiosturisticos.com)

Buscamos desesperados –o al menos yo— una estación del metro; la abordamos con mucha naturalidad y bajamos en Trocadero; salimos, y después de dar unos pasos, advertí la majestuosa y ferrosa estructura que me saludaba y me daba la bienvenida. Quería correr a abrazarla, pero a la vez nos encaminamos y pude deleitarme con el paisaje y grabarlo para siempre en mi memoria. Atravesamos por el puente del río Sena y llegamos hasta la taquilla. Después de formarnos adquirimos nuestros boletos y abordamos el elevador; no existía servicio al primer piso, así que lentamente mientras llegaba al segundo fui descubriendo una imponente vista panorámica, al tiempo que me pareció experimentar un déjà vû, pero no, porque recordé atónito y nítidamente cómo un par de años antes había soñado con la imagen que se me presentaba; una sensación inigualable, había sido un sueño auténticamente premonitorio. Así bajamos al segundo piso y pudimos recorrer y fotografiar por los cuatro costados –Eduardo retrató mi verdadero abrazo a la torre, o a parte de ella—; después subimos al tercero más estrecho y conocimos el cubículo en homenaje a Gustave Eiffel, el ilustre arquitecto e ideólogo de la torre.

Por más de una hora permanecimos en aquella torre que pisé, recorrí y toqué casi igual que aquella botella de perfume de su misma forma que mi madre tenía sobre su tocador. Cuántas veces no tomé esa botella y en pleno suelo la rodeé de minúsculos autos de plástico. Mi obsesión se acentuó cuando en la secundaria abría diariamente mi libro de francés que contenía la foto de la misma obsesiva torre.

Con la convicción de volver, descendí con Eduardo de la Eiffel.

 

Museo Louvre (es.wikipedia.org)

Al tercer día de estancia varios de los compañeros tomamos el rumbo hacia el Museo del Louvre que exigía una larga fila para entrar. Por supuesto que sabía del valor del sitio pero también de las horas que tendría que invertir y opté nuevamente por separarme y simplemente derrochar las suelas de goma de mis zapatos en París, así que me interné en el jardín de Les Touilleries y su pequeño arco del triunfo Carrousel cerca del cual imprimí una bella figura femenina provincial cuando canasta en mano alimentaba palomas; pasé por el Obelisco, los históricos edificios de La Ópera y de Los Inválidos, y así continué hasta Les Champs Elisée –la avenida principal que Maximiliano hizo emular en México y bautizarlo como el Paseo de la Emperatriz (después renombrado de la Reforma)— para por fin detenerme en el Arco del Triunfo y ante la resguardada tumba del soldado desconocido. Por supuesto, imaginé desfilar a las tropas francesas.

Desde el arco advertí la punta de mi Torre Eiffel y como imán nuevamente me atrajo a pesar de la distancia, así que ello me permitió caminar por otros barrios franceses y admirar la antigua arquitectura de sus edificios. Llegué hasta la torre por el lado del antiguo hipódromo y la retraté entre las hojas de los árboles.

Ya por la noche nos correspondió a todos embarcarnos y dar un paseo por el río Sena y descubrir los encantos de la ciudad a través de sus puentes. Admirar tenuemente iluminada la misma torre que me volvía a saludar. Tras el refrescante paseo, entramos al Lido, y como por decisión del guía a mí me había correspondido la función de tesorero, obtuve mi entrada gratuita al centro nocturno. Lejos del morbo, el fino espectáculo nos mostró los pechos desnudos de las bailarinas ataviadas con colorido vestuario y con ello el elegante encanto de los cuerpos femeninos. Animado por el ambiente del show y las copas, esa noche terminé dando una ronda con el ya amigable chofer del autobús.

El último día de estancia en París renuncié nuevamente a un paseo al Palacio de Versalles por una nueva visita a la Torre Eiffel, previa escala en una farmacia donde en principio me negaban la venta de una simple aspirina por falta de receta, en una tienda de mascotas donde adquirí un champú para mi perro dado que no podía quedarse sin su souvenir de Europa, y de adquirir algunas prendas en barata que las Galerías Lafayette ofrecía en sus banquetas.

 

(paris.ociogo.com)

Subí solo a la gran torre y experimenté de manera más reposada las mismas y felices sensaciones. Tras retirarme con cierta nostalgia del lugar, tomé a la suerte el camino. Fui a dar al barrio Latino (y para variar la Zona Rosa fue mi referente), donde vi a un grupo de jóvenes jazzistas interpretar su música sobre la banqueta en la que en un estuche recibían las monedas, una pequeña sala de cine, muchos cafés y también mi reloj que me indicaba el regreso para no perder la comida-cena del día.

Tras de una siesta en el hotel, salí con Eduardo a buscar un buzón para depositar tarjetas postales, pasamos por algunos comercios donde testifiqué algunas escenas del futbol francés en un televisor y de allí nos enfilamos hasta la basílica del Sagrado Corazón, cuya escalinata estaba poblada de africanos que ofrecían piezas de marfil. La vista desde el Sacré Coeur era otra inolvidable panorámica del París que más que capturarla con la cámara quedó impresa en la mente.

Al anochecer llegamos al Barrio Latino y apenas escuchado nuestro breve diálogo fuimos materialmente abordados por tres hondureñas que estudiaban en esas tierras y que se identificaron con nosotros. Recorrimos el sitio y nos sentamos luego a departir unas dulces crepas en medio de jovial charla que continuó en nuestro paseo por el metro donde nos despedimos de ellas y de París todo. El metro siempre fue un gran aliado por lo numeroso de sus líneas que incluso conectaban a modernos trenes suburbanos que brindaban servicio entre poblaciones cercanas.

Maletas en mano al otro día abordamos el avión de regreso. Más que observar las películas que nos proyectaron, mi mente repasaba las múltiples imágenes del viaje que ya era nostalgia. Una larga escala nos recibió en Nueva York y divisamos la bahía y algunos edificios desde un gran ventanal del aeropuerto. Nos conformamos con ello al abandonar la idea de hacer un tour relámpago en taxi; sólo una compañera de viaje cambió sus planes y se despidió del grupo para quedarse algunos días en la ciudad norteamericana.

Después de horas dedicadas a jugar en las novedosas máquinas, comer y recostarse sobre las maletas, abordamos el vuelo definitivo que todavía hizo una última pero breve escala en San Antonio, Texas.

Así aterrizamos a medianoche. A pesar de ser momento de dormir fue más bien el de despertar del sueño europeo.