Euronírica. Roma y Florencia

POR Teófilo Huerta

(Segundo de cuatro capítulos)

Roma: elocuente arquitectura de romántica presencia

Florencia: arte y naturaleza que se conjugan en un continuo renacer

 Fontana di Trevi (www.catai.es)

Tras sobrevolar en un Alitalia los Alpes suizos, muy pronto aterrizamos en el Dante Aligheri y llegamos al hotel en las inmediaciones de Roma.

Ese día para mí fue cortísimo. Después de la despedida de los gansos, la salida de Londres y el arribo a Roma, apenas asignado el cuarto caí como tabla sobre la cama para despertar entrada la noche, y angustiado me levanté y dirigí al comedor donde sólo alcancé un bolillo y café para cenar.

Muy animados al día siguiente en grupo abordamos el autobús que nos daría un tour por la ciudad. Tras visitar el majestuoso Panteón y recordar que somos temporales, fuimos a dar a la protagónica de película Fontana di Trevi, a la que de espaldas de acuerdo a la tradición lancé tres monedas para pedir alguna vez retornar.

El vehículo tomó una nueva ruta y como proyección fílmica aprecié con toda claridad por la ventanilla al Coliseo, del que poco a poco nos fuimos distanciando. Muy sorprendido pregunté a la guía si no bajaríamos, “no está contemplado” me dijo, y raudo y veloz como si estuviera en un simple camión de la ruta “Tlalpan y anexas”, advertí al chofer mi intención de bajar, y simplemente atónitos mis compañeros me vieron cuando ya estaba yo en tierra con “pies para qué los quiero”.

No me importó haber quedado ya un tanto alejado del histórico sitio, pues ello me sirvió para palpar y oler Roma. Con más de 30 grados centígrados en el ambiente y con un refresco de naranciata en la mano subí la escalinata de La Trinidad, sintiendo como si fuera la de la Universidad de Guanajuato; de allí no paré hasta llegar al Coliseo, sin cansarme de fotografiarlo. En su interior comulgué con la historia. Incrédulo de pisar las mismas tribunas en las que la masa romana se extasiaba de ver a gladiadores y fieras, heroísmo y sangre. Lo aprendido en páginas, documentales y películas se me presentaba de un golpe ausente de los hechos pero presente el escenario, y el silencio de mi momento contrastaba con lo que mi mente recreaba.

Lo imponente de mi estancia en el Coliseo se intensificó con la inusitada convicción de estar allí justo al mediodía mientras de madrugada mis familiares y conocidos soñaban, pero, ¿no también yo soñaba? ¿Era posible que mi persona estuviese allí?

Recuperado del éxtasis recorrí el Foro romano y de allí de vuelta por la Vía Venneto descansé en un jardín frente al imponente monumento a Víctor Manuel, II y aunque efectivamente no estaba en la Alameda frente al Hemiciclo a Juárez, la odiosa comparación por los monumentos en mármol blanco volvió a mis adentros, un juego del que nadie escapa al confrontar las nuevas experiencias con aquellas que se han consolidado en uno.

Por allí me agencié un par de gigantescos hot dogs en la tavola, o sea en la barra, lo cual previamente adiestrado por respectivo manual me resultó más económico. Sin el antecedente del “horario de verano”, que aún ni se imaginaba México, sumé la nueva sensación de caminar más allá de las ocho de la noche bajo la intensa luz del sol.

Apenas retorné al hotel y me incorporé al nuevo viaje en grupo a Tivoli. Gustoso admiré las múltiples fuentes que desde la base hasta la cima están alimentadas por un arroyo natural. En el trayecto me di tiempo para ensayar mi rudimentario italiano, para caer en la cuenta de que por más que me esmeraba lo hacía nada menos que con una venezolana, eso sí, avecindada en Roma.

 

Florencia (www.agriturismi.co.uk)

Rendido por el emocionante trajín amanecí con renovado entusiasmo para viajar a Florencia. El trayecto fue muy cómodo aderezado con verdes paisajes y numerosos puestos de gigantescas sandías.

Un día para ver Florencia es otra vez un sueño relámpago. Primero admirar la plaza tupida de esculturas, conocer la catedral y presenciar al David de Miguel Ángel, después degustar una buena comida en pleno centro, tomar gelatto y recorrer las calles en compañía de Eduardo, y por azar, de Sonia e Inmaculada, dos españolas de las Islas Canarias.

Más adelante la pintura viviente del río Arno, sus puentes y vendimia en ellos, para culminar cenando unos exquisitos ravioles. De allí, Eduardo y otro grupo de compañeros –previa invitación que increíblemente rechacé por absurdo cansancio— partieron a la estación del ferrocarril con destino a Venecia, el resto regresamos a Roma, pero no para descansar sino para salir a un centro nocturno.

Bajo el marco de la luna llena visitamos la Plaza de España, tan alegre como muchas de las mexicanas, con jóvenes, globos y retratistas a lápiz. De allí, tras la “fuga” de Verónica y Marisol –prima de Eduardo—  con unos conquistadores italianos, saltamos al salón donde se desarrolló una variedad musical, parte de ella un concurso donde participamos tres extranjeros y me llevé una sidra a la mesa como trofeo tras de triunfar con desinhibición con una simulación de striptease ante el azoro de mis coterráneos y de mí mismo.

Al día siguiente, en que hubiera podido estar en Venecia e incluso en una playa cercana a donde muy temprano partieron Verónica, Marisol y sus pretendientes italianos, organicé mi nuevo tour solitario. Sin resentir las otras oportunidades, aproveché la jornada para internarme en los laberínticos pasillos del Museo Vaticano. Me llené los ojos del mural de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, adquirí algún timbre en el Correo Vaticano y recorrí por varias horas el museo y abrumado por tanta información que emana, lo que más retuve fue la vista de sus jardines desde el interior.

Fuera del estado Vaticano realicé un paseo por el Castello, la Piazza del Pópolo –nombre común a mi alias— y fui a dar a la Piazza Navona, donde comí un trozo de pizza comprada por gramaje en compañía del sonido de la Fontana de Trevi. ¡Estoy en Italia!, me decía para no despertarme.

 

Rampa espiral de los museos Vaticanos (www.kalipedia.com)

Por la noche hicimos grupo Manuel, Javier y Arturo para pasear por centro. Abordamos un autobús cuyo porte se cubría al depositar las monedas en una máquina colocada en la puerta central. Al caminar por un barrio similar a nuestra Zona Rosa detectamos el folclórico estilo de las rubias prostitutas al pasear y levantar a sus clientes en inconfundibles autos compactos de color blanco. ¡Un servicio similar al de los taxis!

Fuimos así a dar a un antro donde bebimos algo mientras una chica nos bailaba una danza árabe con el torso desnudo. Consumimos las horas y todavía en la habitación los compañeros organizaron una partidita de dominó de la que rehuí para vitaminarme con los párpados cerrados.

Al amanecer estaban de vuelta los aventureros de Venecia. Acompañé a Eduardo al Coliseo y me sentí su guía; él provenía de Los Ángeles, California, y yo ya me saboreaba un nuevo viaje a esos lares. Como Eduardo deseaba entrar al Museo del Vaticano yo me desistí del replay y me regresé a la zona del hotel, donde recorrí la colonia aledaña, pasé por un nada novedoso “mercado sobre ruedas” donde adquirí unas pantuflas, y paradójicamente, al momento de buscar una lonchería, encontré varias pero con la cortina abajo por ser absurdamente la hora de la comida. Me conformé con una tienda que despachaba algún emparedado y me deleité observando una italiana, a la que le disparé un bambola como piropo.

Así nos despedimos Italia y yo. Un modesto avión de Iberia surcó los aires como “guajolotero” del Ajusco, pues además de lo incómodo de los asientos, los compartimentos de equipaje se nos venían repletos de bolsas junto con el inseparable y estorboso sombrero de charro de una compañera que todavía no encontraba destinatario.