Euronírica

POR Teófilo Huerta

(Primero de cuatro capítulos)

 En mi recorrido bajo una suave llovizna fui a parar a un pequeño parque, donde sumé a conciencia mi sentido del olfato sin en verdad hallar un olor singular como sí lo he encontrado en muchas ciudades mexicanas

(damir-olejar.deviantart.com)

Fue la lectura compartida y en voz alta de Pedro y el capitán la que aminoró mi sensación de las horas, y, sobre todo, las ansias de tocar tierras lejanas y extrañas.

El vuelo en la hoy nostálgica línea de Pan Am había partido puntual al mediodía del 13 de agosto de 1981 del Aeropuerto de la Ciudad de México. Con una pronta escala en el Aeropuerto de Houston (entre los aplausos de los norteamericanos al tocar tierra), el avión enfiló vigoroso hacia el viejo continente.

Entusiasta, el grupo de una veintena de jóvenes (y uno que otro adulto seguramente joven de espíritu) comenzó a interactuar y a imaginar los breves 15 días venideros.

Fue Verónica la que sacó de su maletín el pequeño libro con la obra teatral de Mario Benedetti y quien tuvo la idea de irlo leyendo alternadamente de acuerdo con los personajes. Bien pudimos hacer todo un montaje para los pasajeros, pero nos limitamos a realizar el ensayo en nuestros asientos. Marco Antonio, el otro compañero de viaje, optó por cerrar los ojos; yo, por más que lo hice en varios momentos, jamás concilié el sueño.

Y más bien el sueño comenzó cuando desde las alturas ya no hubo más capas de nubes ni azul de cielo y mar, sino paisaje inglés.

 

I Londres

 

Belleza contrastante que impacta los sentidos

 

(mattsshiznit.com)

Ya en el mediodía europeo y tras el respectivo visado fuimos recibidos con un cartel que indicaba las siglas de la agencia juvenil mexicana. Un par de guías españoles procedieron a llevarnos al camión que tomó la carretera siempre rodeada de inmensos y pulcros jardines.

El arribo al Leinster Towers Hotel sirvió solamente para nuestro registro y para desembarazarnos del equipaje, pues la gran mayoría dejamos de lado el desvelo y reanimados por el nuevo entorno tomamos de inmediato las calles de Londres o más bien ellas poseyeron nuestra vista.

En un santiamén testificamos el estilo arquitectónico clásico de las casas inglesas, el paso de los pintorescos autobuses rojos de dos pisos (nunca abordé alguno) y el invertido tránsito de los vehículos. Un mundo al revés nos recibía.

En compañía de Marco y Verónica nuestra primera parada fue en un establecimiento donde pedimos nuestra respectiva hamburguesa para recargarnos de energía. De allí saltamos al centro, donde quedamos de reencontrarnos un par de horas después.

Se dio así mi primer contacto tan necesario en soledad con la cosmopolita ciudad. Fue el instante en que ya no tuve dudad de que me encontraba en un territorio muy ajeno de lo acostumbrado, pero también tan propio como habitante del planeta. Un lugar novedoso pero tan mío por pisarlo, verlo y prontamente capturarlo para siempre fotográficamente y memográficamente.

En mi recorrido bajo una suave llovizna fui a parar a un pequeño parque, donde sumé a conciencia mi sentido del olfato sin en verdad hallar un olor singular como sí lo he encontrado en muchas ciudades mexicanas. Allí permanecí varios minutos conmigo mismo.

Fui después testigo del desparpajo de la juventud al visualizar la facilidad con que las jóvenes se tiraban sobre la banqueta a amarrarse las agujetas de sus tenis, así como de los exóticos pintados de cabello de los primeros punks que percibí.

 

(www.europepics.org)

Al caer la tarde me reencontré con los dos compañeros en el almacén de Harrods y de allí entramos al viejo metro londinense para trasladarnos a la zona de Piccadilly Circus y palpar la vida nocturna de los jóvenes.

Verónica aguardó en un café mientras Marco y yo nos ilustramos en unos de los múltiples locales donde previa colocación de una moneda pudo cada quien acceder desde una cabina privada a un striptease de un par de chicas. El sueño se tornaba erótico por unos minutos.

Sacudidos en nuestras hormonas y pieles caminamos nuevamente por las atiborradas calles de la zona hasta que decidimos abordar un clásico taxi negro que nos llevó al hotel. Ya en el cuarto que compartía con Marco, muy a pesar del desvelo y el cansancio, el cambio de horario se hizo patente pues difícilmente concilié el sueño mientras veía en la televisión una famosa y asquerosa película de gatos asesinos.

El siguiente día fue de clásico tour con todo el grupo. Un recorrido por la ciudad nos permitió conocer residencias de duques, jardines, la catedral de San Pablo, observar en un museo la larga cola ordenada por horarios para conocer los regalos recibidos por los recién casados príncipes Carlos y Diana y llegar hasta el Palacio de Buckingham para apreciar el desfile diario de cambio de guardias.

En los alrededores del sitio hicimos migas con unos ingles que “gustosos” disparaban sus cámaras fotográficas y pedían nuestras direcciones para intercambiar correspondencia. De pronto uno de ellos me solicitó una cantidad por la foto y ante mi asombro a ignorar a mi “amigo extranjero” quien se hacía el sorprendido por recibir su remuneración. Pronto aprendí que en cualquier lugar del mundo existen sofisticados bribones y con ello a permanecer alerta en el resto del viaje.

 

(www.lavanguardia.com)

Por la tarde, en un bello atardecer frente al río Támesis donde vimos el levantamiento del puente para el paso de las grandes embarcaciones, fuimos a ver las joyas de la corona, aunque lo más llamativo fue testificar la rigidez de los impecables guardias ingleses.

Tras de esa visita y con la tarde libre reanudé mi paseo estrictamente personal. Tomé el metro hacia el centro y después me dejé llevar por mis pies. Ya había oscurecido cuando entré a un jardín por un acceso custodiado y tras unos minutos de haberme internado me percaté que cerraban la puerta; quise que detuvieran la acción para salir, pero ello fue infructuoso justamente ante la mecánica conducta de otro guardia al que pareciera que nadie le hablaba; él solamente debía cerrar la puerta con toda puntualidad.

Casi, casi pensé que tendría que dormir en aquel parque, que en mucho asemejaba al mismo bosque de Chapultepec, con la diferencia de bastantes kilómetros de distancia. Por fortuna pronto descubrí otra salida natural. De allí fui a dar nuevamente al río Támesis y en esa paz nocturna me senté en una banca para admirar la majestuosidad urbana iluminada de verde y dorado por modernos y viejos edificios, entre ellos el entrañable Big Ben.

Allí dejé pasar muchos minutos hasta que emprendí el retorno para detenerme frente a la fuente de Trafalgar, la misma que en año nuevo los jóvenes asaltan para romper su hielo. Naturalmente en verano no advertí tan peculiar rito, pero si vi cómo dos muchachas oficinistas sólo se despojaron de sus bolsos y tacones para con todo y vestido y medias introducirse a nadar en el pequeño espacio y después como si nada salir totalmente empapadas y sonrientes.

Esa noche por fin dormí plácidamente para despertar muy temprano y visitar el parque cercano al hotel y despedirme de los gansos antes de emprender otra ruta.