Feminoteca 2: Carmen y un beso en la nuca

Tras varias semanas de conocernos iniciamos un hermoso juego: ella se hacía la dormida sentada sobre las cajas de refresco, latas o leche y me dejaba meter mi mano entre sus piernas hasta cierto punto: justo antes de llegar a donde se encontraba su sexo las cerraba

POR Severino Ortega Menchaca

 Tras varias semanas de conocernos iniciamos un hermoso juego: ella se hacía la dormida sentada sobre las cajas de refresco, latas o leche y me dejaba meter mi mano entre sus piernas hasta cierto punto: justo antes de llegar a donde se encontraba su sexo las cerraba

(www.mademan.com)

Su nombre era Carmen no sé qué demonios y lo que menos me importa es averiguarlo, pues si recurro a ella es porque tengo muchas deudas y meses de vida ya sin intereses, por lo que no alcanzo a cubrir los 200 pesos de la Chapis, obesa puta (¡no vayan por ahí diciendo “prostituta”, con un carajo!) con más abdomen que tetas localizable en una tienda de bicicletas del barrio de San Pablo, en la Merced, doctorada con honoris causa en las virtudes del sexo oral bien intencionado con una generosa y amable boca como centro de jugoso melón donde de vez en cuando incluso crecen unos cuantos pelitos por diminuto bigote, lo cual, para quienes hemos probado sus encantos, asegura un poco más de placer. Lo sé: otra vez me estoy desviando de mi exposición principal y no es la primera vez que me pasa, ya que sucede que escribo al hilo, como sale, sin tantas estúpidas correcciones impuestas por tantos y tantos fracasados correctores de estilo que, al no conseguir destacar con obra propia más allá de textitos en revistas y blogs, se dedican a joder la gramática, las vocales y las consonantes de los que sí nos agarramos a chingadazos con auténticos textos; así que me sirvo el tercer whisky barato de las tres de la mañana, subo el volumen a Deathklok y su enorme canción “Castratikron”, voy al baño, orino no sin cierta dificultad y con la cabeza recargada en la pared, enciendo el sexto cigarro sin filtro luego del último toque de skunk y regreso a la muy señalada Carmen, perversa y cachonda, tal y como debe ser la mujer de cualquier frustrado escritor con tintes de superioridad y con un ego machacado a resorterazos entre cualidades que fueron aplastadas por defectos y errores. De ella conseguí tan sólo un beso en la nuca y nada más. En ese entonces yo era muy joven aún para comprender el arte imbécil de la seducción impuesto por moditas europeas; incluso ahora con la edad que tengo, donde me acerco a ser un viejo inútil que orina dificultosamente contando las gotas; tal arte me resulta tan ilegible como una novela de cualquier autor mexicano joven, tedioso y ñoño, tal y como una de las tantas y tantas tonterías que nos receta un amariconado Giacomo Casanova, quien pretende hacernos tragar sus memorias y lo único que hace es exponer, y quedar en ridículo, una sexualidad más reprimida que la de cualquier adolescente en secundaria tras leer Juventud en éxtasis. Trabajaba entonces en una tienda de abarrotes ubicada en algún sucio lugar de la colonia Portales, al sur de la ciudad, pues a diferencia de ustedes, irreconocibles tres lectores, yo no tuve ni una infancia ni una adolescencia felices, tal y como dicen tenerla los tantos becarios del Fonca tras jurar haber leído todo Verne, todo Salgari, todo Kaliman, todo tío Gamboin antes de los diez años, impulsados por unos padres igual de genios que ellos. Tuve que trabajar y estudiar al mismo tiempo y no lo lamento ni me quejo, antes bien de la calle se aprende tanto de ruindad como de bondad, tanto de gente buena explotada por miserables, como de solidaridad y poder popular, o lo que sea que eso signifique, qué diablos. Ahí conocí a Carmen, quien también entró a trabajar a la misma tienda de abarrotes: mediana en tamaño, poco robusta, con una sonrisa sucia atascada de un mal pintado rojo de labios, pelo lacio, corto y negro, vestimenta con faldas regularmente grises bajo las rodillas, encantadoras medias de las más variadas formas geométricas, lo cual para la época era todo un suceso, y blusas pegadas, las cuales permitían admirar unas tetas regulares pero apetecibles si se recurría a precisos ejercicios de imaginación que normalmente finalizaban en el baño, cuando aún joven mantenía la tenacidad y la erección para recurrir a la masturbación, sucesos que hoy por desgracia ocurren muy de vez en cuando.

 

(minutemanswife.blogspot.com)

Desde un inicio nos llevamos bien, y es que cuando trabajas en una tienda de abarrotes o te llevas así con tus compañeros o terminas por asesinarlos, pues tienes mucho tiempo disponible al día, tiempo muerto en que no se para a comprar nadie, y aunque te entretienes limpiando y acomodando latas y refrigerables llega un momento en que te asalta la desesperación y tienes que recurrir al bondadoso arte de la mayéutica para propiciar que tras varias rondas de preguntas y respuestas tu interlocutor llegue a sus propias conclusiones y obtenga al menos una pizca de conocimiento que le permita sentirse orgulloso de ser menos estúpido que antes. Así lo hicimos Carmen y yo y platicamos de cuanta tontería se nos ocurriera: del clima, de programas de televisión, de marcas de jamón y latas de atún, de fútbol, etc. Hasta que cierta tarde de noviembre, como suelen citar los poetas cursis, Carmen me pidió que la auxiliara para acomodar unas latas de cremas de elote en una alta repisa; en ese momento pensé que la manera en que la podía ayudar era subiéndome yo a la escalera metálica y tomando las latas que ella desde abajo me pasaba, ante lo cual ella dijo, “no, yo me subo, tú quédate abajo”, y si algo aprendí desde entonces es que ante las órdenes de una mujer lo mejor que puede hacer uno es inclinar la cabeza, guardar silencio y obedecer, pues no por nada ellas son capaces de conseguir favores y placeres con tan sólo ordenar. Así lo hice y ella subió por la escalera metálica. Cualquier joven de mi edad hubiera hecho lo mismo, y quien diga que no o es de los que lloran por la renuncia de un enfermo y desgraciado papa o se miente a sí mismo al producir mentiras por la boca. No sólo me quedé abajo sino que en un determinado momento metí mi cabeza entre las piernas de Carmen y miré hacia arriba. Ahí uno de mis primeros milagros: el sinuoso camino estaba delimitado por la textura de unas pantimedias negras bajo las cuales se admiraba un calzón blanco con orilla de encaje, enmarcando, cual cuadro del mejor museo, unas redondas y bien proporcionadas nalgas. Por supuesto que me olvidé de las latas y quedé ahí congelado, intentando ver más, recargando ya de plano mi sudoroso rostro contra sus tobillos sin que ella dijera nada; al contrario, desde las alturas volteó a verme y me preguntó si me gustaba lo que estaba viendo, y no pude responder, pues tal era mi emoción, por lo que sólo moví la cabeza, mientras pegaba ligeramente mis labios contra la textura de las medias en los tobillos. Fue el primero de nuestros encuentros cercanos.

Tras varias semanas de conocernos iniciamos un hermoso juego: ella se hacía la dormida sentada sobre las cajas de refresco, latas o leche y me dejaba meter mi mano entre sus piernas, hasta cierto punto, porque justo antes de llegar a donde se encontraba su sexo las cerraba y me decía que era suficiente por ese día. Ignoro si de aquí lo aprendí, pero pronto supe que una mujer es capaz de deshacerte en pedazos cuando te niega alguno de sus placeres, basta con que te mantenga un poco caliente y luego te rechace para hacerte experimentar una muerte en vida. Así me sentí en esos momentos, mientras daba ya por perdida cualquier esperanza de llegar a algo más con Carmen.

 

(paseoscuro.blogspot.com)

Hasta que comencé en lugar de por las piernas por el cuello y entonces obtuve un poco más de ganancias. Primero acaricié con mis torpes manos de joven su cuello. Con cada uno de mis dedos recorrí su piel, luego subí por su rostro, los pasé por los labios, en movimientos que yo en ese momento creía eran suaves cuando en realidad han de ver sido toscos y acelerados, pues qué más puede hacer uno de joven. Hasta que me lo propuse: ahí abajo, entre una blusa abierta, aparecían esas dos admirables tetas; y me lancé, resbalé casi por accidente mi mano derecha, luego la izquierda, comencé en el pecho, suaves masajes, nuevamente así los creía, cuando al fin conseguí resbalarme hasta la orilla de su sostén, danzando en la punta de mis dedos lo voluminoso de las formas de la carne, y al ver que Carmen no protestaba, sino que incluso parecía respirar más de prisa, traté de meter la mano y… ¡mierda!, no podía, estaba muy apretado el sostén, apenas si alcanzaba a resbalar algunos dedos por la orilla, así que lo volví a intentar ahora con un poco más de fuerza y… ¡mierda!, otra vez, estaba negado para esos placeres y esas formas, hasta que ella pareció entender mi estupidez y se alzó el sostén para dejarme admirar unos negruzcos y redondos pezones, los cuales no dudé en chupar, en recorrerlos con la punta de mi lengua, incluso cuando no sabía bien a bien cómo hacerlo, incluso cuando hoy en día sé de tantos y tantos hombres que cometen error tras error al hacerlo, quieren morderlos, quieren chupar como los niños que no han dejado de ser y cosas por el estilo que terminan por causar risa a la mujer. Al fin estaba en la gloria y venía de parte de Carmen, hasta que sentí un beso en el cuello, un beso tierno, y una voz que me susurraba: “Ahí sí me gusta, te doy permiso”, por lo que intenté ir por más, abrazarla, repegarla contra mi boca, intentando chupar no sólo sus pezones sino toda ella, como si cupiera en mi boca, imbécil de mí y… ¡mierda!, apresuré tanto las cosas y la situación que ella procuró mesura y me dijo, “ya es suficiente”, se alzó el sostén y la blusa y si no eché a llorar es porque podía más el coraje contra mí mismo por haber apresurado las cosas… ni modo, ahí terminaron nuestros encuentros y Carmen unos meses más tarde conoció en la tienda de abarrotes a un hombre honrado y trabajador con el cual se casó tras sostener un breve noviazgo; ahora vive al norte de la ciudad una obesa Carmen, tiene cuatro insoportables y viciosos hijos y un marido que de honrado y trabajador pasó a no tener ningún vicio, excepto el de golpear a su mujer cuando se le pegue la gana.

Fin de mi segunda Feminoteca, dejo a ustedes, irreconocibles tres lectores, la última moraleja, si es que la hay, las últimas lecciones, si es que las hay, y como los whiskys comienzan a hacer efecto lo mejor será que me duerma por un rato, pedir antes de hacerlo soñar con Carmen… en lo que se apaga la vieja computadora, abur irreconocibles cuatro lectores, qué diablos, la vida sigue.