Merecían una mejor tumba

A diferencia de las luminarias en cementerios más elegantes, como en el Pere Lachaise de París (Victor Hugo, Marcel Proust, Oscar Wilde, Gertrude Stein, Richard Wright), muchas estrellas literarias de Estados Unidos yacen en lugares más simples

POR Alexis Hauk

 A diferencia de las luminarias en cementerios más elegantes, como en el Pere Lachaise de París (Victor Hugo, Marcel Proust, Oscar Wilde, Gertrude Stein, Richard Wright), muchas estrellas literarias de Estados Unidos yacen en lugares más simples

Tumba de F. Scott Fitzgerald (www.npr.org)

Al conducir por el camino de Veirs Mill en dirección a la estación de Rockville Amtrak, en Rockville, Maryland, es fácil perder la pequeña señalización al lado de la iglesia de Santa María, donde yace uno de los autores más laureados de Estados Unidos: F. Scott Fitzgerald.

Preguntas a alguien del lugar dónde está enterrado Fitzgerald y pronto podrás aventurarte a través de una pequeña puerta de metal en el cementerio, caminar entre el excesivo pasto crecido y encontrar el lugar de descanso final de Fitzgerald. Está enterrado muy cerca de su esposa, Zelda, y su sepulcro se conmemora con la cita del Gran Gatsby: “Y así vamos hacia delante, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

En un domingo soleado, muy temprano, ahí estaba yo, nadie más visitaba a Scott, aunque está claro que otros habían estado ahí antes, a juzgar por las monedas a la izquierda de su lápida y de la de Zelda. Las monedas pueden tener algo que ver con el folclore del viejo mundo acerca de dejar algo para tomarlo en el más allá, tal vez, o pudieron también servir como un seguro tardío y vano contra el rápido descenso de Fitzgerald en la sociedad debido al alcoholismo y a un estilo de vida excesivo, el cual lo dejó en la quiebra y con la sensación de fracaso cuando murió en sus cuarenta y algo, a pesar de haber publicado más de 150 cuentos y cuatro novelas (una quinta, The Love of the Last Tycoon o en ocasiones simplemente The Last Tycoon, fue publicada póstumamente).

Las tumbas de los escritores pueden ser lugares sorprendentes para visitar. A diferencia de las luminarias en cementerios más elegantes, como en el Pere Lachaise de París (Victor Hugo, Marcel Proust, Oscar Wilde, Gertrude Stein, Richard Wright), muchas estrellas literarias de Estados Unidos yacen para toda la eternidad en lugares más simples, llanos, con tradiciones tan ampliamente variadas de cómo conmemorarlos como los géneros que ellos abordaron.

El extravagante Truman Capote, mientras tanto, puede estremecer por la simplicidad de su lápida: sus cenizas se observan con una placa en el muro de un cementerio en el Westwood Memorial de Los Angeles. (Su proximidad a las tumbas de Natalie Wood y Marilyn Monroe puede hacerle sonreír en ese gran Tiffany en el cielo).

Curiosamente, unos puñados de cenizas de Capote se mantuvieron en la casa de su amiga Joanne Carson (la esposa de Johnny), hasta que fueron robados una noche de Halloween, para después regresar, misteriosamente, en la noche de los muertos, y ser colocadas en una manguera en espiral en el jardín posterior de la casa. (Algunas de las cenizas de Capote también se han dispersado en Nueva York, conmemorándolo para siempre).

 

Lápida de Flannery O’Connor (tonyshaw3.blogspot.com)

e.e. cummings está enterrado en el cementerio de Forrest Hills de Boston, en una colina con vista a un lago, debajo de una roca pequeña que apenas podrás encontrar (incluso con un mapa, dependiendo de cuántas hojas hayan caído ese día), a unos cuantos pasos de la lápida sepulcral más grande, más sensible de Anne Sexton.

La tumba de Flannery O’Connor en la granja andaluza de Milledgeville, Georgia, recibe fichas de plástico (en referencia a su historia Wise Blood). Y la tumba de Sylvia Plath al mismo tiempo (antes de que la inscripción fuera cambiada a bronce) veía a los fanáticos volver una y otra vez a tachar el nombre de su mujeriego marido, el poeta Ted Hughes.

Saul Bellow, tan bien asociado con Chicago, ahora es albergado permanentemente en la sección judía de un cementerio de Brattleboro, Vermont, donde tenía una casa de vacaciones (su tumba por suerte se salvó cuando el huracán Irene golpeó en 2011). Y el camarada de París de Fitzgerald, Ernest Hemingway, mucho tiempo asociado a Cayo Hueso, yace en Sun Valley –Ketchum, Idaho—, un lugar al que solía escapar, y donde finalmente se quitó la vida.

Dorothy Parker creció en Nueva Jersey y es casi sinónimo de la escena literaria en la ciudad de Nueva York; sin embargo, sus cenizas están enterradas en la sede de la NAACP en Baltimore, con el epitafio “Disculpen mi polvo”. Según una pieza realizada por NPR, cuando ella murió en 1967, en el que fue su último testamento especificó que Martin Luther King debía conservar sus restos. Cuando King fue asesinado al año siguiente, el plan B (que ella también especificó, considerando el peligro constante en el que King vivía) entró en vigor, y la NAACP preservó sus restos.

 

Lugar de reposo final de Edgar Allan Poe (necrosys.com)

La tumba más famosa y misteriosa de todas puede ser la de Edgar Allan Poe, que fue encontrado fuera de sus cabales en las calles de Baltimore en 1849, y murió de delirium tremens, cardiopatía, epilepsia, sífilis, cólera o rabia (todas han sido postuladas como teorías). Durante más de 20 años, Poe reposó en una tumba anónima, hasta que fue trasladado al Charm City’s Westminster Cemetery, en la esquina suroriental de las calles Fayette y Greene, en 1875.

“Lo que es cierto es que fue enterrado en Baltimore poco después de que murió y que originalmente no había ninguna lápida, ninguna piedra apropiada”, afirma Mark Redfield, quien hizo una película titulada The Death of Poe en 2006 y coprodujo eventos con la Casa Museo de Poe. “Como la fama de Poe creció después de su muerte… al término de la Guerra Civil, un grupo de aficionados tomó la iniciativa para construir un monumento apropiado”.

Años más tarde, también trasladaron a Virginia Clemm, la esposa de Poe, y la tía del poeta, Maria Clemm (así es, Poe se casó con su prima), para unirse con él. “Por supuesto, tuvieron que molestarlo otra vez para reunirlo con su familia”, añade Redfield. “Estoy seguro de que les dio la bienvenida”.

El lugar original donde Poe fue enterrado tiene ahora su distintivo propio: un cuervo. Y quizá por las similitudes entre el sentido inquietante de Poe por lo macabro y su propia muerte y entierro trágicos, cada año atrae a miles de visitantes a su tumba.

De acuerdo con Redfield, los visitantes llegan buscan entrar en contacto con “The Poe Toaster”, una figura misteriosa que deja tres rosas rojas y media botella de coñac en su tumba cada aniversario, una tradición iniciada en los años 40, cuando se formó la Sociedad Poe de Baltimore.

 

Lápida de Kate Chopin (www.findagrave.com)

Pero no todos los sepulcros que parecen menos predeciebles que sus propietarios son misteriosos. Kate Chopin, quien escribió The Awakening, una de las primeras novelas feministas, publicada en 1899, está enterrada en el Cementerio del Calvario en St. Louis con una simple placa ligeramente fuera de la tierra que sólo da su nombre, su cumpleaños y la fecha de su muerte. Y probablemente eso es lo que ella quiso.

“Así está la cosa: somos gente muy sencilla”, explica Susie Chopin, bisnieta de Kate. “Todas las lápidas son muy sencillas y uniformes. Era el estilo”.

Susie vive a unos 20 minutos del Calvario –que también alberga la tumba de Tennessee Williams— y lo visita unas seis veces al año. Nunca se ha encontrado a algún visitante no familiar mientras está allí –aunque, como con el sitio de Fitzgerald, hay recuerdos del cariño hacia Kate.

“Hemos visto rosas, un poema que Kate se había escrito sobre su mejor amiga, Kitty”, añade. “Los niños de la escuela han laminado poemas y algunos de ellos dibujado fotos, han colocado cintas alrededor de los dibujos, para después colocarlos en la tumba. Han dejado también algunos cigarros de papel de arroz” –que se remontan a los días de Kate Chopin en Louisiana cuando a ella le gustaba fumar.

De las personas que visitan el lugar, dice: “Es muy dulce, porque sabemos que la gente realmente la ama y la recuerda”.

Y luego, hay momentos cuando la redención es posible mucho después de que un autor muere, como fue el caso con Zora Neale Hurston, autora de Their Eyes Were Watching God. Cuando Hurston murió en 1960, en Fort Pierce, Florida, sólo tenía una “muy leve póliza de seguro que no cubría el costo de su funeral”, indica la periodista Valerie Boyd, quien escribió Wrapped in Rainbows: The Life of Zora Neale Hurston.

Después de que uno de los amigos de Hurston escribió sobre la muerte de la autora para el Miami Herald, vecinos de Hurston hicieron una colecta para el funeral, recaudando 661.87 dólares, aunque no lograron reunir el dinero suficiente para un lápida.

“El hecho es que no era inusual para los negros en aquel momento ser enterrados en tumbas que no estaban marcadas”, explica Boyd. “Financieramente atadas, las familias del sur a menudo no podían pagar una lápida, así como los costos de los funerales. La gente sólo recordaba dónde enterraron a sus seres queridos y visitaban sus tumbas cada año a rendirles tributo. Si la familia entraba en un periodo de buena fortuna, añadiría una lápida a la tumba más adelante”.

 

Zora Neale Hurston, su tumba permaneció varios años sin lápida (stephanielanesays.wordpress.com)

A los 29 años, Alice Walker visitó Fort Pierce en 1973 con la intención de colocar una lápida en la tumba de Hurston. Walker estaba entonces en las primeras etapas de su carrera, muchos años antes de la publicación de El color púrpura y de ganar el premio Pulitzer. Batalló con las hierbas para llegar hasta Zora, y trabajó para obtener una lápida y colocarla en el lugar. El epitafio que Walker eligió dice: “Un genio del sur”.

Ahora, Fort Pierce celebra un ZoraFest cada año, y hay una entrada a la plaza por la tumba de Hurston. Las mujeres de la Hermandad Zeta Phi Beta — de la que Hurston fue miembro— atienden la tumba con regularidad.

“Creo que la gente en Fort Pierce se siente un tanto avergonzada por la impresión que algunas personas tienen de que ellos como la ciudad no pudieron reunir el dinero suficiente para enterrar correctamente a Zora Neale Hurston”, indica Boyd, aunque siente que esa reputación es “inmerecida e inexacta”.

“Siempre visito la tumba cuando estoy en la zona y generalmente trato de dejar un poco de dinero a Zora, porque nunca tuvo el suficiente en su vida; algunos cigarrillos Pall Mall, porque son los que fumaba, y algunas naranjas de Florida, que ella amaba tanto”, expresa Boyd.

 

Tomado de: theatlantic.com. Octubre 31, 2012.

Traducción: José Luis Durán King.