Meteorito mata Papa

Entre jueves y viernes, en menos de 24 horas, dos episodios astronómicos percibidos más propios de la ciencia ficción borraron a una velocidad inaudita el escándalo desatado por la renuncia de Benedicto XVI al pontificado

POR Alfredo C. Villeda

Entre jueves y viernes, en menos de 24 horas, dos episodios astronómicos percibidos más propios de la ciencia ficción borraron a una velocidad inaudita el escándalo desatado por la renuncia de Benedicto XVI al pontificado

(www.kienyke.com)

La política de Estado para el divertimento del pueblo conocida como circo romano, devenida afición a lo largo de los siglos, tenía un elemento central que puede explicar, que no justificar, la matanza de toda clase de especies animales en la arena de su coliseo: la necesidad de demostrar la dominancia del ser humano sobre la naturaleza, lo que motivaba el inmisericorde sacrificio de bestias.

Primero hombres contra hombres, después hombres contra fieras y al final duelos animales interespecies, esta exhibición aclamada por los gobernantes y despreciada por los grandes pensadores de ese tiempo satisfacía la sed de sangre de una sociedad que aspiraba a demostrar, así, la primacía del Homo sapiens. Por eso cuando irrumpen otros elementos de la naturaleza, fuera del alcance del entendimiento humano de cada época, generan caos y, en el peor de los escenarios, la proliferación de dioses.

Entre jueves y viernes, en menos de 24 horas, dos episodios astronómicos percibidos más propios de la ciencia ficción borraron a una velocidad inaudita el escándalo desatado por la renuncia de Benedicto XVI al pontificado: el paso de un asteroide con dimensiones calculadas a las de medio campo de futbol, que rozó la Tierra a 27 mil kilómetros de distancia, fenómeno previsto y vigilado en todo su trayecto por los científicos, y el impacto de un meteorito en la región de los Montes Urales, en Rusia, que dejó más de mil heridos, en su mayoría por el rompimiento de vidrios tras la onda expansiva.

Meteorito mata Papa. Nada más.

Los dos sucesos desataron una serie de conclusiones que la ciencia, con base en el uso impecable y oportuno de las redes sociales, desmontó de inmediato. El principal temor, generado por razones que pueden considerarse obvias ante una mayoría no experta en el tema, era ligar ambos fenómenos, con la conclusión evidente de que el fragmento caído en Rusia era el preludio de lo que se aproximaba, en dimensiones infinitas, desde el espacio.

Clark R. Chapman, investigador del Southwest Research Institute of San Antonio, pionero en el campo de los asteroides como amenaza para la Tierra, hizo ayer un interesante ejercicio de divulgación en tiempo real, vía Twitter, organizado por el New York Times. De sus respuestas, la siguiente selección resume la “remarcable coincidencia” y da luz para frenar toda tentación de inundar con supercherías sobre el fin del mundo.

Uno: el impacto en Rusia es inusual, tipo uno cada década, porque cayó cerca de una zona habitada; dos: los meteoros vuelan todo el tiempo sobre la Tierra, y en lugares apartados o en el campo pueden verse incluso con diferencia de minutos; tres: el fragmento de los Montes Urales caído el jueves por la noche no está asociado con el asteroide que rozó la Tierra el viernes, para empezar, por sus diferentes trayectorias, y cuatro: si se detecta con algunos años de antelación una amenaza en curso, la NASA y la Agencia Espacial Europea pueden advertir a los gobiernos para aislar la eventual zona de impacto, además de que tienen la tecnología para desviar un asteroide.

La velocidad de ambos sucesos fue apenas comparable a la de las explicaciones científicas. Aquí la industria del fin del mundo, para decirlo con Ignacio Padilla, se vio lenta: “El fin del mundo, después de todo, es la actualización constante de nuestra conciencia de que moriremos. Parafraseando a Borges, digamos que el fin del mundo es un fantasma, pero nosotros somos el fantasma; es una bomba de tiempo, pero nosotros somos esa bomba; es una idea monstruosa, pero somos nosotros quienes la hemos creado”.