Miedo

En su Diccionario filosófico, André Comte-Sponville define el miedo: “Es la emoción que nace en nosotros a causa de la percepción, o incluso la imaginación, de un peligro. Se distingue de la angustia por su aspecto determinado. La angustia es como un miedo indeterminado o sin objeto; el miedo, como una angustia e, incluso, objetivamente, justificada”

POR Alfredo C. Villeda

 En su Diccionario filosófico, André Comte-Sponville define el miedo: “Es la emoción que nace en nosotros a causa de la percepción, o incluso la imaginación, de un peligro. Se distingue de la angustia por su aspecto determinado. La angustia es como un miedo indeterminado o sin objeto; el miedo, como una angustia e, incluso, objetivamente, justificada”

(io9.com)

Lovecrafciano es una palabra que no existe en el Diccionario de la Real Academia Española. Lovecraftian tampoco en el Oxford English Dictionary ni, quizá con la misma grafía, en algún volumen sobre lengua francesa. Pero los lectores de Howard Phillips en esos tres idiomas, y acaso en una docena más, saben que es el adjetivo relativo a un tipo específico de relato sobrenatural, de antiguos horrores imaginados en las más oscuras regiones del subconsciente, con destino ineludible: la frontera del miedo.

El editor M. J. Elliott recuerda la anécdota de aquel veterano actor, George Zucco, quien a las puertas del asilo al que fue remitido, en 1960, juraba ser acosado por el Gran Dios Cthulhu, mítico personaje que siempre ocupará un lugar especial en los corazones y las mentes de los devotos a la literatura de Lovecraft, cuyo mundo tenía como supuesto un estadio natural del ser humano: el miedo.

En su Diccionario filosófico (Paidós Contextos 2003), André Comte-Sponville define el miedo: “Es la emoción que nace en nosotros a causa de la percepción, o incluso la imaginación, de un peligro. Se distingue de la angustia por su aspecto determinado. La angustia es como un miedo indeterminado o sin objeto; el miedo, como una angustia e, incluso, objetivamente, justificada. Esto no dispensa de afrontarlo, ni de superarlo cuando es posible: es la valentía, siempre necesaria, jamás suficiente”.

Hay personas, sin embargo, que parecen inmunes a esa emoción, a esa valentía insuficiente. Parecen. Porque la científica Justin Feinstein, de la Universidad de Iowa, dio a conocer esta semana en el portal Nature Neuroscience una investigación que derrumba el mito del paciente “fearless”, es decir, aquel que padece el mal de Urban-Wiethe, rara condición genética que le permite, por ejemplo, mostrar niveles mínimos de miedo cuando ve episodios de filmes de horror o es expuesto a tarántulas, serpientes y otras criaturas que espantan a la mayoría.

Feinstein y su equipo encontraron que la gente parece tener más de una forma de caer en pánico. En contra del pensamiento tradicional neurocientífico, los humanos pueden experimentar esa sensación incluso cuando carecen de una estructura cerebral conocida como “fear centre” o central del miedo. Estudios en animales han demostrado que la amígdala, pequeña estructura alojada en la profundidad del cerebro, es crucial para obtener esa respuesta, y el hecho ha sido confirmado en personas.

El hallazgo consiste en que, en ciertas situaciones, la respuesta con miedo puede surgir incluso en gente que no tiene activa la amígdala, de acuerdo con el experimento en tres personas que padecen el mal referido. Esta estructura, en un estado óptimo funcional, dispara el miedo o ataques de pánico cuando detecta inusuales concentraciones de dióxido de carbono o signos de eventual sofocación por el aumento de acidez en la sangre, aun si las cantidades no son letales.

El equipo investigador hizo pruebas con tres pacientes sin la amígdala activa y 12 más sanos, que inhalaron dióxido de carbono con una máscara. Para su sorpresa, las personas con el daño cerebral experimentaron de inmediato miedo y hasta pánico en mayor medida que los voluntarios. Los tres reportaron estar espantados por la sensación de sofocación y uno de ellos confesó que no sentía miedo desde su niñez.

Ahora se sabe, así, que la amígdala juega un papel esencial como respuesta a amenazas externas, pero no para todos los casos de miedo, ya que se deduce la existencia de distintos mecanismos cerebrales que operan con esa función ante ciertos cambios físicos dentro del cuerpo. El mito del paciente “fearless”, pues, ha llegado a su fin. El mito lovecrafciano del Gran Dios Cthulhu, empero, se yergue intacto en las grietas cerebrales de sus asustadizos rebaños de lectores.