Seudónimo Quincey 24

Hacía tres meses que venía proponiéndose dejar de fumar porque en uno de los tantos pueblos vio un cartel que se refería al cáncer de pulmón. Ahora sólo llevaba cigarros sueltos en la bolsa de la camisa. Aunque con el sudor algunos de ellos se echaban a perder

POR Óscar Garduño Nájera

Hacía tres meses que venía proponiéndose dejar de fumar porque en uno de los tantos pueblos vio un cartel que se refería al cáncer de pulmón. Ahora sólo llevaba cigarros sueltos en la bolsa de la camisa. Aunque con el sudor algunos de ellos se echaban a perder

(www.thetimes.co.uk)

“Ese cabrón”. Lo dijo para sí mismo. Con esas botas dio unos cuantos pasos y repentinamente se detuvo. Ahí, uno de los dos hombres atravesado por las cuarteaduras de ese desierto, debajo de un sol inclemente y luminoso que parece tostar el horizonte hasta volverlo acuoso. Hacia allá miró el hombre una vez que se detuvo. Hombres así están acostumbrados a suspender la mirada en cualquier parte desértica por mucho que ya sepan de él. Lo hizo. Fue durante unos segundos que aterrizó la mirada en el desierto. Por supuesto que no esperaba dar con aquel hombre, pues todo parecía apuntar que se lo había tragado la tierra. Pero una costumbre en el desierto es suspender en ocasiones la mirada en algún punto lejano. Y acaso si lo haces te llegan las respuestas. Es cuestión de esperar. Luego el hombre dio la vuelta, inclinó un poco la cabeza y sacó un cigarro sin filtro de la bolsa de su sudada camisa. Hizo lo que se hace con un cigarro una vez que se deja reposar entre los labios, sacó una amarillenta cajita de cerillos y lo encendió. Frente al calor infernal de los mecanismos del desierto el cerillo encendido fue una suave caricia. En cuanto tocó la punta del cigarro lo soltó y fue a quedar de pie entre las piedritas. Disfrutó expulsar el humo de la primera bocanada. Hacía tres meses que venía proponiéndose dejar de fumar porque en uno de los tantos pueblos vio un cartel que se refería al cáncer de pulmón. Ahora sólo llevaba cigarros sueltos en la bolsa de la camisa. Aunque con el sudor algunos de ellos se echaban a perder. Frente a él una torre de arquitectura deforme y grisácea trepó por el aire lentamente hasta perderse y probablemente reencontrarse con un cielo azul asqueroso, o bien rozar el ala de algún buitre negro que sobrevuela el terreno a la espera de pútrida comida. “Se lo tragó la tierra”. Eso lo escuchó atrás de él, volteó y vio al otro hombre. “¿Tienes otro?”. Preguntó con voz rasposa señalando el tembloroso cigarro entre los labios. Hizo cuentas. Si compartía sólo le iban a quedar dos cigarros. Y si uno de esos se jodió con el sudor… para decirle que no, movió la cabeza. El otro hombre no era de los que acostumbran a pedir una fumada y no lo hizo. Repitió: la tierra, como si a los dos no les quedara claro que tierra seca y más tierra seca era lo que tenían al frente. Por un momento la escena tuvo lo suyo de estupidez: dos hombres que acaban de disparar con la intención de darle a otro hombre así frente a frente y sin palabras, pero con un chingo de gestos en los rostros duros. De esos que sólo el desierto acaba por interpretar. O la preocupación. Y claro que no iban a permanecer ahí hasta que encima les cayera la tarde o la noche. Pero tampoco era que tuvieran ganas de largarse y luego hilvanar explicaciones frente a la cortina de la Jefa. Entonces el del cigarro lo escupió y lo aplastó con la suela de una de sus botas. También dio un paso al frente, como si de un momento a otro continuara caminando en dirección hacia donde se encontraba aparcada la camioneta. En el fondo el otro hombre sintió alivio al ver tan ligero movimiento y también lo interpretó como un STOP a la búsqueda. Tal vez por eso es que se animó a preguntar, ¿nos vamos?, aunque sabía que bajo esas circunstancias preguntas así estaban de más. El otro hombre movió la cabeza de abajo hacia arriba, pero un movimiento así podía significar en ese lugar cualquier cosa. Y él lo comprendió, así que luego de moverla dijo que sí, a la mierda, y caminó dando pequeños pero seguros pasos. El otro espero a que avanzara y lo siguió. Dos contrariados hombres con una desértica escenografía no sólo a sus espaldas sino al frente, a los lados; una escenografía de esas que se dice son impresionantes. Lo hicieron en silencio. Así caminaron. Con pasos aún más cortos y sin tantas ganas. Se diría que casi arrastrando los pies si eso fuese posible con los tantos chipotes en el piso provocados por diminutas piedras. Unos metros antes de llegar a la camioneta el hombre que iba al frente repentinamente se detuvo, sacó otro cigarro sin filtro de la bolsa de su camisa, lo encendió y al aventarlo nuevamente el cerillo quedó de pie. Disfrutó otra vez soltar la primera bocanada y no se acordó del cáncer. Nunca supo bien a bien en qué consistía esa enfermedad. Sabía de otras, eso sí. Pero algo parecía decirle que esa enfermedad pudría a las personas. Volteó y miró fijamente al otro hombre con el tembloroso cigarro sin filtro entre los resecos labios. Luego comprendió que para hablar era necesario quitar el cigarro de ahí y lo dejó reposar entre callosos dedos. “Mira, cabrón, no los maté a los dos porque tú eras más estúpido que él al perdonarle la vida”. En el cielo azul un solitario buitre negro apareció y voló sobre ellos en círculos. Con un calor con tan miserable el otro hombre difícilmente se pudo haber quedado congelado tras escuchar tales palabras, pero lo cierto es que así fue tras escuchar al hombre que ahora volvía a disfrutar de otra generosa fumada. Se dice que lo que sucedió entre los dos es todavía un misterio. Para concluir, sin embargo, es necesario recurrir a la imagen de un hombre antes de entrar a la casa de la Jefa: y se detiene, saca un cigarro sin filtro de la bolsa de su sudada camisa y hace cuentas: le quedan tres, luego lo quiere encender y tiene problemas con la cajita amarilla de cerillos al contar con un solo útil brazo, sin más remedio deja la bolsa de plástico en la tierra, y acaso la cabeza se balancea un poco.