POR Óscar Garduño Nájera

 Cuando tienes diez años te conviertes en algo así como un reconocido supervisor de la calidad de las caricaturas. Digamos que tienes bien medidas las buenas o las malas historias

(karenswhimsy.com)

—¿Quién se robó mi billete de lotería?

Por lo que se ve, todos en esa granja son honrados. En ocasiones se aparece el coyote, pero sólo de pasada, cual si fuese una ráfaga de viento. De tal manera que nadie cree que con tan pocos segundos haya podido robar el billete de lotería del marrano. Aunque en eso de las mañas uno nunca sabe.

—¿Quién se robó mi billete de lotería?

Primero hizo la pregunta, molesto. el marrano alzó los regordetes brazos en el aire, bajo un cielo muy azul. Ahora la hace triste. Mira a la gallina. Es de la que menos desconfía. Luego mira al caballo. Tampoco. Buen amigo. Fue el único que se acordó cuando fue su cumpleaños. ¿Y el cuervo? El pobre. De que necesita dinero, ni dudarlo, pero no, tampoco haría una cosa así… aunque.

—Huele a gasolina.

En la granja creen que el marrano ya delira. No es tan fácil sacarte la lotería y perder el billete. Infeliz.

Eso es lo más gracioso. Porque si piensas que no tiene gracia estás equivocado. Cuesta trabajo contener la risa en ocasiones. Es decir, frente a esa pantalla cuesta trabajo hacerlo. Al menos cuando corres con suerte y tienes oportunidad de ver una de las buenas.

Blanco y negro.

Color.

Eso es lo de menos. Aunque en realidad a los diez años cuesta trabajo entender las tantas sombras sobre los tantos blancos y grises. Pero también la calidad tiene que ver aquí. Cuando tienes diez años te conviertes en algo así como un reconocido supervisor de la calidad de las caricaturas. Digamos que tienes bien medidas las buenas o las malas historias. Mejor todavía: incluso antes de que una trama dé sus primeros pasos ya más o menos sabes por dónde va a ir la historia. Porque por eso tienes diez años. Y a esa edad, lo sabes, puedes ser lo que te venga en gana. Para eso se hicieron los diez años. También con los personajes y con la música. Desde el que sale y pone cara de malo. El bueno. El tonto. Aquí viene una parte de lo más graciosa. Cuando te paras frente a la televisión. Acabas de llegar de la escuela. Tu madre prepara la comida. Tienes tarea. No importa, unos cuantos minutos de alguna caricatura no te puede hacer tanto mal. La enciendes. Cuesta trabajo imaginarla, pero hay que hacerlo a través de una enorme caja con recubierta de plástico y grisácea pantalla donde lo primero que llama la atención es tu propio reflejo. Cuando te paras frente a ella, estiras el brazo y la enciendes. Otra vez: la televisión. Y sientes que tienes diez años cuando inicias la aventura para dar con un canal donde transmitan una de las buenas. Giras y giras. Una enorme rueda con negruzcos y arábigos números hasta dar con el canal. Luego te alejas. Lo haces despacio, no quieres quitar la vista de la pantalla. Parece que tienes que cuidar algo ahí dentro, algo que sabes te pertenece desde el momento en que encendiste la televisión.

—Si la ves tan de cerca puede afectarte a la vista y luego tendrás que usar anteojos como el imbécil de tu padre.

Es lo único que sabes de él: que usaba lentes. Aparte de que en una ocasión le enseñó un dorado armazón.

­A ver… ¡pruébatelos!

¿Cómo le pones rostro al armazón dorado de unos lentes? Lo hiciste. Te los probaste.

—¡Tú no te ves tan idiota como él!

¿Cómo le pones rostro de idiota al armazón dorado de unos lentes?

Abres más los ojos. Miras entonces. Sigues una historia que parece sencilla pero que no lo es.

 

(www.tumblr.com)

—¿Cómo era?

Tenías que preguntarle. Tardó un poco en responder.

—No tan buen hombre… pero tampoco un hijo de puta.

Al armazón dorado y al rostro de idiota sumaste otra cualidad: buen hombre, tal vez, también hijo de puta.

Lo mejor de todo cuando tienes diez años es que ahí, frente a cualquier caricatura, un niño de diez años no piensa demasiado. Y para un niño de diez años el no pensar es casi un premio cuando esa mañana ha resuelto tres operaciones complicadísimas en el pizarrón. Es un hecho: frente a las caricaturas un niño de diez años difícilmente logra pensar en otra cosa que no sea lo que en esos momentos ocurre en la pantalla. Hasta que alguien tunde a golpes a tu madre en cuanto abre la puerta.

—¡Se va a morir tu hijo!

Sabes que eso es una amenaza de muerte. Así la reconoces. Tras de las voces graciosas de las caricaturas alcanzas a escuchar otras pero graves, muy graves, rasposas, como si cada palabra fuese capaz de causarte daño, de lastimar a tu madre.

—¡Te lo advertí!

 

(www.thespookyvegan.com)

Tienes diez años y no estás tan acostumbrado a escuchar ese tipo de advertencias: hechas sin aparente sentido. Finaliza un comercial en la televisión. En la silla de madera desde donde la ves te meces un poco. Con un poco de nerviosismo, pues la historia se quedó en una parte muy importante previa al desenlace. Eso lo sabes tú que eres supervisor. Tal vez el gallo. Tal vez el marrano. Lo difícil será dar con el culpable. Porque puestos a ver con más atención, ¿quién se robó los huevos de las gallinas, las cuales ahora lloran y lloran? Sólo apareció en la pantalla una mano misteriosa con un guante blanco. Remueve la paja y saca el huevo ante la mirada de asombro de unas adormiladas gallinas. Cuando amanece todos se preocupan en la granja. Hasta el marrano. Y eso que él casi nunca se preocupa. Bueno, en una ocasión: ganó la lotería y luego perdió el boleto, pero lo recuperó cuando le dijeron que el coyote se lo había llevado. Para un niño como tú de diez años es un premio no pensar cuando ves las caricaturas. Eso hasta que te sujetan por los brazos y dejan caer el líquido de un sucio garrafón sobre ti. Tu madre está en el suelo, intenta levantarse y el hombre clava la punta de la bota en su abdomen.

—¡Ahí quedése, reina!

Hueles: gasolina. Qué apeste.

—¡Te dije que quien iba a pagar era tu chamaco!

Y la amarillenta flama de un encendedor aparece frente a una media sonrisa.