Seudónimo Quincey 26

Dos mujeres consiguen escapar, corren desesperadas hacia ninguna parte, porque en ese momento no existe, queda sólo escapar de la vista de los soldados y eso parece imposible; tal vez si se tiran al suelo y reptan

POR Óscar Garduño Nájera

 Dos mujeres consiguen escapar, corren desesperadas hacia ninguna parte, porque en ese momento no existe, queda sólo escapar de la vista de los soldados y eso parece imposible; tal vez si se tiran al suelo y reptan

(www.news.com.au)

—¿Y si mato a otra?

Afuera sonó el elevador. Uno de fabricación alemana, viejo, con ruidosa maquinaria. Cada que las puertas se cierran tras unos cuantos segundos un eco brumoso parece rondar por el silencioso pasillo, ahí se encuentran multiplicadas las puertas de los cinco consultorios psicológicos.

Por la plaza, cientos de soldados. Van y vienen una vez que descienden de los camiones, apresurados, con los fusiles pegados al pecho. Obedecen órdenes según la táctica establecida días antes y corren en hilera hacia donde se encuentran los manifestantes. Una voz al micrófono pide no caer en provocaciones. Los soldados serpentean la víbora en que se ha convertido su formación, chocan contra ellos y en un instante se hace un solo grupo con balazos al aire, gritos y las marcadas diferencias entre las coloridas vestimentas de los manifestantes y el verde olivo como vorágine que traga lo que encuentra a su paso. Muchos son obligados a recargarse en las paredes más cercanas y bajarse los pantalones, alzar los brazos, inclinar la cabeza en señal de respeto para una autoridad cuya fuerza están por conocer. A otros se les persigue hasta que no ven escapatoria alguna y prefieren entregarse antes que morir. De cualquier manera no son pocos los soldados que disparan, trazan así sinuosos caminos sanguinolentos bajo las suelas negruzcas de las militares botas.

Dos mujeres consiguen escapar, corren desesperadas hacia ninguna parte, porque en ese momento no existe, queda sólo escapar de la vista de los soldados y eso parece imposible; tal vez si se tiran al suelo y reptan, mientras intentan identificar las voces de los que piden auxilio, el de otra amiga, el del orador contemplado para cerrar el mitin, el de la voz gutural del soldado que sale a su paso para atravesar con la bayoneta del fusil la espalda de una de ellas, mientras la otra nuevamente consigue escapar, hasta que el soldado se da cuenta y la persigue; llega hasta un edificio antiguo y no duda en entrar, mira a todas partes, está claro que horas previas al ataque cortaron el suministro eléctrico, por lo que no ve más que cerrada oscuridad; entonces intenta guiarse por los sonidos, pero le resulta imposible cuando los balazos y los gritos ensordecen todo a su paso; mientras la mujer tiembla atrás de una enorme maceta, está a punto de darse por vencida ahora que ya ni siquiera siente que llora, cuando de hecho lleva varios minutos haciéndolo, tragando mocos y saliva, convenciéndose de que allá, afuera, están matando a hombres y mujeres. Entonces recarga la cabeza en la pared, cierra los ojos y reza lo primero que se le viene a la mente, lo primero que recuerda de sus escasas visitas a la iglesia uno que otro domingo.

—¿Y si mato a otra?

Evita mirarlo a los ojos porque no quiere ser agresivo. Quiere darle una respuesta: eso es imposible. Aunque en realidad ni siquiera él lo cree. El hombre que hizo la pregunta pierde la mirada en la ventana. Afuera, por en medio del jardín, caminan varios estudiantes. Frunce un ceño marcado por varias cicatrices en un rostro pétreo que parece congelado en el tiempo. Luego pasa una de las manos por una cabeza rapada también cicatrices, lanza un largo suspiro y dice:

—Lo difícil es la primera… ya luego todas te saben igual.

Y a la semana siguiente da con otra mujer, la viola y luego la asfixia. Deja muchas pistas y no tarda en ser capturado.

—Una vergüenza absoluta para el ejército.

Sentencia en una declaración televisiva el Secretario de la Defensa Nacional.