Agustina y los gatos (II extracto)

Los vecinos dormían sucios y agotados. La puerta de Luisa no tenía cerrojo. Empujó con suavidad. Se escuchaban gemidos. Muchos aseguraban que saciaba los apetitos sexuales de sus cuatro hijos. Agustina robó una olla llena de muslos de pollo para sus gatos

POR Roger Vilar

 Los vecinos dormían sucios y agotados. La puerta de Luisa no tenía cerrojo. Empujó con suavidad. Se escuchaban gemidos. Muchos aseguraban que saciaba los apetitos sexuales de sus cuatro hijos. Agustina robó una olla llena de muslos de pollo para sus gatos

(stamatisgr.deviantart.com)

No prosperaba, la gente no la compadecía. Al cabo de varias horas un aguacero hizo huir a la mayoría de los mendigos. A Agustina la lluvia le apelmazaba el pelo contra su cara gorda: mechones blancos chorreando suciedad, las tetas, de pezones grandes y deformes, se marcaban bajo el vestido mojado. Cayó la costra de las mordidas, aparecieron surcos blancos en sus piernas. Se abrieron y sangraron. El aspecto de rata obesa y moribunda que le daba la lluvia condolió a los transeúntes. Agustina empezó a recibir dinero. Cuando terminó el aguacero tenía cincuenta pesos. Ahora no sacaría comida de la basura, la compraría. Bajó las escaleras rumbo a los andenes. El torso regordete del que salía una cabeza, dos piecitos y dos manitas, continuaba  chillando y sacando la lengua. Tenía una montaña de monedas en su plato. Agustina se sentó en el último vagón. Segundos antes de que se cerraran las puertas entró el viejo del frac y le propinó una lluvia de bastonazos. “¡Perra, perra! ¡Dame el dinero, los diez que me corresponden y treinta por no cumplir con mis órdenes!” Los pasajeros corrieron hacia el otro extremo del vagón para no convertirse también en víctimas del asaltante. Agustina tiró el dinero al suelo, el viejo lo recogió y se bajó en la siguiente estación. La gente volvió a ocupar sus asientos y ella empezó a llorar porque otra vez tendría que llevar carroña a su familia y a sus amigos.

 

6

En la Central de Abasto la rebasó una sombra negra. Agustina identificó al viejo del frac y caminó con pasitos cortos y temblorosos. Le dolía la cabeza, olvidó que todos los seres humanos se alimentan, y pensó en varias excusas para justificar su deseo de comer si el esperpento la sorprendía. “Perdone, perdone, la verdad me da hambre muy seguido, tendré que ver cómo me quito esa mala costumbre, pero perdóneme, perdóneme. Si lo ofendo prefiero no comer, ya me voy, eh, ya me voy, creo que lo normal es que coma mañana, no hoy, o pasado mañana…” También pidió perdón a Dios y estaba pensando en qué penitencia debía aplicarse cuando vio que en el local 45B Lidia hablaba con el viejo del frac. Agustina no expelió el aliento. El aire parecía inflarle de dolor las neuronas. El viejo hablaba. “No, ya no regale esa basura, véndamela, yo la  mando a lavar bien, y la surto en mis taquerías, la  gente ni cuenta se va a dar”. “Pero, oiga, me van a meter presa, eso está prohibido”. “Nadie la va a denunciar, es mejor que reciba unos pocos pesos por esa basura a que la regale”. “Bueno, ándele, pero pague primero”. Entregó dos bolsas llenas de monedas a Lidia. “Y… ¿Cómo se llama usted, señor?” No hubo respuesta. Unos muchachos entraron al basurero y cargaron un camión con todas las inmundicias. El viejo del frac se fue con ellos.

Agustina vigilaba detrás de una carga de papas. Casi una hora después se atrevió a salir. La carnicera fingió no verla. Agustina bajó los escalones. Escuchaba en su mente lo que podría suceder en el próximo segundo. “¡Vieja ladrona! ¡Salga de mi basura! ¡No me venga con sus hipocresías de que quiere comer!” Pero no se produjo el grito. En el piso sólo quedaban unos pedacitos de carne tan podrida que más bien eran  meollos grumosos de los que, como arterias, salían racimos de gusanos. Los recogió y salió muy despacio, pensando que Lidia no escucharía sus pasos.

 

7

(mrboab.wordpress.com)

Los gatos maullaban de hambre. “Ya, ya voy a cocinar lo que les traigo. Edmundo, no empieces a decirme majaderías como siempre. Lo único que te digo es que hoy no vamos a comer bien”. Bastaron pocos minutos para que las bolas de gusanos se cocieran. Los gatos no se saciaron. Rodearon a Agustina, le arañaban las piernas, volvían a sacar sangre de las mordeduras de los perros. Otros intentaban profanar la tumba del dedo de Edmundo. Ya habían quitado la piedra y cavaban. Ella los apartó y sacó el miembro, ahora estaba reseco como una garra prieta. Lo echó al bolsillo de su delantal. Los gatos continuaron desgarrándole las piernas. Agustina huyó de la casucha. Ya era tarde. Quizás medianoche. Nadie deambulaba. Los vecinos dormían sucios y agotados. La puerta de Luisa no tenía cerrojo. Empujó con suavidad. Se escuchaban gemidos. Muchos aseguraban que saciaba los apetitos sexuales de sus cuatro hijos. Robó una olla llena de muslos de pollo para sus gatos. Mientras comían atravesó el dedo de Edmundo con una aguja de talabartero, le pasó un cordel y se lo colgó al cuello. Apagó la luz. Los gatos se acurrucaron en los rincones; Edmundo, Juan, Agustín y Alberto junto a ella. Le habló a Alberto. “Qué bueno que volviste de  Texas”. No hubo respuesta y se durmió.

 

8

Una lluvia de golpes en la cabeza la despertó. Frente a ella estaba el esperpento del frac esgrimiendo un bastón. “¡Vamos, vamos, vieja puerca, vete a trabajar para mí o te mato!” Agustina quería encontrar excusas. Tartamudeaba. Pensó en decirle que el pollo que robó le había dado demasiado sueño. Pero no, se enojaría al enterarse que ella había comido. Y mientras buscaba otro pretexto recibió otros bastonazos en la cabeza. “¡Vamos. Vamos. Qué esperas? Vete a pedir limosnas para mí.” Aturdida recordó la táctica de la india. Era mejor llevar niños para pedir. “Ya voy, ya voy, señor, perdóneme. Le aseguro que hoy voy a pedir mucho. Ya no me pegue por favor”. “Entonces tienes cinco minutos para irte a trabajar”.

Agustina salió a las calles oscuras con el dedo del muerto colgado en el cuello. Ella y sus gatos semejaban una procesión y los madrugadores huían a su paso. Maullidos feroces hacían las veces de letanías; y el incienso era el hedor a mierda, meados y manteca rancia de Agustina. Los seguía el viejo del frac. Llegaron a la estación Balderas. De una camioneta viejísima y oxidada dos hombres robustos bajaron al torso con cabeza, piecitos y manitas y lo pusieron en los peldaños con su plato. “Oye, Lenguón, de aquí no te recogemos hasta que tengas trescientos pesos”. “¿Ya oíste?”, le dijo el viejo del frac a Agustina. “Tus cincuenta pesos son una chingaderita, cien o no te dejo ir. Eh, Eh, ¿a dónde van?”, les dijo a los de la camioneta. Ellos pusieron cara de resignación y le entregaron unos billetes.

 

9

(ursula-gemma.deviantart.com)

Chillaba el tullido, sacaba la lengua con desesperación, señalaba el plato. Las limosnas iban para él. Agustina se frotó las piernas con un hueso de pollo. Los gatos la arañaron. La sangre empapó su vestido y corrió por los peldaños. Pidió a gritos y atrajo más miradas que el tullido. Le daban moneda tras moneda. Cuando llegó la india andrajosa con su tribu de niños flacos vio que el campo de batalla había cambiado. Los gatos saltaban en el lugar que ella solía sentarse. Intentó espantarlos, pero los felinos arañaron a un niño y le quitaron una torta de chorizo. La mujer con su hijo ensangrentado corrió pidiendo socorro en su mezcla de otomí y castellano.

A Agustina las monedas le seguían lloviendo. Ya tenía cien pesos. Tendría que darle cincuenta al viejo, si no la volvería a golpear. Los guardó bien para no gastarlos y pensó en comprar comida para su familia con el resto. Al ponerse en pie escuchó algunas sílabas mal pronunciadas, como si el que hablara estuviera sorbiendo sopa y la lengua se le enredara en los fideos. “Oooye, no e vaías, viejo va matar.” Era Lenguón, sacaba su enorme apéndice bucal y movía una manita. “No e vaías, viejo va a matar”. “Ya le guardé su parte, y ni aunque me estuviera muriendo de hambre le toco un centavo a ese señor”, le dijo Agustina. “No e vaías, él es el que dice cuando nos podemos ir; hazle caso, es ueno, nos deja una partecita de la limosna”. Agustina titubeo ante la posibilidad de otra golpiza. Se palpó la cabeza llena de chichones, sin embargo le preocupaba muchísimo que su marido y sus hijos no hubieran comido. Lenguón volvió a hablar  “Yo empre toy uscando como contentar más a iejo. No uuuedo caminar, si no me pone aquí me muero de hambre. Aemás, tengo que darle comida a mi esposa”. “¿Tienes esposa?”  “Siii, es Iega, con eeesta engua la onquiste. Soy Enguón el conquistador. Ella abe las piernas y me dice enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. El lisiado se entusiasmo con sus recuerdos sexuales. Improvisó una rumba. “Eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. Movía el tórax inflado y las minúsculas extremidades. La gente se aglomeró alrededor de él y lanzaron monedas. Unas muchachas palmeaban. Seguía la rumba. “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”.

 

10

Agustina se fue al Mercado de la Merced. Al llegar olfateó el sempiterno olor a alcantarillas y a perfume de prostitutas. Eran mujeres feas, famélicas o insólitamente gordas. Traían minifaldas negras hechas con encajes baratos. Se transparentaban sus nalgas celulíticas y apretujadas. Traseros deformes, más parecidos a un costal de papas que a los glúteos de una mujer deseable. Llamaban a los hombres (obreros, cargadores, indigentes, o viejitos que acababan de cobrar su pensión) con gestos obscenos, apretándose la vulva o imitando con los labios y la lengua los movimientos de una felación. Agustina ya se disponía a cruzar hacia el mercado, cuando de uno de los hoteles, abrazado a una prostituta de pelo teñido de rubio y grandes ojeras, salió el viejo del frac. Agustina tembló. Según Lenguón acababa de cometer una falta: irse sin permiso de Balderas. Tal vez como castigo le quitaría todo el dinero. Vio una puerta abierta y entró con su bolsa llena de gatos. Bajó una escalera. Terminaba en un sótano en penumbras. Una cañería rota regaba mierda y meados. Conversaban en lenguas indígenas, se mezclaban el náhuatl, el otomí, el mixteco, idiomas mayas, palabras incomprensibles. Sonido de botas. El viejo tal vez ya la tenía a la vista. Una gran cantidad de ratas, grandes como conejos, pasaron. Agustina huyó sin rumbo fijo. Sus pies chapotearon en el agua con excrementos. El espacio estaba dividido por sábanas que colgaban de sogas. En cada recuadro vivía una familia de indígenas. A los niños los ponían sobre cajones, mientras las mujeres, a la luz de las velas, elaboraban las artesanías que luego venderían en la calle. Las ratas mojadas eran la compañía de aquella gente. En completa tranquilidad algunas roían inmundicias junto a las tejedoras.

Los gatos de Agustina, excitados por el olor de los bichos, escaparon de la bolsa. Intentó perseguirlos y fue a parar a una de las divisiones del sótano. Se le enfrentó una mujer con cara de rabia y empezó a golpearla. Era la madre del niño arañado. Agustina huyó a la parte seca del sótano. Un bastonazo en la espalda por poco la derrumba. “Echa mis cincuenta pesos, y otros veinte de multa por intentar rehuir tus obligaciones” El viejo del frac esgrimía su bastón. Agustina pensó en dárselo todo. No quería escucharlo diciendo que ella y su familia estaban acostumbradas a comer mucho y eso era un pecado. En su nerviosismo se le cayó el dinero. El viejo recogió setenta y se quedó quieto. Agustina sintió que la vida dejaba de interesarle. Sólo ansiaba que un solo día fuera cómodo: entregar el dinero a aquel señor, y, sin que la golpeara, comprar el pescado suficiente para su familia, no recogerlo de la basura. ¿Era demasiado pedir? “Si”, le respondió a sus pensamientos el viejo y le hizo un corte en la mejilla para que viera que no jugaba. “El otro será en el ojo. Tienes que aprender de Lenguón, acaba de inventar una rumba y en estos momentos ya ha ganado mucho dinero, suficiente para pagarme a mí y comprarle un regalo a su esposa”. Se fue el viejo. Ella salió del sótano. Los gatos la siguieron.

Otra vez era tarde y no tenía comida para Edmundo, Juan, Agustín y Alberto. Dirían que era una mala madre y una mala esposa. No tenía suficiente dinero para comprarles alimentos a todos. Limosneó unos pesos, pero se los quitaron unas putas. El cansancio impidió que las persiguiera. El viento le levantó el pelo blanco y ella, tomando el dedo de Edmundo, apuntó a las meretrices que escapaban. Sus imágenes se empequeñecieron hasta desaparecer cuadras más adelante.

 

11

(vi.sualize.us)

Ese día Agustina salió sin gatos. No la quisieron seguir. Ronroneaban y perdían el tiempo dentro de la choza. Llegó al pasillo de carnes. Lidia recibía dinero de un peón. Los otros trabajadores raspaban hasta los gusanos. Agustina intentó apoderarse de la última tripa. Una pala golpeó su mano. “Dame eso”, le dijeron. Los retó con escupitajos, pero no pudo impedir que cuatro hombres le abrieran los dedos y la despojaran de la carroña. Todavía mordía y arañaba cuando la izaron hasta el pasillo. Gateando alcanzó la carnicería de al lado. Allí, en otro camión, empezaban a cargar las inmundicias. Fue a ver a un pollero y le rogó que le diera los desperdicios. “No, un señor me dijo que me los compraba mañana”. Con pasitos lentos y cortos Agustina enrumbó hacia la basura de los verduleros. Intentaba eludir a los cientos de cargadores acelerados: “¡Ahí va el golpe! ¡Ahí va el golpe!” Mas era pobre el surtido de sus pequeños pulmones para mover tamaña gordura. “¡Señora, ahí va el golpe!” El grito la exprimía. Una carretilla la derribó, casi la sepultan las mazorcas. Como una araña obesa intentaba salir de la montaña de maíz. “¡¡Ruca, idiota, pendeja!! ¿Cómo se le ocurre ponerse en mi camino, señora taruga?” La rabia mordía en los ojos del cargador. Agustina empezó a recoger los elotes, pero se volvían a caer porque no sabía acomodarlos bien. Se confundió su mente. El sudor le anegó los ojos. Huyó. La perseguían los vituperios del carretillero.

Ya los puestos de verduras estaban cerrados. ¿Cuánto tiempo habría pasado intentando recoger los elotes? Inspeccionó la basura. Aplastadas y mezcladas con fango vio lechugas, papas, zanahorias. ¿Aquello le gustaría a su esposo, a sus hijos? ¿Lo aceptarían la cantidad de amigos que desde hacía días pernoctaban en su choza? Los recogió de todas maneras. Con las manos embarradas de fango regresó a los túneles del metro. Las lozas grises, la pintura brillante y rugosa, los garabatos que pintarrajeaban los jóvenes, la multitud… todo parecía unificarse bajo la luz blanca y monótona de las lámparas que transformaban el mundo en una gota de plomo líquido. Le caía sobre la cabeza y le dolía el cerebro. Aunque los vagones avanzaban Agustina se creía en el mismo lugar, y lejos, muy lejos de ella, sus hijos hambrientos estaban encerrados en la choza. Morirían, pues aunque pasaban y pasaban las estaciones había perdido la esperanza de llegar a algún lugar.

Al cabo de una hora con la mirada fija en las paredes grises de los túneles, en los inmensos cables que corrían bajo tierra, escuchó una rumba lejana. “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. Seguramente se trataba del hombre parecido a una foca. Agustina se bajó del vagón. El concierto seguía. “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. Por lo menos cien personas rodeaban al rumbero. Sudaba como un cerdo en un asador. Detrás de él estaban los hombres que lo trajeron en la camioneta. “Sigue, sigue”, le decían, “no te pares, que hoy estamos haciendo una fortuna”. Ño, Ñooo uedo más, e oy a morir”. “Sigue o esta noche te rompemos la madre a golpes”. Al oír aquello tembló y siguió vociferando: “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. Agustina le dijo que descansara un rato y ella cantaría. “Ñoo, ño, ienen palo, me pegan en cabeza, en baiga, en epalda, en cara, duele ucho… Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. La gente bailaba con furia. Agustina empezó a bailar también, pensó que eso atraería más público y así le correspondería una parte de la limosna. Uno de los cuidadores de Lenguón le pasó un pandero. “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. El dueto de aquel tonel pestilente danzando al ritmo del pandero y las muecas del cantor tullido prendió a la gente, bailaron con más frenesí, y lanzaron más monedas. Pero todas iban a parar al cacharro de Lenguón, tal vez pensaban que él era el director musical. De pronto el enorme tórax cayó al suelo: salía sangre de su boca. La gente se quedó  paralizada sin saber qué hacer. Pero uno de los cuidadores de Lenguón sacó una grabadora y la puso a todo volumen. “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. “Soy un hombre previsor, lo grabé todo”, dijo orgulloso de su perspicacia. Agustina se agachó para ayudar a Lenguón. Balbuceaba. “Ile, iile a ellaa, que la amé, que nunca le di el enguón a otra mujer”. “¿A quién, a quién le digo?” “A, a Iega, la que no ve, a mi esposa”. “¿Cómo se llama? ¿Dónde la busco?” “Ño iene ombre, cuando nació la iraron a la caie, pegunta por Iega…” Una mano levantó a Agustina. “Déjate de compañerismos y ponte a bailar, que estamos perdiendo dinero”. Agustina tomó el pandero y volvió a danzar. Sentía que ya no podía más, que sus pequeños pulmones no lograban alimentar las grandes lonjas de grasa.

Los cuidadores atendieron a Lenguón, le dieron suero oral y unas pastillas energizantes y lo devolvieron a la posición vertical. Ahora sacaba la lengua, pero no cantaba. Era un truco para mantener el espectáculo. Sin embargo ya era muy tarde y la mayoría había decidido marcharse a sus casas. Quedaban unos diez jóvenes que no daban dinero. “Esos son unos muertos de hambre, vámonos”. Alzaron a Lenguón por los brazos y echaron las lomas de monedas en grandes bolsas. “¿Y mi parte?”, preguntó Agustina. “¿Cuál parte? Eres una aprendiz. Lenguón lleva aquí treinta años, y ya en el primer día quieres que te paguemos, por eso no sales de pobre, por avariciosa”. “No, no soy avariciosa, vine a que Lenguón me prestara dinero. ¡¡ Por favor, Lenguón, préstame de tu parte!! ¡¡Tengo que comprarle comida a mis hijos!!” “Cállate, loca”. Le quitaron el pandero. El lisiado, desmadejado, sólo acertaba a decir: “Iiiero, iieeero comparle un helado aaa la Iega, a amor, iiero…” Lo callaron de una bofetada y la camioneta oxidada partió a gran velocidad por las avenidas.

12

(isohunt.com)

En las inmediaciones de su vecindad Agustina tropezó con un cuerpo. Era Alejandro, uno de los hijos de Paulina. Estaba drogado, al lado tenía unas latas. Ella las revisó por si había comida. Sólo halló un olor penetrante que le llegaba hasta el cerebro. Dejó atrás a Alejandro. Mareada entró a la choza. Fulgía una invasión de ojos. Prendió el foco. Sobre la mesa estaban Edmundo, Juan, Agustín y Alberto, pero el número de amigos había aumentado. ¿Serían cincuenta? ¿Serían ochenta? ¿Doscientos?  Agustina entregó las verduras. Los animales se acercaron en tumulto, olieron las coles y maullaron con desagrado. Edmundo rasgó el aire con un zarpazo de protesta. “¿Qué quieres que haga? Ya tú no trabajas, y para colmo  traes a todos tus amigos a la casa”, dijo Agustina. El animal saltó a su hombro y le clavó las uñas. Juan, Agustín y Alberto bajaron de la mesa, se irguieron contra ella. Los otros la sitiaron. “¡Edmundo, Edmundo, perdóname.  Defiéndeme, eres mi marido. Ya veré que puedo hacer, les buscaré una comida mejor”. Quitó al gato de su hombro y con sumo cuidado lo volvió a colocar en la mesa. Se acercó al gran montón de ropa vieja. Inquirían sus movimientos más de cien ojos rutilantes. Tomó varias camisas. “Perdóname, Edmundo, pero tengo que hacerlo”. Las rasgó, hizo tiras, las unió con nudos, y las torció hasta lograr una soga de cinco o seis metros de largo.

 

13

Agustina empuñaba el cuchillo de sierra. Sólo se escuchaba el rugido de los tráileres que pasaban por la avenida. Alejandro seguía dormido. Le echó más solventes en la nariz. La corriente de moléculas idiotizantes entró al cuerpo, lo arrancó del estado simiesco, y le dio la consistencia mental de una larva. Agustina le amarró las piernas, el torso, los brazos, y lo arrastró hasta una arboleda. Le puso el cuchillo en la muñeca. No, era muy poco, tenía demasiados invitados. Además, se quejarían, era una parte con poca carne y demasiados huesitos. Debía darles una mejor comida. Puso el cuchillo a la altura del codo. No, tampoco. Aquel muchacho era desnutrido, parecía una lagartija tatuada. Pasó la hoja de acero al hombro. Era una buena carne, pero el cuchillo estaba mellado, y se trababa en los remolinos de pellejos, venas y nervios. Alejandro abrió los ojos. Aunque estaba muy drogado empezó a gritar. “¡No, mamá, no me quemes”. Quizás en sus alucinaciones confundía el descuartizamiento con los métodos educativos de su madre. Agustina se enojó al darse cuenta que un vecino no quería ayudar para el sustento de su familia. Era ingrato, de niño ella le regalaba paletas. Con un extremo de la cuerda le amordazó la boca. Siguió cortando. La tarea era muy difícil, había llegado al hueso y este ofrecía mucha resistencia. Además, Alejandro se meneaba como una lombriz. Se levantó bañada en sudor. Tomó una piedra y le pegó al mango del cuchillo aplicando la punta en el lugar donde el húmero se liga a la clavícula. Alejandro arqueó el cuerpo y saltó como un resorte. Huía rodando. Agustina guardó el cuchillo en el delantal. Alcanzó a Alejandro. Apretó aún más la mordaza. Lo remolcó hasta su choza. Los gatos se lanzaron sobre la sangre. Ella los apartó de un manotazo. Tenían que respetar las buenas costumbres. Subió a la mesa el cuerpo enclenque, buscó tres sábanas, lo ató muy fuerte y le desolló el brazo. La piel la guardó en su delantal. “Bueno, a comer. A ver, Edmundo, ¿cuándo haz comido tanta carne?, Y ustedes hijos, ¿ya ven que su madre los quiere mucho?” La piel del amordazado casi se rompía ante el empuje de sus costillas que retenían el aire de terribles gritos. Con la cabeza golpeó la madera. Agustina parecía no oírlo, miraba el cuchillo pintado de sangre. “Tanto que sufrí cuando se fueron, cada día revolvía las ropas viejas de ustedes, hundía mis manos en sus calcetines rotos… Agustina movió sus manos ante su rostro intentando apretar cuerpos de aire. Luego se golpeó los cachetes y soltó una carcajada. “Ya veo que están hartos, conque a dormir. Apagaré la luz. Amigos, acomódense ahí, donde puedan”. Alejandro arqueaba el cuerpo. La mesa se volcó y quedó con ella encima. Sus mugidos bajaron de volumen. Agustina dio órdenes. “Ya duérmanse. Ya comieron, ya bebieron, y para mañana tenemos ración. En la oscuridad sus ojos se cerraron. Llovió  sobre la Ciudad de México. Se filtraba a chorros el agua y caía en su panza satisfecha.