Anarquía de niñitos estúpidos (1 parte)

También se dicen de izquierdas, cuando en realidad adoran a sus papás por ser recurrentes explotadores hijos de lo peor de la ultraderecha, conservadores hincados frente a la gracia de dios los domingos en misa

POR Severino Ortega Menchaca

También se dicen de izquierdas, cuando en realidad adoran a sus papás por ser recurrentes explotadores hijos de lo peor de la ultraderecha, conservadores hincados frente a la gracia de dios los domingos en misa

(www.npr.org)

Llegas ya casi al final de tus días y no te engañas, cuando descubres que de todas tus aspiraciones no quedan sino imbéciles retazos que acaso consiguen alegrarte los domingos por la tarde tras coger de manera anodina con la que creías era la mujer de tu vida y se vino a convertir en una pesadilla que tortuosamente ves cómo envejece un poco más cada amanecer, entonces descubres, no sin cierto asco y sin mayor relevancia, que el mundo está dividido entre imbéciles de presencia ridícula, traje brilloso de tantas planchadas, zapatos italianos lustrados por un miserable, atiborrados cual cerdos en el peor de los chiqueros de tanta y tanta mierda que se redacta en torno a la superación personal, terapias desde aromáticas hasta siquiátricas, y tantas y tantas supercherías tan inservibles como cualquier fanático católico que ante el asombro y la inocencia de un niño pide favores o da excusas frente a una mugrosa estatuilla cuyo sufrimiento es macabro, mientras en ese noble y cristiano corazón anida todo el rencor que ha venido acumulando durante años, hasta que al final consigue expulsarlo en cuanto saca una pistola en un centro comercial o escuela y dispara a quien se deje para luego pegarse un sano balazo, mientras de rodillas implora la piedad de Jesucristo, se siente el más malo de cualquier videojuego o el rapero de moda, en cuanto se coge a la hija del jefe, le toma fotografías en la cama, y luego se las hace llegar en un sobre amarillento y anónimo al flamante empresario de doctorado en economía recién concluido, y auto poderoso del año que a su vez se coge a la asistente, muchacha de veintitantos años rechazada de la universidad pública, hija menor de un obrero que apenas si rescata algo de su dignidad para alimentar un odio con el cual seguramente habrá de morir, porque para tipos así ese es el significado de la rebeldía y está bien que así sea, un anarquismo inexplicable, y así consiguen ser mejores aún que muchos niñitos y niñitas estúpidas que van por la vida proclamando una anarquía panfletaria de dientes bien cepillados para afuera, sepultada en cuanto estiran la mano para recibir la mesada de los padres, para dar las llaves del último modelo al jodido valet parking, para dar los cinco pesos de propina al estilista que consigue embellecer lo imposible del cuarteado rostro, no así el espíritu que se les pudre; niñitos estúpidos que se emborrachan con los mejores tragos para decir de una buena vez lo que piensan, porque lo poco que llevan de vida lo llevan reprimidos, que arrancan velozmente la motocicleta e imitan lo peor de la basura de una cultura norteamericana cuyos valores son entre varios la heroína, el racismo y unos tintes de superioridad que les llevan a tratar a compatriotas como lo peor de lo peor, entre una horda de caníbales, si es que aún las transnacionales no los han escogido como mercancía de exportación, mientras en la calle, una vez montados en sus motos, ignoran a los peatones y pasan tan cerca del él que incluso es posible asegurar que les rozan no los culos sino la vida misma, mientras ellos arriba de su falso pedestal se sienten dueños de un mundo que hace mucho dejo de pertenecerles, pero que todavía no se enteran, ese tipo de imbéciles que bien harían en irse a la mierda de no ser porque aparecen a nuestro paso con mayor frecuencia, en charlas acerca de una vida saludable reducida en grasas, acerca de la religión, la cultura y cuanta idiotez lean en su Ipad de última generación, porque son huevones para abrir un libro, la inquietud los supera, y todo conocimiento acartonado que llegan a poseer lo utilizan tan sólo para humillar a quien se deje, para presumirlo a la hora de la comida con una abuelita fastidiada de nietos tan inútiles, para joder más al jodido y presumir con orgullo que pertenece a la cultura mexicana de quien chinga primero, chinga dos veces, y luego se van a almorzar a cualquier restaurante vegetariano de la Condesa o de la Roma, donde muchos podrán apreciar la rebeldía de su vestimenta, mostrar esas coloridas botitas igual que mierda de skinheads, pues si se puede estar visualmente lejos de los jodidos mejor, a nadie en su sano juicio le gusta que un pordiosero hijo de nadie drogadicto llegue hasta tu mesa con todo y su apeste y te pida una porción de ese generoso omelette de jamón serrano que cual animal en engorda tragan; luego regresan a casa por un poco de cocaína y marihuana de la peor calidad, pues inteligentes dealers han aprendido que con ellos se pueden hacer buenos negocios al venderles hierba asquerosa tan llena de pesticida como el peor de los campos de Vietnam. También se dicen de izquierdas, cuando en realidad adoran a sus papás por ser recurrentes explotadores hijos de lo peor de la ultraderecha, conservadores hincados frente a la gracia de dios los domingos en misa. La izquierda que dicen predicar consiste en compartir un corral con la salvaje borregada cuando así lo ordena el líder en turno, tal y como ocurre con cualquiera de las peores sectas religiosas, y entonces a una orden salen a la calle, toman por asalto a indefensos ciudadanos, mandan a los niños y mujeres por delante si al frente hay cuerpos de cerdos policiacos y gritan ilegibles consignas, luego las mandan al carajo y se van a sus hermosas casas llenas de tiernos osos de peluche, encienden su poderosa Mac y desde ahí componen y deshacen el mundo… mientras beben algún refresco dietético y se preocupan por la ingesta de calorías del día.