El dictador, la momia, el cáncer…

El dictador se iba apagando rápidamente. El mal que lo consumía había invadido ya órganos vitales, incluida la garganta, lo que afectaba su capacidad de comer. Pero bajo esa debacle evidente, conservaba su determinación de no resultar vencido y maniobraba para asegurarse una trascendencia, así fuera por encima de leyes que él mismo impuso

POR Alfredo C. Villeda

El dictador se iba apagando rápidamente. El mal que lo consumía había invadido ya órganos vitales, incluida la garganta, lo que afectaba su capacidad de comer. Pero bajo esa debacle evidente, conservaba su determinación de no resultar vencido y maniobraba para asegurarse una trascendencia, así fuera por encima de leyes que él mismo impuso

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El deseo de trascendencia no es asunto exclusivo de un dictador. Es connatural al ser humano y a toda especie viva. La reproducción es la fase primaria para consumar ese anhelo. Asegurar la supervivencia de los iguales. El creador artístico se ve inmortalizado en su obra y, acaso con menos pretensión que un gobernante, piense también en la “eternización” a través de su legado cultural.

Otros preferirán, o a su muerte así lo decidirán los suyos, la permanencia en cuerpo, como lo hicieron los reyes egipcios, momificados en sus féretros faraónicos, generando leyendas y polémica milenios después. Pero no es una práctica en desuso, pese a ser antigua la tradición. Baste echar un ojo a la televisión y a los diarios para reconocer que la saga continúa.

El dictador en cuestión, ahora embalsamado, tenía no deseo, sino hambre de eternidad. Gobernó con mano dura, conspiró, hizo purgas. Acumuló un poder inconmensurable durante una larga gestión. Cambió las reglas del juego a su antojo y persiguió sin tregua toda oposición. Desafió al imperio y se hizo rodear de otros presidentes, a los que convirtió en simples satélites, aliados contra el “enemigo común”: Estados Unidos.

Cuando su mano derecha, devoto y servicial funcionario, fue diagnosticado con cáncer de vejiga, el tirano nunca dudó en esconder la información por dos “poderosas razones”: una, porque su operador tenía múltiples asuntos que atender en nombre de la patria, y dos, porque poseer ese dato lo ponía en ventaja ante un eventual competidor, que por lo demás no se cansaba de expresar su lealtad al líder máximo.

En una documentada biografía, cuyo título recuperamos más adelante, se lee: “El 31 de mayo (…) decretó: Primero: mantengan en secreto y no se lo comuniquen al ministro ni a su esposa. Segundo: ningún reconocimiento médico. Tercero: nada de operarlo”. Los pretextos que el dictador usó para vetar el tratamiento eran que su aliado era “viejo”, que padecía “problemas cardiacos” y que la cirugía era “inútil”. Él, tan “viejo” como su camarada, estaba en cambio rodeado de especialistas en guardia permanente.

Durante sus dos últimos años de vida, el dictador y sus políticas encontraron una fuerte oposición, abanderada por un carismático dirigente que logró generar una competencia en las preferencias del pueblo. Aún en el poder, pero disminuido por diversos males irreversibles, decía a sus generales y altos mandos de la burocracia: “No practiquen el revisionismo; no se dividan; no conspiren”. Sus reiterados discursos entre esa élite en estos meses postreros llevaban el mensaje implícito de que si iban a dar un golpe, lo hicieran cuando él hubiera muerto.

El dictador se iba apagando rápidamente. El mal que lo consumía había invadido ya órganos vitales, incluida la garganta, lo que afectaba su capacidad de comer. Pero bajo esa debacle evidente, aun hospitalizado por enésima ocasión, conservaba su determinación de no resultar vencido y maniobraba para asegurarse una trascendencia, así fuera por encima de leyes que él mismo impuso.

Atrás parecían haber quedado sus tardes triunfales de discursos eternos, estilo Fidel Castro, y las verbenas en las que declamaba sin titubeos lo mismo poemas que canciones populares. Los discursos incendiarios contra el imperio se apagaron con su voz. Era la hora de que los suyos terminaran la misión. Honras fúnebres faraónicas y un cadáver momificado que preside desde el símbolo de la revolución. El dictador eternizado.

Resta puntualizar, porque nunca faltan los malpensados, que el dictador aludido es Mao Tse-tung y los detalles están tomados de la documentada biografía Mao: la historia desconocida, de Jung Chang y Jon Halliday, editada por Taurus (2005).