Feminoteca 2: Mariana y la imbécil vida de pareja

La imbécil idea de vivir en pareja la entendí la mañana de un domingo; pensé en lo que venía a significar vivir con tu pareja y descubrí que era un auténtico infierno, soportas mucha mierda con tal de no estar solo y eso es lo peor que puedes hacer; a la larga terminan por odiarse mutuamente

POR Severino Ortega Menchaca

 La imbécil idea de vivir en pareja la entendí la mañana de un domingo; pensé en lo que venía a significar vivir con tu pareja y descubrí que era un auténtico infierno, soportas mucha mierda con tal de no estar solo y eso es lo peor que puedes hacer; a la larga terminan por odiarse mutuamente

(seduction4life.info)

Fue la primera mujer con la que viví y a partir de ese momento me juré que jamás lo volvería a hacer, aunque, estúpido como soy, años más tarde descendí nuevamente al maldito infierno que arde cuando decides vivir con alguien, eso cuando ni siquiera tú mismo te soportas. Se llamaba Mariana y a mí me dio durante algún tiempo por acordarme de ella con la caliente mujer protagonista de Las batallas en el desierto de un ahora decrépito José Emilio Pacheco, cuyo ridículo niño de excelsa memoria (casi a lo Marcel Proust, pero menos amariconado) también protagonista, recuerda, en un momento de la novela, una por demás melosa y cursi canción de Enrique Santos, canción que, por cierto, años más tarde se encargaría de echar a perder aún más un grupito tan deleznable en cuanto a calidad musical como lo es Café Tacuba. Morena, de estatura mediana, con buenas tetas y nalgas si no perfectas al menos distribuidas en generosas proporciones, por muy imbécil que suene decirlo. Y lo mejor de todo, tal vez el detalle que terminó por volarme no sólo la cabeza: un velludo y oloroso sexo cuyos líquidos y sabores ahora mismo rememoro no para ustedes, irreconocibles tres lectores, pues me importa un carajo si lo alcanzan a imaginar o no, sino para hacer una pausa, un respiro dentro del baño antes de encender un cigarro, abrir la quinta cerveza de esta fría tarde y continuar.

Para citar a Fitzgerald, éramos entonces hermosos y malditos, y también muy jóvenes, justificación idiota para cometer tus primeras estupideces, como la que cometí luego de que en un bar nos presentó un amigo, me senté a su lado, borracho y drogado ya, pues con mi amigo llevábamos medio día bebiendo y fumando marihuana, y le hablé de lo más imbécil que puede hablar un hombre, de amor, cité a un por demás misógino Neruda, le hablé también de un reprimido Borges, y creo que finalicé con algunos versos de alguna canción de moda que había escuchado en el automóvil de mi amigo. Así que mientras él pagaba los tragos, pues yo no tenía trabajo y dependía aún económicamente de un padre alcohólico y monstruoso y una abnegada madre, yo seguía diciendo cuanta estupidez me permitiera mi trabada quijada, mi garganta alcohólicamente adormecida, y mi vista por demás nebulosa incluso cuando la del lugar tampoco ayudaba en mucho. Comimos papas a la francesa, frituras, palomitas y terminamos aún más borrachos los tres, y ya de madrugada una ebria Mariana nos invitó a seguir la fiesta en su casa, para fortuna nuestra a unos cuantos minutos de ahí, así que ya dentro del automóvil de mi amigo encendimos el último toque de purple y en cuanto intenté pasárselo lo rechazó.

—A mis papás no les gusta que me drogue.

¡Mierda!: habíamos llegado ya a su casa y apenas nos decía que vivía con sus papás, que estaban en casa, que si corríamos con suerte igual ni despertaban y entonces podíamos armar algo de fiesta; bajó del automóvil, mi amigo me sugirió mejor largarnos a un table por putas y le pedí que nos quedáramos al menos un rato, no me pregunten ahora por qué, las estupideces se cometen así, sin hacerse preguntas. Ya para estas horas Mariana y yo nos comíamos a besos, nos metíamos mano, mordíamos nuestros labios y entrelazábamos nuestras carnosas y húmedas lenguas.

Abrió despacio la puerta, entramos, mi amigo tropezó con una maceta, reímos y en eso escuchamos la voz adormilada de quien seguramente era su padre.

—¿Ya llegaste?

Y se encendió la luz.

—¿Quiénes son?

Mi amigo y yo con la cabeza inclinada, como estúpidos, y ella dijo que éramos amigos de la universidad, que la habíamos acompañado y que no teníamos cómo regresar a casa, por lo que le pidió permiso para que nos quedáramos hasta que amaneciera, ya que tan sólo faltaban unas cuantas horas, y el padre, vestido con una pijama atascada de delfines que parecían nadar en un vientre voluminoso, gruñó y dijo está bien, pero tú ya vete a dormir.

 

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Mi amigo y yo nos tiramos a los primeros sillones que encontramos a nuestro paso mientras ella nos servía tragos de ron mezclado con agua de la llave, pues a nadie se le había ocurrido comprar un miserable refresco; al terminar, dijo que pasen buenas noches y desapareció luego de apagar la luz, dejarnos a oscuras y con las pocas palabras que aún alcanzábamos a balbucear mi amigo y yo.

Minutos más tarde escuché unos pasos y pensé en el padre; y no, era ella, quien me pidió guardar silencio y se subió encima de mí, que aún intentaba abrir los ojos y maldecía los efectos alucinatorios de la droga mezclada con el alcohol. Se alzó una playera blanca y dejó al aire dos morenas tetas de pezones negruzcos, los cuales me di a la tarea no sólo de chupar sino de morderlos, recorrer su contorno con la punta de mi lengua, oprimir la punta del pezón, succionarlos, embarrarlos en mi rostro y casi perder el aire, respirar su perfume, sentir lo caliente de la piel, hasta que sin más metí la mano por debajo de su pantalón para mojar mis dedos con su húmedo sexo, hasta que intenté penetrarla y no lo permitió, a cambio de ello me regaló sexo oral, le correspondí, perdí la cabeza, y ella me dio una buena masturbada, se paró en cuanto eyaculé y me dijo: nos vemos, luego te llamo.

Salimos de la casa antes de que los padres despertaran, mi amigo compró una caguama en la única tienda abierta del barrio y mientras la pasábamos de mano en mano, envuelta en una hoja de periódico, caminamos las tantas cuadras que nos faltaban para llegar a la avenida principal, donde tomamos un taxi que nos llevó a casa de mi amigo no sin antes hacer escala en una vinatería, comprar del mismo ron que horas antes habíamos tomado con agua de la llave y continuar bebiendo hasta entrada la noche luego de comer una asquerosa y grasienta barbacoa.

Nos vimos en otras cuatro ocasiones Mariana y yo, claro que no nos aguantamos las ganas y lo primero que hicimos, más allá de discursitos ridículos de presentaciones, interrogatorios policiacos y viajes a un mierda pasado, coger con desenfreno, furiosamente, una y otra vez, hasta casi desfallecer en la cama de un hotel de paso cerca del metro Portales, coger de todas las formas posibles, en la cama, en la regadera, frente a la ventana, arriba del desvencijado ropero. Y aquí la escena se difumina, pasan otras veloces, tal y como sucede con los efectos chafas de cualquier película norteamericana, hasta que sus padres dieron el enganche para un departamento al norte de la ciudad, se largaron a vivir allá y a Mariana la dejaron en la casa, pues según pretexto de ella era que no se podía ir tan lejos, ya que tenía que concluir sus estudios en una universidad que le quedaba a tan sólo unos cuantos minutos.

 

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Llegué a vivir ahí meses más tarde, primero me iba a quedar los fines de semana, cogíamos todo el sábado y el domingo nos recuperábamos; luego los fines de semana se alargaron hasta el martes, cogíamos todo el sábado, todo el domingo, y lunes y martes nos recuperábamos; luego ya de plano no regresé a casa de mis padres más que por ropa, y a hurtar despensa cuando ellos no se encontraban, ya que Mariana y yo nos acostumbramos a vivir con lo poco que su papá compraba de comida cada semana; también nos acostumbramos a beber del mismo ron con agua de la llave, y el poco dinero que alcanzábamos a juntar lo utilizábamos para comprar cigarros y droga.

Sucedió entonces lo de Bob Dylan. Su papá había dejado un tocadiscos y una colección enorme de discos de Bob Dylan, Jimi Hendrix y más, y nos dimos a la tarea de escuchar a Dylan mientras cogíamos en la recámara, hasta que la maldita aguja del tocadiscos quedaba suspendida en el vacío; también fue en ese momento cuando nos empezamos a aburrir uno del otro, la mitad del día ella la pasaba drogada y yo ebrio, y nuestra comunicación eran los silencios y los ruidos que hacían los vecinos; de vez en cuando sacaba una sábana y la extendía en el patio, nos desnudábamos y nos pasábamos buena parte de la tarde viendo un cielo azul, mientras escuchábamos a Pink Floyd, hasta que la noche llegaba y buscábamos fiesta en casa de algún amigo o amiga para cenar, beber y drogarnos gratis.

La imbécil idea de vivir en pareja la entendí la mañana de un domingo, desperté y salí al patio desnudo a fumar un cigarro, pensé en lo que venía a significar vivir con tu pareja y descubrí que era un auténtico infierno, soportas mucha mierda con tal de no estar solo y eso es lo peor que puedes hacer; a la larga terminan por odiarse mutuamente y la idea estúpida del amor queda más vacía que cualquier coladera cuando las cucarachas huyen ante el fumigador; me largué de ahí al mediodía. Supe nuevamente de Mariana cuando me invitó a su boda en un lujoso salón al sur de la ciudad, acudí en compañía del amigo que nos había presentado, llegamos los dos un poco drogados, pero eso sí, luciendo trajes que habíamos alquilado para tan magno evento. Debo confesar que se veía hermosa y me avergüenzo de hacerlo, un hombre mediocre oficinista era ahora su esposo, cristiano, abstemio, predicador en una iglesia los domingos, uff, suficiente es ver cómo destruyes tu propia vida para ver cómo se la destruye una mujer a la que amaste, con la que compartiste el infierno de vivir en pareja, infierno donde seguramente en este momento arde la tierna parejita de tórtolos.