Feminoteca 3: la ebria Bruja Fitzgeraldiana

A ella no le interesaban los grandes temas, las grandes mentiras y mucho menos estaba interesada en la literatura, lo cual a mí en verdad me parecía exquisito, aburrido como estaba en ese entonces de tantos y tantos amigos que creían ver en los libros una salvación

POR Severino Ortega Menchaca

A ella no le interesaban los grandes temas, las grandes mentiras y mucho menos estaba interesada en la literatura, lo cual a mí en verdad me parecía exquisito, aburrido como estaba en ese entonces de tantos y tantos amigos que creían ver en los libros una salvación

(www.dailyrecord.co.uk)

¡Maldita sea! Andas por ahí de huevón, te descuidas un momento, acudes a la banca de cualquier parque a ver mujeres oficinistas y fumarte media cajetilla de cigarros sin filtro y los muy cabrones llegan quién sabe de dónde, aprovechan los escasos momentos de lucidez que a ratos tienes, últimamente pocos, en realidad, me maldigo mientras dejo la lectura pendiente de algún relato de una revista de pornografía casera y vuelvo a lanzar maldiciones con las tres partes del rencor que guardo para ustedes, inútiles tres lectores, que me dedican algunos minutos de su inútil existencia para intentar leer las tantas y tantas estupideces que ni siquiera soy capaz de hilvanar correctamente, tal y como sí lo podría hacer cualquier idiota del peor de los talleres narrativos que abundan hoy en día, mientras vividores hacen de las suyas mintiéndoles acerca de lo buen escritores que son, de las muchas oportunidades que tienen para destacar en un medio lleno no sólo de víboras sino de chacales, mastodontes, jirafas, y donde las ternuritas de alumnos que desembolsan una buena cantidad de dinero al mes harán de mariposas, hasta que un manotazo los deje estrellados en el suelo, qué chinga, para regresar mal heridos a casa de sus padres, en el mejor de los casos, porque los hay que regresan a clínicas de rehabilitación o anexos fuera de serie de alcohólicos anónimos, con la cola entre las patas, tras derrumbarse sus sueños y haber desembolsado una buena cantidad de dinero, qué diablos, lo mejor entonces es procurarte una botella de whisky no tan cara, un poco de marihuana, apoltronarte en tu sillón favorito, dejar abierta la ventana y las cortinas y beber despacio, mientras pierdes tu mirada en ese mundo de afuera, tal vez mucho más generoso; cuando sientas esos latigazos en la garganta que sólo propina el whisky, enciende un buen toque, aminora no sólo el ardor sino los recuerdos, femeninos recuerdos como los que ahora me llevan de la mano hasta las nalgas de la Bruja Fitzgeraldiana dentro del baño de su casa, empinada arriba de la taza, yo con los pantalones a la rodilla, nuestro reflejo en un sucio espejo y el miedo siempre presente a ser descubiertos, porque vivía junto con su hermana y un papá que tiempo después desapareció luego de que le comprobaron un enorme fraude en la empresa donde trabajaba, y ¡zaz!, se lo tragó la tierra, al menos, lo supe más tarde, hasta que el delito prescribiera, o lo que sea que esa mierda signifique, fiesta y fiesta era lo que se daba en su casa los fines de semana, alcohol, cigarros, risas, algunas de ellas demasiado idiotas, sobre todo cuando varios de sus amigos encendían la computadora y ponían videos de los más estúpidos para provocar una penosa hilaridad, hasta entrada la madrugada, que era cuando yo salía trastabillando para dejarme caer en el asiento trasero del taxi que ya antes me había pedido a un sitio cercano, y cuyo conductor en más de una ocasión era el mismo, Antonio, por lo que no tenía problemas si me quedaba dormido, ya que me despertaba, empujándome del hombro, cuando estábamos frente a mi casa, donde tras dormir unas cuantas horas me volvía a encontrar con la Bruja Fitzgeraldiana, en cualquier estación del metro, de desparramadas tetas y ropa interior feísima por mucho dinero que tenía, largas y largas humaredas de sus bien formados labios, pues en rara ocasión dejaba el cigarro mentolado y el chicle de frambuesa, gran bebedora de Bacardí blanco con Coca Cola y toda una experta en la preparación de micheladas, lo cual podía asegurar que cualquier hombre medianamente inteligente se enamorara de ella y así me sucedió, hasta que llegó la destrucción. Yo la bauticé así, ya que por esos días leía y leía todo lo que llegaba a mis manos de Francis Scott Fitzgerald, un cabronsote autor norteamericano que de no haber sido tan ebrio lo hubieran premiado incluso con el Nobel de Literatura que sí le dieron a otro cabrón, Hemingway, cuando sabido es que el primero le corrigió algunas de sus primeras novelas y hasta se dio a la tarea de buscarle editor y prestarle unos cuantos dólares, eso cuando Ernest era un muerto de hambre, ebrio también, y orgulloso como sólo él pudo serlo; y si lees a Fiztgerald quedas enamorado de las mujeres de sus novelas, esas flaper que él tuvo a bien nombrar tras encerrar a su mujer Zelda en un siquiátrico y robarle fragmentos de sus cartas para incluirlos en sus novelas, mujeres de excesos y atrevimientos, de noches eternas, libres para la libertad que tienen ellas mismas, solteras y casadas con todos, amorosas y cachondas, medio tontitas e ingenuas pero no por eso menos atractivas, sin nada más en que pensar que en la canción de moda, el vestido recién empacado en el aparador, la última marca y color de bilé y medias y la fiesta eterna que a su vez consigue eternizar las noches; claro que como no conocía al autor en cuanto le puse el mote protestó, intenté que leyera algo de él, lo más choteado, ya se sabe, The Great Gatsby, y el libro permaneció más de un mes en su mesa de noche al lado de la cama, empolvado, luego ya manchado de ceniza de cigarro y por último, intolerable para mí que lo saqué de ahí, con un chicle de frambuesa pegado en la primera página, y nos propusimos conocer varios hoteles de paso aunque, para ser sinceros, no salíamos de uno que se encuentra a unas cuantas calles del metro Hidalgo, ahí cerca de la cantina El Palacio, recomendable para los que se quieran acercar a escritores que en lugar de escribir se la pasan bebiendo y rememorando, lo peor: lloriqueando, viejas glorias los viernes por las noches, creo que el hotel se llama Oxford, aunque no lo podía decir con seguridad, y creo que nos acostumbramos a las camas desvencijadas y a las cucarachas corriendo deprisa por la cabecera, justo arriba de nuestras miradas, a las anforitas de ron blanco y los cigarros, a la música compartida con audífonos o bocinas, y a ese enorme momento donde tienes ganas de tragarte el mundo y éste se te atora entre los dientes, hace migajas con tus sueños y te obliga a vomitar. Sin grandes frases de amor, sin palabras, sin cartas, lo nuestro era coger, beber ron blanco, fumar y reír, a ella no le interesaban los grandes temas, las grandes mentiras y mucho menos estaba interesada en la literatura, lo cual a mí en verdad me parecía exquisito, aburrido como estaba en ese entonces de tantos y tantos amigos que creían ver en los libros una salvación, y algunos terminaron muertos, otros miserables, y otros más en flamantes puestos gubernamentales, ella era así, Bruja Fitzgeraldiana, y le bastaba sentirse un poco aburrida con el hombre en turno para largarse con otro, para iniciar una nueva aventura, sin tocarse ese corazón tal vez más cálido que el de tantas y tantas, hasta que una mañana no supe más de ella, desapareció igual que su padre, cerró cualquier novela de Fitzgerald y se esfumó tal vez con otro hombre, justo como sucede en las mejores historias…