Heidegger, el gran ilusionista

El 1 de mayo de 1933, tres meses después de que Hitler llegó al poder, Heidegger se afilió al Partido Nazi. Su recompensa fue ser nombrado rector de Freiburg, en una ceremonia que él atestiguó en uniforme nazi y cuyo programa tenía impresas las palabras del himno nacionalsocialista en su última página

POR Simon Heffer

El 1 de mayo de 1933, tres meses después de que Hitler llegó al poder, Heidegger se afilió al Partido Nazi. Su recompensa fue ser nombrado rector de Freiburg, en una ceremonia que él atestiguó en uniforme nazi y cuyo programa tenía impresas las palabras del himno nacionalsocialista en su última página

(www.humanismandculture.com)

Tal vez sólo si uno está bajo un terror mortal puede entender por qué gente altamente civilizada respalda a las dictaduras extremas. Uno piensa en el miedo con el que Stalin obligó a Shostakovich a vivir; o en la obediencia que Furtwängler y Richard Strauss decidieron mostrar al régimen Nazi. ¿Pero, cómo explicar que gente civilizada que no sólo tiene la capacidad de pensar, sino cuya vida es pensante, abrace el mal? En su nuevo libro Hitler’s Philosophers, Yvonne Sherratt explora, entre otras cosas, ese acertijo. La autora no sólo analiza a aquellos que, literalmente, debían saber bien lo que hacían sino que decidieron por sí mismos apoyar a los nazis. También analiza a aquellos, principalmente pero no exclusivamente judíos, que mantuvieron un sentido de integridad intelectual y moral contra Hitler y muestra qué les sucedió. Es, a final de cuentas, una historia peculiarmente indecorosa, aunque excepcionalmente bien contada.

La industria que retrata y describe al Tercer Reich es considerable, con muchos autores y editoriales convirtiendo el tema en inagotable. Este aspecto del terror de Hitler –cómo intentó controlar el proceso de pensar primero de la academia y después, probablemente, del resto de Alemania con lo que marginaría a los filósofos eminentes de las universidades de Reich — ha sido insuficientemente explorado.

Sherratt describe las influencias sobre Hitler antes de que él llegara al poder, en particular Houston Stewart Chamberlain, del círculo de la familia Wagner en Bayreuth; Feuerbach, Schopenhauer y Nietzsche (en la medida en que podía comprenderlo). Hitler en verdad parece que no entendía la filosofía. Incluso alguna vez opinó que Chamberlain era un charlatán y que leer a Nietzsche era superficial y selectivo. Esto conduce inevitablemente al problema principal con Hitler: de todos “sus” filósofos, él era el filósofo-en-jefe. Puesto que su principal obrita fue su caja de prolijas intolerancias que es su Mein Kampf, sabemos qué tan deformada e insuficiente fue la calidad de su “pensamiento” y lo poco calificado que estaba para juzgar a los demás.

 

Hannah Arendt (www.correodiplomatico.com)

Sherratt proporciona estudios convincentes de los filósofos que huyeron o murieron, más de los que prefirieron estar junto a Hitler. Es el caso de Walter Benjamin, un filósofo al que se lo considera uno de los escritores más finos en alemán, que fue al exilio poco después de que Hitler llegó al poder. Su desgracia fue elegir a Francia como su hogar, y cuando la Gestapo lo acorraló cerca de la frontera española en septiembre de 1940, Benjamin optó por consumir la morfina suficiente como “para matar a un caballo”. Estuvo Theodore Adorno, un musicólogo que primero fue a Oxford (donde fue protegido por Maurice Bowra, pero frecuentado y ridiculizado por Isaiah Berlin, en lo que es una prueba más de que el juicio y humanidad de Berlin no eran lo que todos sus simpatizantes señalan que fue) y luego a Estados Unidos. Terminó en Los Ángeles, inmerso en Hollywood. También estuvo Hannah Arendt, la alumna brillante y en algún momento amante de Martin Heidegger, quien logró escapar de las redadas de manera casi milagrosa. Y es Arendt la que nos ofrece la más sorprendente e inquietante presencia de esta historia.

Heidegger abrazó el nazismo al parecer con verdadero entusiasmo. Él era un genio: Sherratt lo llama “El superman de Hitler”, pero la pregunta es si Hitler pudo, con su “perniciosa” y sabida ignorancia atraer a su causa a alguien tan talentoso. La respuesta fue afirmativa, y ahí estuvo Heidegger. Sherratt relata cómo en 1929 Heidegger se había quejado la “judiozación” de su Universidad. La palabra que utiliza es Verjudung, que condimentó las páginas de Mein Kampf.

El 1 de mayo de 1933, tres meses después de que Hitler llegó al poder, Heidegger se afilió al Partido Nazi, en lo que fue un destello de publicidad para la Universidad de Friburgo, donde él era profesor y toda una eminencia por su trabajo en la metafísica. Heidegger tomó sus precauciones antes de desembarazarse de Arendt que, siendo judía, no era una acompañante ideal. Heidegger pronunció un discurso dejando en claro su devoción por el nacionalsocialismo y en el que señaló la urgencia de nazificar las universidades alemanas. Su recompensa fue ser nombrado rector de Freiburg, en medio de una ceremonia de inauguración que él atestiguó en uniforme nazi y cuyo programa tenía impresas las palabras del Horst Wessel Lied [el himno nacionalsocialista] en su última página. Luego procedió a remover a los no arios de la universidad. Con la aprobación del filósofo, los camisas pardas recorrieron el campus y realizaron ejercicios militares allí. Heidegger fue un desastre en su nuevo puesto, al grado que su lealtad al partido y al Führer fueron insuficientes para conservar su empleo por más de un año.

 

(lovedeim.blogspot.com)

Heidegger hizo suya la corrupción del sistema jurídico alemán bajo los nazis. También apoyó la censura. Mantuvo su devoción a Hitler hasta 1945, lo que le aseguró conservar su silla y garantizar que sus libros continuaran publicándose.

Con la caída del Tercer Reich comenzaron los intentos de Heidegger por exculparse. Incluso mostró gran indignación cuando alguien sugirió que el pensador debía someterse a las audiencias de desnazificación. A pesar del celo con que él había apoyado al Partido Nazi y sus doctrinas, Heidegger fue clasificado sólo como un compañero de viaje, ganando el estatus de emérito, lo que le permitió continuar en la enseñanza.

Fue sólo el principio de su buena suerte. Su rehabilitación continuó y fue apoyada incluso por Hannah Arendt. La pensadora celebró y promovió por todo el mundo el genio de su antiguo amante. Heidegger había caído en 1934 de la rectoría de Freiburg no tanto porque su nacionalismo era considerado demasiado “romántico” y no por la variedad darwiniana/nietzscheana favorecida por los nazis. Heidegger afirmó que algunos pasajes de Mein Kampf eran repugnantes. Lo que parece haber motivado a Arendt a tomar partido en favor de su ex amante y maestro no fue tanto porque creyera sus excusas, sino porque la llama de su relación anterior fue reavivada cuando ella se reunió nuevamente con él después de su exilio.

Cualquiera que haya sido la motivación de Arendt, los resultados fueron decepcionantes. Heidegger murió en 1976 con su reputación prácticamente intacta. Sherratt lo describe como la “estrella” de la filosofía continental. Los pensadores judíos como Arendt, Benjamin y Adorno, a quien nazis como Heidegger expulsaron del país, son más periféricos. Nos gusta sentirnos orgullosos de finalmente haber deshonrado y marginado el nazismo. Quizá no deberíamos estar tan seguros.

 

Tomado de: Standpoint. Marzo, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.