Las tres Magdalenas

Como cantante, decía el crítico teatral Harol Hobson, “Miss Dietrich nos muestra la altura y la profundidad del amor al captarlo, con infalible precisión, en el mismo instante de su derrota”

POR Alfredo C. Villeda

Como cantante, decía el crítico teatral Harol Hobson, “Miss Dietrich nos muestra la altura y la profundidad del amor al captarlo, con infalible precisión, en el mismo instante de su derrota”

Marlene Dietrich (los21revista.com)

La Magdalena penitente fue un tema recurrente de grandes maestros de la pintura. Las de Caravaggio y Tiziano acaso sean las más aclamadas, pero el fusilero siempre ha tenido especial predilección por el óleo de Bartolomé Esteban Murillo. Sin embargo, una vez tomada la decisión de evocar hoy esa imagen del Barroco con motivo de la Semana Santa en puerta, se interpone el nombre propio de la mujer y remite, de forma inevitable, a otras figuras que llevan tal apelativo, real, como seudónimo o personaje fílmico.

Leslie Frewin dice que cierta noche una musa de ánimo batallador empezó a molestarlo. Marlene Dietrich, la amorosa y lánguida Marlene, la más inalcanzable de las mujeres, la leyenda y la mentira. Dos décadas le tomó escribir su biografía no autorizada, no exenta de presiones de la propia berlinesa, quien intentó sin éxito disuadirlo. María Magdalene unió la primera y la última sílabas de su nombre para convertirse en la estrella de permanente brillo en el firmamento fílmico.

Esa Magdalena atravesó el siglo XX y fue protagonista no sólo de momentos estelares cinematográficos. Hollywood es apenas una parada en la vida de esta rubia que fue La Condesa Alexandra, El Ángel Azul, la Venus Rubia, la Dama de Nueva Orleans… Presidió una ceremonia con motivo de la liberación de París. Compitió por los reflectores con Greta Garbo y actuó para Alfred Hitchcock. Infaltable, el cigarrillo y el humo en círculos en una atmósfera sobrenatural.

“Como la línea divisoria entre la artista y la mujer parece haberse hecho cada vez más delgada, con frecuencia ha resultado difícil saber cuándo se estaba interpretando a sí misma. Algunas cosas son ciertas. Es extraordinariamente bella, pero ha sido también, en ocasiones, una mujer extraordinariamente solitaria. La belleza de su estilo puede ser su propia prisión, algo opresivo, y aunque Marlene tiene legiones de conocidos, es mujer de muy pocos amigos íntimos”, escribió Frewin en el libro que lleva el nombre de la diva como título (Ediciones Grijalbo, 1973).

Entre esos escasos amigos estaban Edith Piaf, su comadre, la gran cantante francesa que impuso un récord con siete minutos de ovación de pie en el Olympia de París, Dietrich incluida, y Ernest Hemingway, el Nobel de Literatura, quien decía de la alemana: “Me siento felicísimo cuando he escrito algo que estoy seguro de que es bueno, y Marlene lo lee y le gusta”.

Como cantante, decía el crítico teatral Harol Hobson, “Miss Dietrich nos muestra la altura y la profundidad del amor al captarlo, con infalible precisión, en el mismo instante de su derrota”.

 

Monica Belluci en Malèna (imgur.com)

Pero hay otra Magdalena, la signora Malèna, el personaje inventado por su propia intérprete, Monica Belluci, antes que por la poderosa dupla de escritores cinematográficos: Giuseppe Tornatore y Luciano Vincenzoni. Sirena de un tradicional pueblo de la Sicilia de la Segunda Guerra Mundial, esta imponente mujer debe afrontar a una sociedad prejuiciosa, conservadora, llena de buenas conciencias que se escandalizan ante la belleza de esa joven que todos los días, cuando camina rumbo a la plaza, es espiada por un chico de 13 años que tiene los sueños eróticos más encendidos del pueblo.

Malèna es en cierta medida Irene Papas en Zorba El Griego, la viuda deslumbrante cuya belleza le echa encima al pueblo. La mujer que todos desean, pero de la que abjuran en público. El rostro contemporáneo que une las características estéticas más elevadas de la tradición helenística y la romana. Malèna, y no Elizabeth Taylor, es la evocación moderna de Cleopatra VII, la reina más joven de Egipto. Y como la Dietrich, luce inmensa con su cigarrillo en mano.

La tercera Magdalena, de quien Enrique González Rojo habría dicho de conocerla: “Ella y la luz caminan juntas”, es un capítulo especial que será escrito en otra oportunidad.