¡Quiero tanto a Cuba!

Estuve recientemente dos semanas en Cuba y puedo asegurar que no existe otro barrio como El Vedado, cuajado de palacetes y casonas de los años 40-50. Qué decir del Parque Zapata, cubierto por jagüeyes, árboles de espectaculares raíces aéreas

POR Gabriel Ríos

Estuve recientemente dos semanas en Cuba y puedo asegurar que no existe otro barrio como El Vedado, cuajado de palacetes y casonas de los años 40-50. Qué decir del Parque Zapata, cubierto por jagüeyes, árboles de espectaculares raíces aéreas

(www.skyscrapercity.com)

Recorrer esa ciudad vieja, su barrio El Vedado, el Parque Zapata y las playas del este, además de una serie de daiquiris en El Floridita, me permitieron platicar con muchísimos amigos y amigas, de los que sí te miran a los ojos y te seducen con su sinceridad.

Ahondando en sus mujeres, conocí a una muy hermosa con quien tuve amoríos, por qué no decirlo, a lo largo de los ocho kilómetros, que une a La Habana Vieja con el barrio de Miramar.

No sé cómo le hizo ella, tal vez pidió prestado el yate. Desde que partimos de Tarará, no dejé de contemplar su cintura de miel.

Después del romance, ella volvió con su novio y me dediqué a recorrer el mercadillo de libros viejos, donde pude encontrar algunas joyas de la literatura cubana, por presumir, un original de estampas de Eladio Secade. Después me lancé por museos, galerías, por el complejo renacentista, que es el castillo de la Real Fuerza, construido en el siglo XVI.

Más tarde comí en La Guarida, donde se rodó la película Fresa y chocolate, y en lo parduzco de la noche me dirigí al salón Rosado de La Tropical para escuchar lo que quedaba de los Van Van; pero lo que realmente degusté fue recordar lo que alguna vez leí de Guillermo Cabrera Infante, que ahí dirigió, tocó y cantó, el fabuloso Benny Moré.

Estuve recientemente dos semanas en Cuba y puedo asegurar que no existe otro barrio como El Vedado, cuajado de palacetes y casonas de los años 40-50. Qué decir del Parque Zapata, cubierto por jagüeyes, árboles de espectaculares raíces aéreas.

Otro día visité la Zorra, donde todos los días hay recitales. Casi al final de mi estancia me situé en el callejón de Hammel, un lugar para escuchar rumba y guagancó: un bulevar de la cultura africana y el mestizaje. Un sacerdote del Ocha, adivinó mi futuro inmediato.

Entonces supe lo que era escuchar en la ciudad de La Habana, en vivo, a uno de los grandes del piano, Frank Fernández, quien acompañado de la Orquesta Sinfónica de Oriente, interpretó obras inéditas de Ernesto Lecuona.

Seguro que fue él quien me habló de Bárbara Llanes, soprano y compositora. Al conocerla supuse que era la misma con quien había tenido ese intenso encuentro unos días atrás.

Ahora sé que sólo lo imaginé. Bárbara Llanes, además de compositora, es una de las sopranos más importantes en el momento. Entre otros, ha grabado un extraordinario disco con José María Vitier, que se titula Iré Habana, como solista, Mujeres de luz, y el primero, precisamente con Frank Fernández, Amor y dolor, en el que incluyeron canciones de Sindo Garay, dos poemas de Nicolás Guillén musicalizados por Emilio Grenet y Rosas rojas, de Óscar Hernández.

Me puse a buscar en Internet y encontré que en la revista digital cubana La Jiribilla Jennifer Piñero Roig le hace una entrevista larga. En ella, le pregunta a Llanes de sus certezas cuando ha realizado una buena interpretación. Ella habló con fortuna de la que fue esposa de Cabrera Infante, la bailarina,  Rosita Fornés.

Por cierto, me enteré que Frank Fernández ha rescatado las obras completas de Ignacio Cervantes y Manuel Saumell, padres de la música cubana.

La pregunta más tonta que se me ocurrió hacerle a Fernández: ¿Considera que la actual política cultural en Cuba favorece la creación artística? Me respondió como hacía más de 20 años lo hizo Prats Dávalos, secretario de cultura de la Isla. “Absolutamente, porque parte de ese concepto llamado talento se encuentra en las mayorías”.

Quiso decir que mientras más posibilidades tengan las personas de entrar al conocimiento artístico, más fácil es que los grandes artistas no se frustren en su tarea, al tener frente a ellos un público numeroso.

Insistí: ¿Qué tiene Cuba para poseer un amplio panorama musical? Acto seguido, me palmeó. “Fue lo que nos tocó de la vida: espíritu de lucha, talento para las artes, playas y gente linda”.

Frank Rodríguez, enmarcado en un cielo de cobalto. El único músico que no canta y pertenece al movimiento de la Nueva Trova, me dio una lección de inteligencia.

El espíritu de Ernesto Lecuona y la relectura de algunos textos de Julio Cortázar, el que le dedica a la genial Glenda Jackson, me llevó a parafrasear, ya de regreso, en el avión: ¡Quiero tanto a Cuba!