Seudónimo Quincey 27

Para mi mala suerte, en cuanto conseguí llegar a la cama y aventar al bulto que ya era para entonces soñé con ella, y lloré cuando la almohada me escupió su olor al rostro. Claro que la iba a extrañar. Hasta la estupidez se extraña cuando te quedas solo

POR Óscar Garduño Nájera

Para mi mala suerte, en cuanto conseguí llegar a la cama y aventar al bulto que ya era para entonces soñé con ella, y lloré cuando la almohada me escupió su olor al rostro. Claro que la iba a extrañar. Hasta la estupidez se extraña cuando te quedas solo

(www.consumercones.com)

GAME

Sobresaltado. Así desperté. Idiotas…

OVER

Idiotas. Con calma. Así debo moverme. Voy a tomar por sorpresa al chico. Sudo y disfruto del sudor. Intento calmar mi agitada respiración. Está de espaldas. Mucho mejor. Me lo repito: mucho mejor. Alguien habla a través de mí y se vale de mis pensamientos para infligirme tortura o placer a sus anchas. También me persigue y, al hacerlo, me ánima a escapar tras conseguir desatarme. No tienen ni puta idea cómo se utiliza un cuchillo. Uno de ellos presume de su padre y apuesto todo a que su padre sentiría repugnancia de ver al inútil de su hijo convertido en un secuestrador de quinta; el otro es inseguro, habla dificultosamente. Me lo imaginé: primerizos carcomidos por la culpa. Idiotas.

GAME

Más o menos así es el sueño: él está de pie. Incluso cuando no alcanza a reconocer el lugar donde se encuentra a pesar de tantos esfuerzos tiene la sensación de estar en algún lugar de la casa donde transcurrió su infancia. Percibe una tranquilidad que le parece falsa. No pasan unos segundos cuando algo sucede y se escuchan gritos, fuertes gritos. Inmediatamente reconoce la voz de mamá. En su sueño la voz de mamá es distinta a la que en realidad tenía, pero de cualquier manera la alcanza a reconocer.

Quiere correr. Aunque, de hacerlo, hacia dónde. En el sueño intenta recordar las distintas habitaciones de la casa. No puede. Es como si toda la casa se redujera nada más a ese lugar. Lo que quiere es ir en busca de mamá. Lo desea. Quiere correr. Comienza a desesperarse porque no puede hacerlo.

OVER

Para ustedes. Si he de comenzar por alguien serás tú el elegido. No sé dónde está el otro. No me importa. De cualquier manera el cuchillo está cerca de él y bastará un raudo movimiento para arrebatarlo de la mesa y emprender la acción. Mis ganas: llegar por atrás y rebanar su cuello con la hoja metálica hasta sentir cómo su cabeza se recarga en mi hombro. Un chorro de sangre caliente. En momentos así me gusta contar mis pasos; también muevo los dedos de las manos mientras lo hago. Disfruto la distancia que poco a poco se acorta entre los dos. Fuma. No sé qué carajos mira pero parece absorto. Pensativo, no; está claro que chicos así aún no desarrollan ninguna capacidad para hacerlo. Una imaginación más bien escasa los deja censurados frente a cualquier realidad.

Luego…

 

(www.tumblr.com)

GAME

Lo intenta. Mueve sus piernas. En increíble con cuánta rapidez suceden los movimientos en los sueños. Pero en cuanto lo intenta aparece papá atrás de él. Nunca le había visto tanto odio en la mirada. Mamá vuelve a gritar. Él tiene mucho frío y tiembla.

OVER

Ya luego vendré por el otro. Debo llegar a casa, darme un baño, descansar. Apesto. Desconozco cuántos días pasé en cautiverio aunque intuyo que no deben haber sido muchos. Cuando ya no consiga contenerme frente a su seguramente asqueroso rostro meteré de un jalón el cuchillo por su abierta boca y escenificaré una peligrosa escena de sexo oral. Hasta que la hoja metálica dé con un hueso. Hasta mojar mi mano con la sangre que habrá de emanar de ahí tras chupar la punta del cuchillo.

Pero eso puede esperar.

Quiere hablar. Cuando te percatas que estás soñando te atreves a decir lo que sea. Cree que habla, pero sus labios apenas si se mueven.

Papá, en cambio, sí lo hace. Ha escuchado voces de ultratumba en películas y en ese momento sabe que su papá la tiene así. Dice:

—También podemos matar. También podemos matar…

Y quién sabe cuántas veces lo repite.

GAME

Como bien supo hacerlo Shopie cuando descubrió que la quería matar. Contrario a lo que pensaba, no se asustó. Perdió su vista en la ventana abierta durante algunos segundos, luego suspiró y volteó a verme. Sus ojos claros se clavaron en los míos. Movió la cabeza. Así desaprobaba la acción aunque desde el inicio me había quedado claro que a ninguna estúpida como ella se le ocurriría aprobarla. Cursi como es, tras otro suspiro ahora más corto se soltó a llorar llevándose las manos al rostro. O su estupidez era tal que no entendía que le acababa de decir que la quería matar, o estaba en algo así como una especie de shock del cual dan tantas explicaciones los médicos. Hasta el día de hoy lo ignoro. Lo intenté otra vez mientras se bañaba. Me contuve. Sabía bien lo mucho que me gustaba coger con ella cuando aún tenía húmedo el cuerpo. Qué más da. Sí, no dijo nada. Días más tarde se largó del departamento. Esa noche lo celebré en grande: compré una botella de whisky, puse un disco de Billie Holiday, subí el volumen y no me levanté del sillón hasta que terminé con media botella y el disco se había repetido no sé cuántas veces. Para mi mala suerte, en cuanto conseguí llegar a la cama y aventar al bulto que ya era para entonces soñé con ella, y lloré cuando la almohada me escupió su olor al rostro. Claro que la iba a extrañar. Hasta la estupidez se extraña cuando te quedas solo. Por suerte luego de algunas semanas encontré lo de Internet. Comencé la cacería. “Seudónimo Quincey” pronto tuvo muchas amigas en las redes sociales. Aprendí a crear puntos en común luego de escuchar las tantas y tantas idioteces que repiten a diario las bestias a las cuales debo educar para sobrevivir. Hasta que estos dos imbéciles lo interrumpieron todo. Periodos así me suceden con mucha frecuencia: me debilitó emocional y físicamente; también me deprimo y me culpo… es lo que me lleva a creer que una parte de mí todavía no se desprende de la conciencia del todo. Eso es lo que consigue el remordimiento. Puedo pasar así desde varios minutos, algunas horas e incluso días enteros. Y repentinamente sucede: me incorporo a mi propia pesadilla mucho más fuerte. Es como si esos días sombríos alcanzaran a recargarme de energía aunque tal cosa suene disparatada. Pero así es. Frente a mi captura tuve miedo. Pensé que moriría tarde que temprano de la manera más atroz. La mayoría de los secuestros terminan así y una vez que caes en uno debes estar preparado para recibir un balazo, un machetazo, lo que sea que consiga cegarte la vida. Yo lo estaba. Lo que creía eran mis últimos pensamientos los dediqué fielmente a Shopie y a la mujer del hotel. Si dieron con ella o no es algo que ahora mismo no me importa. Quiero escapar. Cualquier animal menos inteligente conseguiría hacerlo. No veo por qué yo no.

OVER

Al fin da con su mamá. No es que haya caminado mucho. Mamá se aparece como se aparecen las personas en los sueños. Tu mamá.

Es la cocina de la casa de su infancia. Ahí la alacena con esa lata de polvo para preparar chocolate que tanto le gustaba. Y las cajitas de gelatinas con figuras de animales. Servilletas de colores exclusivas para él. Una bolsa de paletas. Si terminabas con toda la comida, ese era un premio para él los fines de semana. Luego podía ver televisión durante varias horas. Al fin: una vez que aparece mamá se deja de escuchar el grito. Luego lo entiende.

Mamá está acostada en el antiguo mosaico de la cocina. Cuadros grandes grises y blancos. Hay cosas en los sueños que sencillamente no tienen explicación.

Paralelo a uno de sus escuálidos brazos está un cuchillo que él en el sueño ve enorme.

Mamá escupe sangre por una herida que aparece en su abdomen arrugado y gelatinoso.

Despierta. Quiere gritar. No puede.

 

(www.nydailynews.com)

GAME

Urge la decrépita recamarera. Para que clausurarle sus palabras y que no diga nada de lo que vio. Ellos buscan cualquier pretexto para ir tras de mí y no se los vamos a dar. Pero eso luego de que descanse. Me retracto: la policía es tan deficiente que en caso de dar con pistas que los conduzcan a mi paradero pasarán antes días y quizás semanas. Lo sé bien. Mientras tanto queda pendiente la recamarera. Próximo objetivo.

Eso lo dijo Thomas de Quincey: las sensaciones que se experimentan previas a un asesinato no son del todo explicables. Por voluntad te sitúas a un lado de los dioses y dispones de las vidas que así creas necesario. También te das el lujo de elegir. Suena inmoral la idea pero a quién le importan esas tonterías. Eres tú quien se da a la tarea de llamar a la muerte.

¿Dónde estás ahora, Shopie?

También te quiero mucho, y lo sabes… eso es lo peor.

Pero primero

Voy

A

Matar

A

Este

Estúpido

Muchacho

Después vamos a estar tranquilos.

Solo si me abrazas con fuerza.

Zumb.

Zumb.

Zumb.

POR Óscar Garduño Nájera

 Escapar de ese pueblo. Era lo único que le quedaba claro. ¿Cómo te haces hombre? Se lo preguntó una y otra vez. Aunque por momentos la pregunta también le resultó idiota

(tigonworld.com)

Tras de Jacinto aparece la ruinosa escenografía picoteada por una débil luz matinal. Un descomunal silencio despunta recargado e invoca centelleantes ruidos. Por ejemplo: famélico un perro cuyo lastimero ladrido martillea las calles ahí donde duerme ovillado frente a cualquier puerta tristemente cerrada. También una canción pasada de moda, de esas que marcan época, de un cantautor que hace algunos años murió en un percance automovilístico, puzzle con extraviadas piezas faltantes en la radio que el gordo Quixtlihuac enciende apenas despierta, acaso para acompañarse con sonidos distintos a los de la voz de su hija, y sube el volumen, tal es la necesidad de callar la ausencia, antes de que retumben las campanadas de una abandonada iglesia, refugio de mirones que se dan a la tarea de juntar las pocas bancas para tirarse sobre ellas boca arriba, bostezar, con esas grandes bocas chimuelas, y susurrarse los últimos chismes en el pueblo, mientras en la cúpula el rostro martirizado de un arcángel con acné deja caer cicatrices de blancuzco yeso. Un joven monaguillo se cuelga del lazo que pende de un oxidado badajo de una dorada campana, la hace sonar nuevamente, se impulsa divertido de un lado a otro, mientras los mirones alzan sus torpes cabezas y protestan por el ruido. El monaguillo los ignora, se persigna cuando trastabilla frente a ellos y les arroja un escupitajo por en medio de una cruz que con esfuerzos traza en al aire viciado.

—No sé para qué te largas, pero te acompaño, la campana no creo que aguante mucho y para maldita cosa que sirve.

Quiso ir con Jacinto cuando se enteró que iba a dejar el pueblo. Así se lo hizo saber al interceptarlo a las afueras de su casa. Habían sido buenos amigos durante la infancia. Luego el monaguillo se distanció. Jacinto quiso decir algo heroico, algo acerca de la valentía de los hombres, pero se sintió idiota.

—¿No crees que alguien debe cuidar que se cumplan sus órdenes?

Lo dijo lentamente, rastras de palabras, mientras extraviaba la mirada en un límpido cielo azul.

—¡No mames, Jacinto!, ya estás medio grandecito para esas idioteces… ¿o tú eres de los imbéciles que creen que Dios vive en los cielos?

Maldición: el monaguillo ahora casi se ahogaba en una sonora carcajada.

—Ya verás cómo un día de estos un pinche rayo te parte en pedacitos.

Casi eran las siete de la mañana. El tufo a mezcal del monaguillo rugía frente al rostro de Jacinto. Dificultosamente se acercó, pasó su brazo por la cintura de Jacinto y lo jaló.

—De este pinche pueblo, Jacinto, Dios ya se largó.

Quién sabe a dónde. Pero se fue. Recuento: te matan a la niña Andrea, luego te matan a otras mujeres, algo ocurre en el pueblo, nadie atina a saber qué es, también le parten la cabeza a Emiliano, intentas dar con algo y encuentras que Dios ya se largó hace mucho, y junto con él quién sabe a dónde se fueron también las esperanzas.

—¿Te puedo preguntar algo?

Por fin, carajo, celebró el monaguillo. Pensó en eso de las respuestas. Había visto que se acercaban a los curas porque ellos tienen respuesta para todas las preguntas. Ese era el momento que tanto había esperado. Ahora sentía que estaba más cerca de serlo. Te hacen la primera pregunta, piensas un rato la respuesta, la dices y ya está. Permaneció callado. Daba a entender a Jacinto que él ya estaba preparado desde hace mucho para dar respuestas.

—¿Cómo te haces hombre?

Imbécil. Este imbécil me está jugando una mala pasada. Intentó sonreír. Luego le llegó como una especie de aprendizaje: eso de ir por la vida con todas las respuestas para todas las preguntas también tenía sus inconvenientes.

—¡Eso, únicamente Dios lo sabe!

Recurrió al mismo tono de voz con el que en ocasiones leía algún pasaje bíblico. “Cuando digas Dios haz una breve pausa y mira a los demás fijamente, como si en ese momento los condenaras a un pinche infierno inexistente, verás que se asustan y sacan más dinero a la hora de las limosnas, los muy cabrones; luego retomas la lectura ahí donde dejaste el dedo”, le había dicho un cura, acusado meses más tarde de pederasta.

—¡Tú ni siquiera crees en Dios, cabrón!

¿Quién le había llamado entonces cuando metió la mano bajo la falda de su primera novia?, la empujó.

—¡Aléjate de mí, poseedora del mal!

Y la novia no salió corriendo sino que le soltó tremendo puñetazo que fue a dar de nalgas al suelo.

Los dos amigos se despidieron.

—Quién sabe, Jacinto, en una de ésas y es la última vez que nos vemos…

 

(www.traveljournals.net)

Algo había de tristeza en la manera en que decía esas palabras. Así suelen despedirse las personas, al menos en este pueblo. Y a ver qué hace ahora con tu vida tú que te quedas.

Echó a caminar. Al principio se entretuvo contando los pasos, luego pensó que así iba a tardar años en llegar hacia donde fuera que se dirigiera y fue más de prisa. Hacia qué rumbo, no lo sabía. Escapar de ese pueblo. Era lo único que le quedaba claro. ¿Cómo te haces hombre? Se lo preguntó una y otra vez. Aunque por momentos la pregunta también le resultó idiota. Recordó las palabras de Emiliano y se sintió estúpido al prestarle atención a un borracho. Andrea. Eso sí: llegaba una y otra vez a poblar cada uno de sus recuerdos, acariciándolos, para después largarse cuando él se repetía que ya no volvería a respirar, que ese beso que nunca se dieron los dos se pudría en cualquier sitio, si es que existe un sitio donde los besos se pudren. Sintió miedo. En cuanto respiró a través de la miserable soledad del esquelético desierto padeció uno distinto a todos los que había experimentado. Incluso dudó en continuar. Obtuvo acaso una clave: el miedo. Un primer paso para hacerte hombre. Luego lo vences o dejas que te venza. Ahí otro indescifrable misterio. En algún momento del camino se sentó en una piedra y sacó de la mochila la única carta de Andrea. En la soledad del desierto la leyó en voz alta, hundido en aquel pasaje de tierra, más tierra y algunos buitres negros cuyas sombras desprendidas de las alturas parecían acompañar su camino. Disfrutó el sonido de cada palabra. Algo dentro de él estaba cambiando. Tendría la seguridad de que era así camino más adelante…