Seudónimo Quincey 28

Tomas Berterguer. Hace muchos años varios hombres le decían que sonaba a marca de tocino. Cien gramos de Berterguer, le hacían burla. Cien gramos de su chingada madre, respondía en un español tan apretado que apenas era capaz de pronunciar

POR Óscar Garduño Nájera

Tomas Berterguer. Hace muchos años varios hombres le decían que sonaba a marca de tocino. Cien gramos de Berterguer, le hacían burla. Cien gramos de su chingada madre, respondía en un español tan apretado que apenas era capaz de pronunciar

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Corrió la noticia. Así pasa en este pueblo. Por eso también es posible asegurar que todo ocurrió en silencio hasta que apareció el forastero. Porque llegó al mismo tiempo. Tal vez con unos cuantos minutos de diferencia. Cerca de la tarde apareció en medio de la plaza. Tomas Berterguer. Cuando se enteraron del nombre (y quién sabe cómo fue que sucedió) muchos de los mirones hicieron atasco de sonrisas de dientes chuecos en feos rostros. Pero nadie preguntó más. Eso de Berterguer nos les venía bien a ellos que acaso habían olvidado si tenían algún apellido. También ocurre que noticias más importantes consiguen ocultar otras, y si éstas son algo graciosas, como lo de Berterguer, tal vez la operación resulta más sencilla. Por eso el forastero se preguntó por las burlas de los mirones. En un principio pensó que iba dirigidas a él: llegas a un pueblo que se te cruza en tu huída y lo menos que esperas es que horribles hombrecitos se burlen de ti cuando ni siquiera te conocen. Tampoco es que sea por la apariencia, aunque bajo ciertas circunstancias un forastero siempre llama la atención. Debe ser el nombre, pensó. O el apellido, acostumbrado como estaba a que en los distintos pueblos lo cuestionaran acerca de su nacionalidad. Tomas Berterguer. Hace muchos años varios hombres le decían que sonaba a marca de tocino. Cien gramos de Berterguer, le hacían burla. Cien gramos de su chingada madre, respondía en un español tan apretado que apenas era capaz de pronunciar. Se cansó de explicar quién era el mayor de la dinastía Berterguer. Mi padre. Dueño de una de las agencias funerarias más importantes. Berterguer Funerales. Inglés. Lo de las explicaciones lo hacía algunas veces. Pero sólo era para agregar más motivos para las burlas. Hasta que llegó a ese pueblo y comprendió que ahora las burlas no iban dirigidas a él sino a un hombre de apariencia extraña y con un voluminoso vientre que parecía cargar con más orgullo, aunque dificultosamente, que pena. Tomas Berterguer se acercó despacio a él. Todo un forastero acostumbrado a ser ignorado por cientos de pobladores de los distintos lugares donde había estado luego de que acusaron a su padre por realizar prácticas necrofílicas con distintas mujeres en un pequeño poblado al sur de California. Ante la sorpresa de los vecinos, varios policías colocaron sellos de clausurado al gran local de Berterguer Funerales. Y él huyó antes de también ser aprendido.

No quería preguntar si las burlas iban dirigidas a él. Optó por hacer lo mismo que hacía cada que llegaba a un pueblo: sonreír de manera idiota. Antes de eso, quizás cuando el forastero apenas se aproximaba a pie al pueblo por el sinuoso camino de terracería, el gordo Quixtlihuac había dicho lo de continuar con los preparativos para la fiesta de XV años de la niña (lo dijo así en lugar de “mi hija”) Andrea. Luego quién sabe de dónde los sacó pero traía entre las regordetas manos lazos de plástico con distintas flores cuidadosamente amarradas con hilo blanco. Cuando dijo que pensaba colgarlos de un lado a otro de la plaza con la ayuda de alguna de las orillas del quiosco hasta el más miserable de los mirones, si es que había uno así, intentó disimular el atasco de sonrisa en una gran boca. Poco a poco. Solo. Así lo dejaron. Bajo tales condiciones fue algo extraño. Tal y como una poderosa marea que en lugar de dirigir sus movimientos hacia la orilla de la playa lo hace para alejarse cada vez más, empujada por misteriosos impulsos. Inexplicable en términos marítimos. Y sí, creyeron que el gordo Quixtlihuac había perdido la razón. En esa soledad, acaso perceptible por el hondo silencio que repentinamente se hizo tras las últimas palabras del gordo, fue que se encontró de frente con Tomas Berterguer, quien ajeno aún a lo que para muchos era la recién iniciada locura del gordo le ayudó a colgar el primero de los cordones tras dejar una verdusca mochila militar en una de las bancas. Y el gordo ni siquiera se dio cuenta de ello. De un tiempo para acá mantenía la mirada extraviada e iba de un lado a otro como autómata recién descubierto y empleado como paliativo del que te maten a una hija de un balazo.

 

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Tres lazos de plástico colgaron desde distintos puntos hasta las alturas del quiosco. Tomas Berterguer decidió tomar un breve descanso y se sentó en la banca, al lado de la mochila, mientras los pobladores pasaban frente a él, ignorándolo, cual si se tratase de un fantasma de esos que dicen no existen, pero con los cuales siempre terminas por dar. Hasta ahí llegó el gordo. Dos hombres sentados en una banca de la plaza admirando su recién concluido trabajo.

Algo susurró el gordo Quixtlihuac y Tomas Berterguer por primera vez escuchó su voz. Luego el gordo desapareció durante algunos minutos y el forastero se dedicó a admirar la fealdad de aquel pueblo, si es que algo se le podía admirar a eso tras tantos pueblos en los que había estado. Hasta él llegó uno de los mirones y lo trató de examinar cual si de un fantasma se tratara, si es que a los fantasmas se les puede examinar una vez que das con ellos. Luego soltó un alarido que asustó a Berterguer y salió corriendo hasta entrar en la iglesia. Pobladores que iban de allá para acá ajenos a los lazos de plástico. Un hombre que se le acercó para ofrecerle ropa interior de la mejor calidad. También un ebrio monaguillo que le exigió unas monedas a cambio de no darle pasaje directo para el infierno, y ante la negativa de Berterguer continuó su camino hasta que no pudo más, se dejó caer y quedó tendido en la banqueta ante la indiferencia de los que pasaban por encima de él.

Un radio. Era lo que traía el gordo entre las regordetas manos. Que él era el único con un radio de pilas todo el pueblo lo sabía. Volvió a sentarse al lado de Tomas Berterguer. Lo encendió e intentó sintonizar alguna estación. Luego subió el volumen. Hasta que Tomas Berterguer preguntó por la niña Andrea y repentinamente lo apagó. Tardó unos cuantos minutos en hablar. La festejada, dijo al principio, antes de volverse a herir con el silencio.