Destierro hacia el abismo

El laberinto es para Borges lo que el abismo es para Roberto Bolaño, quien debió sentir el abismo en la médula de sus huesos, al punto de la obsesión o tal vez de la posesión. Para él, otra palabra para “abismo” pudo ser “infierno”, “América Latina” o “poesía”

POR Jeffrey Yang

El laberinto es para Borges lo que el abismo es para Roberto Bolaño, quien debió sentir el abismo en la médula de sus huesos, al punto de la obsesión o tal vez de la posesión. Para él, otra palabra para “abismo” pudo ser “infierno”, “América Latina” o “poesía”

(Castaway Woman/ naesnest.me)

Yo solía tener una lista de libros en los que aparecía “el abismo” –el abismo físico-metafórico-metafísico-existencia sin fondo-de nuestra-más-oscura-pesadilla. El abismo bíblico de lo informe, de lo oscuro, del Apocalipsis y el infierno; el abismo ordinario en que se convierte nuestra “rutina diaria”, como la poeta mexicana Rosario Castellanos lo vio en los poemas de Silvina Ocampo; “el sentido saludable del abismo que bosteza para todo aquel que ha abrazado la profesión literaria”, como lo señaló el poeta canadiense John Glassco.

En septiembre de 1866, Emerson escribió en su diario: “Puede haber dos o tres o cuatro pasos, de acuerdo con el genio de cada quien, pero para cada alma observante hay dos hechos absorbentes: el yo y el abismo”. En el Rig Veda, la colección de himnos sánscritos escrita alrededor del siglo XII a.C., un refrán traducido por Wendy Doniger señala: “Cielo y tierra, guárdanos del monstruoso abismo”. En esta oración, cielo y tierra son deidades y son comprendidas ya sea como dos diosas hermanas o como padre y madre del sol, el cual en un verso diferente al sol se le denomina “el poeta del espacio”. La palabra sánscrita traducida como “abismo” Doniger anota que es abhvam, “un abismo oscuro, informe, enorme y aterrador, particularmente asociado con la noche y el inframundo, y por lo tanto, opuesto a la luz de los mundos, del cielo y la tierra”. Abhvam es también un nombre para la grieta que forma el estrecho de Sunda entre las islas de Java y Sumatra. En lo más profundo de los abismos del mar, el cefalópodo Vampyroteuthis infernalis mora en su medio ambiente, por lo Vilém Flusser escribe, traducido por Valentine A. Pakis, “El vampyroteuthis ha abandonado la protección de una concha y puede sostenerse en forma vertical gracias a la presión en el fondo del mar. El precio que los seres humanos han tenido que pagar es la protección otorgada por el suelo; su precio es el destierro hacia el abismo, ser presionado contra el piso más profundo de todos. Estamos alejados de la tierra y el cielo. Alienaciones análogas”.

Mi lista de abismos creció y creció, hasta que finalmente me cansé al darme de que el abismo estaba en todas partes (en el borde de la nada). He decidido dejar a memoria para activar y filtrar lo que recuerdo de mis abismos literarios, como el Viejo MacDonald en su granja, con un Baudelaire aquí y un Nietzsche allá; con un Ungaretti aquí y allá una Santa Teresa, y Kafka en todas partes…    Incluso perdí la lista (no deliberadamente), y aún ciertas entradas arden brillantemente en mi mente, como la escritura de Edmond Jabès a través de la traducción de Rosmarie Waldrop: “Sigues el libro, en el que cada página es un abismo donde la hoja brilla con el nombre”. Dichas líneas respiran aire y luz.

 

Roberto Bolaño (www.mundopoesia.com)

Recuerdo que una gran parte de mi lista perdida abarcaba una buena extensión de América Latina –el chileno Roberto Bolaño era particularmente abismal. Durante una docena de años trabajé como editor para la que era nuestra editorial, y leí cada uno de sus libros en cuanto llegaban a prensa, y muchas veces antes. Esa fue una de las razones por las que mi lista era prominente, y porque apareció un genio como el cubano esquizofrénico Guillermo Rosales, que desapareció en las casas de reinserción de Miami (y que puede ser una referencia cruzada con una lista muy larga de escritores que emigraron a Estados Unidos sólo para suicidarse, como el húngaro Sándor Márai, que se tiró de cabeza desde su apartamento cerca del zoológico de San Diego). En su novela The Rebels, Márai dice a través de George Szirtes: “¿Y si has escrito algo y luego se pierde, no tendrá ya nada que ver contigo, sólo queda la memoria, un dolor en el pasado, y si se te encuentra culpable por algo de lo cual tarde o temprano tendrás responsabilizarte?” Y sin embargo se puede decir que el laberinto es para Borges lo que el abismo es para Bolaño –una radiante profundidad que roza el cliché. Bolaño debió sentir el abismo en la médula de sus huesos, al punto de la obsesión o tal vez de la posesión. Para él, otra palabra para “abismo” pudo ser “infierno”, a veces “América Latina”, o “poesía” o “literatura”, o más bien “el abismo de la literatura”, o más específicamente, como lo escribe en Estrella distante, “los pozos negros sin fondo de la literatura”. En un momento de su novela, traducida por Chris Andrews y la que Bolaño describe todos los lugares como una “aproximación modesta del mal absoluto”, el narrador, arrestado por sus actividades contra Pinochet, observa desde un patio de la cárcel cómo el poeta fascista Carlos Wieder escribe en el cielo con la ayuda de un avión de combate Messerschmitt 109 las primeras líneas del Génesis en latín, “IN PRINCIPIO…     CREAVIT DEUS… cælum et terram… ET    TENEBRAE…     SUPER FACIEM ABYSSI…,” terminando con “ET DIVISIT…    LUCEM AC TENEBRAS… aprendan”. El abismo, Bolaño nos recuerda, ha existido desde el principio; está en cada comienzo –con vacuidad y el Espíritu moviéndose a través de las aguas de la tierra— antes de la luz, antes del amanecer.

Cielo y tierra, guárdanos del abismo monstruoso.

 

(www.joethorn.net)

Dos ensayos en Entre paréntesis de Bolaño, traducidos por Natasha Wimmer, tienen por título “Nuestro guía en el desfiladero” y “Un paseo por el abismo”: el primero trata de Huckleberry Finn, el segundo sobre la novela Mantra de Rodrigo Fresán, parte del cual está ordenada “como un diccionario de la Ciudad de México o un diccionario del abismo”. En su discurso de aceptación para el Premio Rómulo Gallegos en 1999 (Bolaño murió de insuficiencia hepática cuatro años más tarde), el escritor dijo: “¿Qué es la escritura de alta calidad? Lo mismo que siempre ha sido: la capacidad de mirar en la oscuridad, para saltar al vacío, para conocer que la literatura es básicamente una empresa peligrosa. La capacidad de correr en el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y en el otro las caras que amas, los rostros sonrientes que amas, y los libros y los amigos y la comida. Y la posibilidad de aceptar lo que encuentras, aunque puede ser más pesado que las piedras sobre las tumbas de todos los escritores muertos. La literatura, como un cantante andaluz de folk lo dijo, es peligro”. Las facetas y diseños de ese peligro, sus profundidades, locura y fines estéticos, es hacia donde los libros de Bolaño gravitan. Él es como un cirujano en busca de un corazón tibio en un cadáver que se pueda ser trasplantado al pecho abierto de un lector. Lo apocalíptico en sus libros es el Apocalipsis de nuestros tiempos (en el que estuvimos o en el que estamos construyendo), aunque paradójicamente, o no, es un Apocalipsis donde hay sobrevivientes. Lo que los salva no es una nave espacial o un refugio antiaéreo, sino un bote patético llamado literatura que flota en el mar de la existencia –ellos incluso emergen sonrientes del abismo, el abismo que se expande como una Estrella distante es una extensión del último capítulo de su La literatura nazi en América. “Después de todo”, escribe Bolaño, “la literatura ya no existe más, sólo el ejemplo de ella”. Y uno la escucha flotando en la grieta insondable del eco de una risa…

 

Tomado de: Poetry Foundation. Marzo 1, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.