El hombre que recolectaba semen de premios Nobel

Robert Graham fundó en 1980 un banco que pretendía recoger sólo el esperma de grandes científicos. En su libro, La fábrica de genios, David Plotz reconstruye la historia y reúne a los protagonistas. Una década después de su cierre, muchos bancos de semen recogen parte de su espíritu

POR Antonio Martínez Ron

Robert Graham fundó en 1980 un banco que pretendía recoger sólo el esperma de grandes científicos. En su libro, La fábrica de genios, David Plotz reconstruye la historia. Una década después de su cierre, muchos bancos de semen recogen parte de su espíritu

Robert K. Graham en su laboratorio (Eric Myer/ The Genius Factory)

Son las 12 de la mañana en el distrito de Century City cuando un coche se detiene en una intersección. Con disimulo un viandante abre una puerta lateral, arroja una bolsa de papel a su interior y se vuelve a perder entre la multitud. Estamos a principios de 1978 en la ciudad de Los Ángeles (E.U.) y la escena se torna un poco más sórdida cuando sabemos que el viandante es un eminente científico y que lo que acaba de arrojar en el interior del vehículo es un vaso con su semen.

El conductor del misterioso coche es Stephen Broder y recolecta muestras de esperma para su jefe, el empresario Robert K. Graham. Durante muchos años, Graham y su ayudante recorrieron universidades y centros de investigación de California tratando de convencer a premios Nobel e investigadores brillantes para unirse a su causa. Su objetivo: construir un banco de semen con el esperma de las mentes más preclaras del país y contribuir, según ellos, a mejorar la especie humana.

El denominado “Repository For Germinal Choice” (algo así como Depósito de Elección Germinal) abrió sus puertas el 29 de febrero de 1980 y permaneció activo durante 19 años, en los que facilitó el nacimiento de 215 niños. La historia de este banco ha sido documentada por el periodista David Plotz en su libro La fábrica de genios, en el que describe las peripecias de este empresario influido por las teorías eugenésicas.

 

Unas gafas para ver el mundo

Hermann Muller (www.columbia.edu)

Robert Klark Graham, nacido en 1906, fue un joven de buena familia que consiguió hacer una fortuna con el negocio de las gafas. Después de estudiar optometría, su gran aportación fue la creación de unas lentes de plástico irrompible y las primeras gafas con protección contra la radiación ultravioleta. A finales de los años 60, y después de toda una vida dedicada al negocio, empezó a fantasear con materializar algunas de las ideas que llevaba años gestando, influido por las teorías eugenésicas de principios de siglo.

En estos años Graham escribió el libro The Future of Man en el que lanzaba mensajes alarmistas como que la humanidad debía actuar o perecería por la reproducción de los menos hábiles. “Tres generaciones de imbéciles son suficientes”, había dicho el juez Oliver Wendell Holmes en 1927, resumiendo el espíritu de los defensores de la eugenesia. La solución, se le ocurrió entonces a Graham, pasaba por los bancos de semen. “Imagine lo que significaría para el progreso científico si Lord Rutherford o Louis Pasteur hubieran tenido otros 20 hijos”, escribía. “Consideren los beneficios para la sociedad si esta técnica hubiera estado disponible para engendrar más hijos de Thomas Edison”.

En 1963 se cruzó en su camino el biólogo Hermann Muller, galardonado con premio Nobel  por su descubrimiento de que los rayos X provocaban mutaciones en las moscas. Alertado por los peligros de la radiación, Muller creía que la humanidad debía preservar el ADN de sus mejores hombres congelando su semen en tanques de metal que pudieran servir para alumbrar futuras generaciones. Después de varias reuniones, ambos decidieron crear la Fundación para el Avance del Hombre y acordaron crear un banco de esperma de individuos sobresalientes, e incluso sugirieron que Julian Huxley o James Watson (descubridor del ADN) fueran los primeros donantes.

 

Como un coleccionista de cromos

David Plotz (www.c-spanvideo.org)

La muerte de Muller en 1967 retrasó los planes de Graham, que necesitó otra década para reunir el dinero y los medios para retomar su idea. Fichó entonces a Stephen Broder como ayudante de laboratorio y comenzó a guardar muestras de semen en un cobertizo en su rancho de Escondido (Pasadena). “Graham tenía 70 años”, escribe Plotz, “y se tomó la recogida de esperma como un niño que colecciona cromos de beisbol”. En aquella época empezó a escribir cartas a todos los premios Nobel que encontró en California y trataba de adularles con el argumento de que sus genes eran preciosos y no debían perderse. ¿Podrían hacer una buena acción por la humanidad?, les preguntaba. ¿Compartirían su gloriosa herencia genética con  desesperadas parejas infértiles?

Cuando los científicos se negaban amablemente por carta, Graham era capaz de acosarles por teléfono o en persona. “Incluso con los premios Nobel”, explica Plotz, “a Graham no parecía afectarle el desconcertante hecho de pedir a un hombre que se masturbara en un vaso para él”. Alguno de los donantes recuerda años después al ayudante pidiéndole que aportara una muestra de su semen en los baños de la universidad; en otras ocasiones alquilaban una habitación de un motel para que sus candidatos pudieran aportar su legado genético.

El botánico Jim Bidlack recordaría años más tarde cómo Graham le pidió una muestra después de una cena. “Estábamos llegando al final de la velada”, asegura, “y mientras conversábamos me dijo: ¿estaría dispuesto a entregarnos una muestra? ¿Piensa que puede hacerlo?” Y el botánico lo hizo. Entre los pasajes más sórdidos de aquellos años está el episodio en que Graham y Broder trataron de viajar en un avión con un bote con nitrógeno líquido lleno de muestras y el piloto les pidió que abandonaran la aeronave. Desde entonces realizaron los viajes largos en autobús o en aviones de carga, para evitar también los rayos X de los aeropuertos que podían alterar el ADN.

 

A bajar el listón

Portada de la época sobre los niños del repositorio (The Genius Factory)

A pesar de las dificultades, y gracias a su insistencia, en 1980 habían recogido el semen de tres premios Nobel, incluido el del polémico William Shockley, descubridor del transistor,  conocido por sus declaraciones racistas y por elogiar “algunas cosas buenas de Hitler”. Esto les dio una  pésima imagen en los medios y espantó al resto de donantes laureados, así que Graham se encontró en pocos meses con un banco de semen de premios Nobel sin premios Nobel, lo que le forzó a cambiar de estrategia y bajar el listón. Esta vez, a mediados de los 80, se centraron en buscar a deportistas, músicos o científicos con un currículo destacable en distintos campos que, como desvela Plotz en el libro, nadie se molestaba en comprobar.

El catálogo de donantes del banco de genios parece extraído de la película Reservoir Dogs. En las anotaciones constaban las donaciones del “Donante Fucsia” (que no tenía un Nobel pero sí un oro olímpico), el “Donante Verde” (profesor con un CI de 200 y extraordinarios poderes de concentración), el “Donante Turquesa” (líder de un gran laboratorio de investigación y músico profesional) o el “Donante Blanco” (científico implicado en investigación sofisticada y con muchas publicaciones técnicas).

En las 288 páginas de su libro, Plotz describe para la revista Slate el extraño caos en el que se conservaron las muestras y su investigación durante casi una década. Sus pesquisas –con la ayuda de los lectores de la web— le llevaron a localizar a algunas de las madres, a hijos nacidos de aquel experimento y a algunos de los misteriosos donantes. En los primeros tiempos las clientes se inseminaban por su cuenta, con la ayuda de sus maridos o solas con un espejo y una linterna. La mayoría de las mujeres decidían acudir a este sistema porque era una manera de garantizarse que el donante fuera un sujeto sano. “Cuando estás cultivando frutas y verduras no escoges los malos e intentas que crezcan”, relata una de las receptoras de semen llamada Lorraine.”Escoges a los mejores. Lo mismo con los niños”. En concreto, esta neuróloga tuvo tres hijos del donante Fucsia a través del banco porque estaba harta de ver las consecuencias de una mala salud cada día en su trabajo.

 

Portada del libro de David Plotz (The Genius Factory)

En 1982 nació Doron Blake, el que sería el hijo más famoso del banco de genios, un muchacho que se hizo popular en pocos años y ocuparía la portada de muchas revistas. Hijo del “Donante Rojo”, Doron manejaba el ordenador a los dos años, a los cinco jugaba al ajedrez y en la guardería estaba leyendo La Ilíada y aprendiendo álgebra. Hasta el New York Times le dedicó un editorial en su primer cumpleaños. Hoy en día cobra grandes sumas de dinero por una entrevista.

A mediados de los años 80 el banco estaba produciendo alrededor de una docena de niños al año y más de un millar mujeres habían requerido sus servicios. Pero su popularidad cayó hasta entrar en los años 90, cuando a duras penas tenían dinero para mantenerlo. El 13 de febrero de en 1997, Robert Graham murió ahogado después de golpearse con la bañera en un hotel y el repositorio de semen de premios Nobel apenas le sobrevivió unos meses.  ¿Había conseguido su objetivo de crear una generación de pequeños genios?

Durante sus pesquisas, el periodista David Plotz conoció a una treintena de los hijos de aquel extraño experimento, la mayoría de los cuales eran niños completamente normales. En alguno de los casos habían desarrollado una enfermedad hereditaria y uno de ellos era autista, pero en su desarrollo había tenido más influencia el entorno que los genes de sus padres. El legado de Graham, por otro lado, no se perdió para siempre, pues su sistema de elección caló en la sociedad norteamericana y está vigente en los bancos de semen, donde se ofrecen amplios catálogos que detallan las características del donante y ofrecen la posibilidad de escuchar su voz o ver los apuntes que tomó el entrevistador por unos pocos dólares.

“Lo más importante –y seguramente lo mejor— es que el banco de esperma de genios de Robert Graham cambió la idea de los estadounidenses sobre hacer bebés”, relata el autor de La fábrica de genios. “Una vez que el cliente, y no el médico, empezó a elegir al donante, los bancos se vieron obligados a elevar sus estándares y a proveer los hombres más deseables con los mayores requerimientos de salud”. De alguna manera, concluye Plotz, “todos los bancos de semen se han convertido en bancos eugenésicos”.

 

Tomado de: lainformacion.com. Abril 9, 2013.