POR Severino Ortega Menchaca

 “Me dio por defenderla de los que la llamaban piojosa y el hecho me costó más de una golpiza… y burlas interminables cuando me vieron llegar al partido de futbol rapado”

(elblogdelvimodo.blogspot.com)

Era demasiado joven como para perpetrar cualquier locura y también lo era como para preocuparme por las consecuencias de mis acciones, espíritu libre si se quiere, luego sometido por infortunios y vicios. Vamos a ver: su nombre era Guadalupe y vivía junto con su madre en uno de los cuartos de servicio de los modestos departamentos donde pasé buena parte de mi infancia entre vendedores de marihuana con facha de protagonistas de cualquier película ambientada en los 70 acechando tras de un negruzco portón, peleas callejeras con corretizas por esquinas y futbol de coladera a coladera, eso hasta que nos robamos un bote de pintura amarilla de los entonces servidores del departamento del DF y pintamos una portería en la pared grisácea de una fábrica, de donde no tardó en corrernos el que decía ser el dueño, argumentando que la banqueta también le pertenecía al terreno, y que por lo tanto él decidía si se jugaba o no futbol tomando la pared de su fábrica, motivo por el cual, en venganza, rayamos no sólo las puertas de su bien equipado Mustang, además ponchamos las anchas llantas, hasta que nos enteramos que no se trataba del dueño sino de su hijo, el cual ya se sentía en posesión de una empresa que seguramente heredó, vaya mierda.

Guadalupe era delgada, de cabello sucio, mirada opaca y senos y culo igual de pequeños. También era descuidada en lo que a higiene se refiere; sucia iba de allá para acá corriendo por las escaleras del edificio, en ocasiones descalza, los dedos de los pies ya con cicatrices de mugre, rascando una y otra vez su abultada cabellera, por lo que pronto no faltó el cabrón que le pusiera de apodo La Piojosa, haciendo mandados a los demás, porque no faltaba la señora ama de casa que se le había olvidado la lechuga, las tortillas, los chiles para la salsa, bastaba con abrir la ventana de la cocina, gritar “¡Lupe!” a pulmón batiente y ella bajaba de la azotea, de los tinacos, donde solía divertirse brincando de uno a otro, o bien de entre los tanques de gas –vaya uno a saber qué imaginaba al pasearse por ahí—, hasta llegar a la puerta, recibir el dinero y correr rumbo al mercado, la tortillería o la tienda, regresar con el encargo y ganarse unas cuantas monedas, las cuales solía juntar en un bote de aluminio que escondía bajo uno de los tinacos con las jodidas esperanzas de juntar para unos tenis, una playera con la imagen de una jovencísima Yuri, o para una buena comida en el único local de mariscos dentro del mercado. Y fue ahí donde di con ella, yo iba con mi madre, acababa de comprar el mandado, me dijo espérame porque había olvidado comprar el alpiste para dar de comer a cuatro famélicos canarios que mantenía dentro de una amarillenta jaula; me senté en una de las sillas de las seis mesas que tenía el local de mariscos, me pedí un pescadito, a sabiendas de que mi madre pagaría al volver, y en eso Lupe se sentó a mi lado, dijo hola y siguió masticando una empanada de camarón que ya llevaba en unas manos donde la mugre se hacía acuosa con la grasa de la mayonesa. No le presté atención, en ese entonces yo me sentía un niño bien de buena familia, posición no tan jodida, pero sí al menos con más privilegios que tantos muertos de hambre con los cuales me tocaba jugar futbol, y a los que, además, siempre terminaba por meter fabulosos goles antes de que sus ebrios padres los metieran a punta de latigazos a casa utilizando el cable de la plancha; sí, llamó mi atención que se rascara con tanta insistencia la cabeza y que luego llevara la mano a la empanada. Llegó mi madre, pagó mi pescadito y le pidió a Lupe que se diera una vuelta por el departamento al día siguiente para ayudarla con la limpieza; sólo movió los ojos y con eso dijo que sí, continuó masticando la mitad de un camarón que había saltado por las paredes de la empanada y me alejé de ahí en cuanto mi madre me dijo que ya era tarde, que aún faltaba mucho por hacer antes de tener lista la comida, pues a la misma hora de siempre llegaba mi padre del trabajo, comíamos en familia, dormía un poco y luego se salía a cubrir el turno de la tarde.

 

(www.asociacionportimujer.org)

Como cada vez que había firma de boletas en la secundaria de mi hermano, mi madre esa mañana lo había olvidado, hasta que él lo dijo en pleno desayuno, frente a un plato atascado de cereal, un vaso enorme de chocomilk y la televisión encendida en el noticiero que para ese entonces tenía un cabrón de la talla de Guillermo Ochoa en Televisa, luego lo obligaron a renunciar porque entrevistó a un mafioso Joaquín Hernández Galicia, La Quina, a quien de antemano Televisa le había prohibido entrevistar, lo cual hace suponer que se trató de una trampa bien hecha para mandarlo a la mierda, y años más tarde uno lo puede comprobar, pues ahora es más conocido el Ochoa de la selección mexicana, vaya mierda, y abriendo la boca para meter la cuchara con un huevo revuelto con tocino, mi madre dijo que no había problema, que se iba a apurar y que estaría puntual en el salón de clases, no sin antes preguntar a mi hermano cómo había salido en las materias, y él dijo que bien, pues era un mentiroso bien entrenado.

Antes de salir mi madre me pidió decirle a Lupe lo que tenía que hacer: lavar el baño, barrer, pasar el trapeador sobre todo debajo de las camas y listo, en la mesa, al lado de un horrible florero de barro, había dejado el dinero listo para su paga. Ella llegó puntual, tocó a la puerta, le abrí, di las instrucciones y luego me tiré al sillón, donde minutos antes ya disfrutaba de la lectura de mi último Kaliman. En eso me llamó desde la recámara de mis padres y al llegar me pidió ayuda para mover la cama. Entre los dos la jalamos de una de las orillas y en un momento dado quedamos frente a frente. Lupe entonces me jaló hacia ella y pegó su sexo contra el mío, sorprendido y nervioso me retiré, no sin experimentar cierto asco al percibir el olor penetrante de su cabellera sucia, pero también con una erección que tuve que disimular en el sillón colocando las páginas centrales del Kaliman sobre mi verga.

Fue en el baño. Otra vez me dijo que si la podía ayudar. Fastidiado, aventé el Kaliman y fui, tan sólo para descubrir que había mentido.

—¿Sabes lo que es coger?

¿Lo sabía? Uno a esa edad cree saber todo y luego descubres que sabes una mierda. Dije que sí, seguro de mí mismo, y entonces pensé que aparte de piojosa era pendeja por hacer preguntas tan tontas.

—¿Quieres coger conmigo?

No, no lo sabía. Acepté que no sabía lo que era coger. Y por lo tanto no podía aceptar hacer algo que desconocía. Se acercó y bajó el cierre de mi pantalón; luego tomó mi erecta verga entre sus sucias manos y comenzó a sacudirla de una manera hasta entonces también desconocida para mí. Al principio me asusté demasiado, luego disfruté, y mucho; me tomó de la mano y la llevó hasta su sexo, ya para entonces se había bajado pantalón y calzones hasta la rodilla… y ahí estuvimos durante un buen rato, y también besé por primera vez sus labios, y una vez que lo hice le perdí el asco, hasta que ella me dijo que era suficiente, me dio la espalda y siguió limpiando la taza del baño. ¿Cómo? ¿Era lo único que íbamos a hacer? La historia se repetía: supliqué, rogué y nada, es todo, insistió. ¿Entonces por qué me preguntaste que si sabía lo que era coger? Mera curiosidad, contestó. Maldición… maldición.

Luego nuestros encuentros se dieron entre los tanques de gas, los tinacos y el cuarto de servicio donde vivía con una madre loca en toda la extensión de la palabra, pues estaba enferma de sus facultades mentales.

Me dio por defenderla de los que la llamaban piojosa y el hecho me costó más de una golpiza… y burlas interminables cuando me vieron llegar al partido de futbol rapado.