Feminoteca 4: Tania y cómo me hice amante

Su nombre era Tania, y como tonta película escrita por guionistas más ebrios que coherentes de estructuras narrativas, nos conocimos siendo niños, en una vetusta primaria ubicada en la colonia Portales, para ser más exactos en tercer grado, el cual repetí tras haber reprobado en otra primaria

POR Severino Ortega Menchaca

Su nombre era Tania, y como tonta película escrita por guionistas más ebrios que coherentes de estructuras narrativas, nos conocimos siendo niños, en una vetusta primaria ubicada en la colonia Portales, para ser más exactos en tercer grado, el cual repetí tras haber reprobado en otra primaria

(www.directorsnotes.com)

Hay ocasiones en las que sencillamente pierdes la cabeza. Vamos a ver como sucede ahora que escasea el whisky barato y que las tardes tienen el sabor amargo de lo que puede suceder y sólo queda en intento, en un estúpido momento te das cuenta de ello, alcanzas a comprender, si es que aún comprendes algo, lo bien cogido que te tiene del pescuezo la mujer, lo maltrecho que en ese momento tiene a tu saco de enflaquecidas emociones, acaso un poco de conciencia y nada, no haces nada, te sometes, ahora la que considerabas tu frágil voluntad es la de ella, y te podrá dar mil órdenes, tratar como al peor de los malditos esclavos frente al cerdo del jefe, cuantas veces así se le antoje, que por eso son peligrosos los antojos femeninos: siempre se cumplen, hasta que, alegre y apasionada como es, decida tomar tu destino en sus manos, arrugarlo como papel higiénico tras sonarse y aventarlo al bote de basura más cercano; eso si bien te va, porque en otros casos lo avienta al excusado, donde habrás de morir románticamente hundido en un mar de lágrimas y tristezas, hasta que alguien se fastidie de que seas la víctima y entonces baje la palanca, todo se va al carajo, nos largamos con una memoria un poco más amplia, tal y como debería ser la memoria de miles de computadoras burocráticas para que no pongan como pretexto a la hora de realizar cualquier trámite que no hay sistema, he dicho, qué diablos.

 

(spokojnysen.deviantart.com)

Su nombre era Tania, y como tonta película escrita por guionistas más ebrios que coherentes de estructuras narrativas, nos conocimos siendo niños, en una vetusta primaria ubicada en la colonia Portales, para ser más exactos en tercer grado, el cual repetí tras haber reprobado en otra primaria, presa de una obesa profesora que tenía por costumbre pedagógica volarte la cabeza con el pizarrón por los aires desde un maltrecho escritorio; ahí, supongo que a la media hora del recreo, di con Tania y me flechó, si es que tal cosa tan estúpida sucede; morena, de cabello negro y lacio, lacio, un rostro que ahora recuerdo si bien no tan armonioso en sus proporciones sí al menos equilibrado, y ojos tan negros que uno podía bien sumergirse y mandar el mundo a la mierda, aunque para esa edad es lo que menos se te ocurre. Tímido me acerqué a ella y procuré poner mi mejor ortografía en malas y cursis cartas, cuyas hojas de cuaderno profesional doblaba en varias partes y ponía en sus manos para luego ver, oculto tras del zaguán de la entrada, cómo las presumía con sus amigas tan sólo para arrancarles carcajadas cuando repetían las frases que había escrito con tantos esfuerzos, en ocasiones incluso copiando versos de Octavio Paz, teatrales imitaciones y burlas acerca de lo mal escritor de cartas de amor que soy desde tercer año de primaria. Sucedió lo que sucede cuando uno se enamora a esa edad, nada, calenturas primerizas con deseos mal elaborados, anhelos adolescentes mal sazonados, expectativas, suspiros torcidos, tonterías de regalitos y ositos de peluche incluidos, un instalarse en un tiempo y una edad que para entonces consideras eterno y que luego vuelve hambriento para tragarte como primer bocado. Tras los restantes tres años siguientes Tania tuvo varios novios, pero en ninguno de ellos me vi; me acostumbré, eso sí, imbécilmente, a admirarla como se admiran de lejos las obras de arte, y gozaba cuando en ocasiones me pedía cargar su mochila para acompañarla de vuelta a casa, a tan sólo unas cuantas calles de la primaria, lo cual no aminoraba el maldito peso de cargar con dos mochilas. Así me despedí de ella tras finalizar un horroroso festival de sexto año, con diplomas de cartón y medallas de chocolate, una última y hambrienta mirada en medio del patio, bajo un sol infernal y ella al lado del asta bandera con un colorido y ridículo traje típico de algún estado del país, con el cual había danzado, minutos antes, una lamentable coreografía que hasta el día de hoy me provoca dolores de cabeza. Aquí sucede lo que en las películas idiotas que al carecer de guionistas eficaces recurren a lo que Aristóteles calificaría de deus ex machina cuando la pantalla se queda en negro, nosotros como idiotas, y repentinamente aparece un letrero, en el mejor de los casos sin faltas de ortografía, que dice: “Años más tarde”… yo ya estaba en la facultad de Filosofía y Letras, bebía mezcal de garrafas de diez pesos y fumaba mis primeros porros, leía toda la basura de una caduca narrativa mexicana y de pronto, ¡zaz!, al salir del metro CU di con Tania, de frente, al lado de un puesto de papas fritas, y nos hicimos las mismas preguntas que se hacen dos idiotas cuando reconocen cómo los han maltratado los años, ahora tenía un hijo y estaba soltera, remarcó la palabra mientras masticaba lo que parecía un chicle de menta, trabajaba como asistente en un centro del cual no recuerdo ahora el nombre y, lo mejor, parecía aún enamorada de mí, o eso fue lo que pensé cuando le pedí su número celular con la promesa, tras despedirnos y compartir una bolsa de papas fritas, para lo cual se sacó el chicle y lo envolvió con una servilleta manchada de bilé, que nos veríamos pronto, que me tenía que dar una cita, un café, una cerveza, cualquier pretexto que sirviera para encontrarnos de nuevo, y sucedió días más tarde, ya para entonces había puesto yo mi cabeza y mis pensamientos en sus manos, esperanzado en una historia de amor de las más imbéciles, esas de separaciones y reencuentros, y le hablé de mis cartas que ella tiraba a la basura, y me dijo que en realidad le gustaban, y nos vimos en otras ocasiones hasta que cierta noche compartimos la habitación de un hotel de paso ubicado en la carretera que va rumbo a Cuernavaca, se cumplió mi sueño, estábamos a oscuras, con algunas Viña Real de por medio, ella tomó mis manos y las puso en sus caderas y entonces acepté que ahí mismo iba a morir, que sufriría el peor de los tormentos, y gustoso lo acepté; luego compartimos más hoteles de paso baratos, pues es lo que alcanzas a pagar cuando eres estudiante, cucarachas de por medio, nuestras espías, hasta que cierto día, como sucede en los cuentos cuyos escritores carecen de imaginación, regresó con el papá de su hijo y me suplicó que la olvidara, que lo nuestro jamás iba a poder ser, que estábamos separados por una fuerza superior al destino griego, y acepté mi sentencia, anduve triste, desesperado, hasta que recibí una llamada en el celular, nos vimos, otra vez hotel barato, Viña Real y cucarachas de por medio, una manera increíble de hacer el amor, y me convertí en el amante necesario para ella, hasta que nuevamente me dijo que lo nuestro no podía ser, que no podía soportar la carga de ser una mujer infiel, y entonces sí perdí la cabeza, me arrastré, supliqué que se quedara conmigo, que me haría cargo de ella y de su hijo de diez años, sin saber bien a bien que me estaba colocando una soga al cuello, y cuando un hombre pierde la razón, que lo hace cientos y cientos de miles de veces, la mujer es la que mantiene el control, desapareció, no supe más de ella, adiós a los hoteles baratos, hasta que luego de tres meses me volvió a llamar, y hasta el día de hoy nos seguimos viendo, mientras con lo que da el esposo de gasto alcanzamos a pagar un hotel de mejores condiciones.