Quién terminará leyendo a Murakami

El autor japonés demuestra ser el padre postizo del club de los simbolistas del siglo XXI, y considera la autenticidad de sus protagonistas con las únicas “verdades” que se resumen en realidades, signos y parábolas

POR Gabriel Ríos

 El autor japonés demuestra ser el padre postizo del club de los simbolistas del siglo XXI, y considera la autenticidad de sus protagonistas con las únicas “verdades”  que se resumen en realidades, signos y parábolas

(culturacolectiva.com)

Espejos en la obra de Haruki Murakami.

O es lo que nos va quedando en la memoria, identificación o retrospectiva.

Sus personajes contemplan el asesinato del alma que les hace sentir desprecio, salvación o culpa por alguien o algo que por momentos olvidan.

El autor de After Dark apremia el movimiento de los “ambulantes”.

Por ejemplo, una joven ante la insistencia de su novio de casarse, se desvincula por completo de quien fue su eterno acompañante en la escuela, porque tiene miedo de involucrarse emocionalmente, y para salir del paso, dice que lo haría sólo si se comprometiera con un hombre mayor.

Es un juego de poder, medio iluminado con insuficientes pruebas de fuerza.

Murakami demuestra ser el padre postizo del club de los simbolistas del siglo XXI, y considera la autenticidad de sus protagonistas con las únicas “verdades”  que se resumen en realidades, signos y parábolas.

El mundo, se lee en alguna parte de su obra, pues durante miles de años, ha producido públicos que se ríen de sus “reyes”.

Más allá de la escritura, Murakami se encierra en una burbuja y se hace acompañar de fanáticos de su obra para hablarles con cierta sensualidad.

Su propuesta de fabricar novelas en serie es un sistema de persecución: algo huele al libro Edipo de Friedrich Nietzsche o a la mind-cure actual.

El éxito de Murakami es hacernos creer que Dios nos ama y que las figuras de Nietzsche, Dostoievski, Carver, vuelven a ser mucho más extraordinarias.

En los relatos o novelas de Murakami existe una gran conspiración con respecto a sus narradores.

Los sueños y el surrealismo concebidos como una ciencia, para Murakami podrían ser los proyectos artísticos más delirantes y logrados del siglo XX.

Los motores de la narrativa de quien se acuerda de la madera noruega (“Norwegian Wood”, canción beatle) se atascan y pretende revivir a los viejísimos beatniks, en el libro traducido como Tokio Blues.

Utiliza el humor a secas para pretender hacernos releer un párrafo escrito por Graham Greene para la realización de la película El tercer hombre.

El o los  libros de cuentos de Murakami no dejan de tener calidad. Sus criaturas alcanzan esa edad donde comienzan a ser blancos o negros.

Son las “espinillas” del mal de Peter Pan o el don aterrador de la eterna juventud: fundirse en la música del jazz “para contrarrestar a la sociedad”.

Podrían ser algo más que la fascinación disociada de la llamada felicidad de los años 20, época en la que renacieron los grandes magnates, quienes cultivaron el hábito “lucrativo” de la especulación financiera.

No hay que olvidar que nuestro autor nació en un país donde la monarquía constitucional es tan intolerable como su edad; en el que existe un promedio alto de personas con grado máximo de secundaria

No podemos hablar de lectores en Japón. Sin embargo, en sus relatos reunidos en el volumen Sauce ciego, mujer dormida aparecen algunas personas comunes que leen La casa desolada de Charles Dickens.

Coincidencias que a más de uno nos suceden a diario han quedado impresas en la obra de Haruki Murakami, y es cuando uno se pregunta qué tan larga y fantasmal es la vida en una investigación de un hombre, que después de llevar a su madre al médico desaparece, de un piso a otro por un tiempo largo, y cuando por fin lo encuentra su mujer no sabe explicar por qué se encuentra descansando en una banca de una ciudad lejana.

El entramado de Sauce ciego, mujer dormida es el tiempo-espacio, desde donde vigila el autor japonés el espectáculo que al contacto con los “otros”, según él, transmite el supuesto origen de la locura.

Si es que tradujo la obra de Dostoievski debería acordarse del epígrafe de Los hermanos Karamazov, sacado del Evangelio de San Juan, que dice en su primera parte “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo: pero si muere, da mucho fruto”.

¿Quién terminará leyendo el exitoso Haruki Murakami?