Seudónimo Quincey 29

Al silencio del desierto apenas resquebrajado por el aleteo y el graznido de los buitres negros que parecen ensombrecer tus pasos en lo alto de un cielo azul se suma el silencio que se traza fiel ante la ausencia de respuestas

POR Óscar Garduño Nájera

 Al silencio del desierto apenas resquebrajado por el aleteo y el graznido de los buitres negros que parecen ensombrecer tus pasos en lo alto de un cielo azul se suma el silencio que se traza fiel ante la ausencia de respuestas

 (www.efeverde.com)

—Usted deber saber mi nombre.

Al silencio del desierto apenas resquebrajado por el aleteo y el graznido de los buitres negros que parecen ensombrecer tus pasos en lo alto de un cielo azul se suma el silencio que se traza fiel ante la ausencia de respuestas. Porque cuando no las tienes de nada sirve mentir. Puedes llevar a cabo el ejercicio, pero tarde que temprano desmontan la escenografía y te quedas ahí, asustado frente a la mujer que se aparece quién sabe de dónde, descalza, mapas de cicatrices en pies y tobillos, con el rostro recortado por el cansancio, mirada de vista incluso más cansada que te ignora, no así las palabras, las cuales alcanza a pronunciar tal vez como sinónimo de un auxilio, y entre el susto comprender lo horroroso que debe ser quedarse sin nombre.

—¿Quién es usted?

Quieres correr en ese momento, qué te vas a quedar a esperar a que responda, tal vez regresar al pueblo, frente a un monaguillo seguramente ebrio en esos momentos, confesar, como si de un ejercicio religioso se tratara, que no habías podido enfrentarte a la espina dorsal del desierto, que el miedo trepó por tus tobillos, llegó hasta tu cuello, te robó el aliento apenas pasó la primera noche, y si a eso le sumas que una fantasmagórica mujer se te aparece, qué chinga, mírala bien, Jacinto, y no cierres los ojos ni le des la espalda, porque intuyes que aunque lo hagas, aunque niegues su presencia, ella habrá de permanecer durante mucho tiempo en tu memoria, y quién sabe lo que haga de ella, porque, total, también te has encontrado con más recuerdos ahora que llevas buena parte del desierto, pero mírala bien, no olvides lo que pregunta, no la olvides a ella, y repítete esto como si fuese la oración que debes decir después de confesarte, qué chinga, con el miedo que tienes al desierto.

—¿Cómo me llamo?

Todo sucede tan rápido. Calculas unos cuantos segundos. Aunque la verdad el tiempo en el desierto parece funcionar con distintos mecanismos. Y eso lo comprendiste desde que un pie tuyo se puso sobre su frente cuarteada. ¿Cómo se llama? Tú qué vas a saber de nombres si eres apenas un pinche chamaco que anda en busca de respuestas. Tú qué vas a saber cómo se llama la mujer si la acabas de conocer, conocer; es una palabra que intentas repetir porque sabes que no es cierto, no es posible conocer a mujeres así, y eso aunque queden por mucho tiempo en tu memoria. ¿Por qué no te vas, Jacinto? ¿Por qué no la dejas ahí de pie, cual rama seca clavada en la tierra y continúas tu viaje, si es que tienes uno? Es como si esa mujer te mantuviera a la fuerza frente a ella. Eso es mentira y lo sabes. Intenta caminar y arrastra sus pies descalzos la mujer. Quién sabe desde dónde viene caminando, lo cierto es que alcanzas a ver la sangre seca en ellos, cuarteaduras que se abren entre los dedos, sobre las uñas tapizadas de mugre y tierra. Tal vez dos pasos, quizás tres.

 

(www.pasaporteblog.com)

—Tú no sabes nada.

Eso dice ahora. Estás de acuerdo con ella. Pues por eso vas en busca de respuestas. Porque tú no sabes nada. Y la mujer continúa su camino, se pierde en un grisáceo horizonte donde la tarde parece recostar sus últimas tonalidades. Qué chinga, Jacinto, y sí te lo piensas para regresar, porque a fin de cuentas es lo más sencillo. Vuelves a mirar el camino de la mujer. Parece que a lo lejos continúa repitiendo sus preguntas, estas acaso son un murmullo que a la vez se hace el último sonido que alcanzas a distinguir del desierto. ¿Quién es ella? ¿Cuál es su nombre? Deja eso, Jacinto, ¿quién eres tú y hacia dónde te diriges? No tienes idea, sabes que debes caminar y caminar, sumergirte otra vez en la noche cerrada, dominar tus miedos ante los sonidos que procura el desierto y olvidarte de esa mujer, que no se te vuelva a aparecer, pero entonces, Jacinto, ¿es real o no lo es? ¿Se te apareció o la encontraste? Hacia dónde se dirige, entonces sueltas la mochila y corres con todas tus fuerzas, pasas por encima de algunas piedritas, cicatrices y líneas del desierto, llegas hasta ella, pierdes el miedo, pones una de tus manos en un huesudo hombro y es la única manera que tienes para pedirle que se detenga, que escuche lo que tienes que decirle, si es que acaso tienes algo que decirle, Jacinto, y la mujer se detiene, pero no voltea, permanece inmóvil, repite tantas y tantas preguntas en una voz tan baja, sí, de murmullo, que apenas si alcanzas a comprender algunas de ellas.

—La mujer de los buitres.

Quién sabe por qué lo dices, lo haces y ya, y ella se queda igual de inmóvil, sentiste la necesidad de hacerlo y echaste a correr, repasas la historia, la mujer de los buitres, alzas la vista, siguen allá, arriba, incansables, como burlándose con cada graznido de lo que acabas de decir, regresas Jacinto, das la vuelta, la mujer de los buitres, dices también en voz baja, y esa voz, la tuya, Jacinto, parece hacerse una sola junto con la de la mujer, quien ahora sí se pierde por completo, te deja ahí, sintiéndote un poco abandonado.