Seudónimo Quincey 30

Te das cuenta que la vida avanza cuando notas cómo pierdes el brillo en la mirada. Con los imbéciles de mis alumnos no sucede lo mismo; te fijas bien en sus miradas y te atreves a pensar que la luz siempre estará ahí, estacionada de manera permanente en esos reflejos

POR Óscar Garduño Nájera

Te das cuenta que la vida avanza cuando notas cómo pierdes el brillo en la mirada. Con los imbéciles de mis alumnos no sucede lo mismo; te fijas bien en sus miradas y te atreves a pensar que la luz siempre estará ahí, estacionada de manera permanente en esos reflejos

(www.mirror.co.uk)

Hace tanto que dejé de pensar en ella, en Sophie. Ahora compruebo que con el paso del tiempo la vida termina por arrancarte algo y así te deja menos completo de lo que acabas por ser antes de irte a la mierda. Hace un momento me miré fijamente en el espejo del baño. Necesitaba saber las condiciones en que se encontraba mi rostro. El pómulo derecho ligeramente inflamado; del lado izquierdo del labio inferior tengo lo que parece ser una cortada con la sangre seca. El superior también está hinchado y rojizo. Me duele la boca si muestro los dientes. Cualquier imbécil es capaz de sonreír frente al espejo de un baño. Yo soy ese imbécil. Al menos cientos de hombres lo hacen de manera mecánica. Es algo inherente en cuanto ponen las manos bajo el chorro de agua de las llaves. Unos lo hacen de manera más ridícula que otros. Algo ocurre ahí. No es lo mismo cuando estás frente al espejo. También te das cuenta que la vida avanza cuando notas cómo pierdes el brillo en la mirada. Con los imbéciles de mis alumnos no sucede lo mismo; por el contrario, te fijas bien en sus miradas y te atreves a pensar que la luz siempre estará ahí, estacionada de manera permanente en esos reflejos. En más de una ocasión he sentido envidia de ellos. Tan idiotas que son. Tan despreocupados. Muchos de ellos van por ahí y creen tener la vida resuelta. Total, a la edad que tienen cualquier tontería vale para divertirse. Tal vez son ellos los que menos se ven en los espejos. O no lo hacen detenidamente.

Hace poco, durante una de las tantas aburridas juntas del consejo técnico del colegio, le escuché decir a uno de los profesores más viejos que él con sus 80 años bien cargados en la espalda se sentía todo un jovencito. Estuve a punto de soltar una carcajada. De burlarme de su rostro lleno de arrugas. Es lo que debe hacerse con hombres así. Quieren pasar por chistosos. Pues entonces ríete de ellos. Que se enteren de una buena vez que lo único que conseguirán hacer bien en su puta vida es causar la gracia de los demás. Entretener. Entonces dijo algo que me dejó en silencio. No sólo a mí. Los cuatro o cinco profesores que en ese momento parecían apurarlo para proseguir con una de tantas y tan estúpidas discusiones también guardaron silencio, se miraron entre sí, contrariados, vas por la vida y no esperas que un pobre viejo diga tales cosas, y cuando las dice corres con tan mala suerte que eres tú el que está enfrente, el que se las tiene que tragar. Hasta que me miro en el espejo. Lo dijo con una báscula en las manos y calculando el peso de cada palabra. Extravió su mirada en una de las tres ventanas que dan al patio. Allá afuera uno que otro gorilita sin otra cosa que hacer más que perder el tiempo, hasta que se encuentra con un semejante, ocupan la banca más cercana y se dedican a hablar cuantas tonterías les sea posible. Luego crecen, la vida les ofrece una mierda, cierran los ojos, y cuando los abren ya se convirtieron en el mismo viejo que dice sentirse como un jovencito hasta que se ve en un espejo. No es que sea la primera vez que me burlo de un profesor durante la junta. Aprovecho cualquier descuido para hacerlo. Ya sea lanzándole alguna pregunta que sé bien no podrá responder. O ignorándolo. Pero sucedió algo distinto cuando le escuché a ese miserable profesor lo del espejo. Qué mierda. Desvió la mirada de la ventana y miró a cada uno de los profesores. Si en esos momentos nos estaba o no juzgando solo él lo sabe. Inclinó la mirada. Pensé: lo que nos faltaba en estas asquerosas juntas: un viejo llorón. Encogió los hombros. Habló. Lentamente, ya para entonces su voz era un quebradero. Pidió permiso para retirarse de la junta. Está claro que en condiciones así no esperas que alguien te diga sí, no se preocupe. Lo dices tan sólo para avisar. Y salió.

 

(laughingsquid.com)

Nadie se ve en un espejo de la misma manera. Ignoro lo que esperas encontrar ahí cuando ya se perdió todo lo que eras. La cruda realidad que sin más te escupe a la cara. Al menos es lo que creo que encuentra el viejo. Yo lo hice para saber en qué condiciones estaba mi rostro. Si te alcanzas a reflejar en la mirada del hombre o de la mujer a la que estás por arrebatarle la vida te sobreviene un estado de absoluta dicha. Claro que, con las prisas, difícilmente la llegas a experimentar en el momento. Pero te quedas con el instante. Luego como idiota repasas cada una de las acciones previas al asesinato. Primero se instala en tu memoria una grisácea humareda que llegas a creer permanente. Cualquier psicoanalista de tres pesos por consulta puede decir que se trata de un bloqueo. Y los hay los que a partir de aquí atribuyen todos los males a cosas así. Paciencia. En esa mirada atascada de terror aparece uno. Se trata de un deleite que pocos consiguen obtener.

Luego de que entré al departamento, tras rebanar el cuello del imbécil muchachito, apareció frente al espejo mi rostro, y sonó el teléfono. Pensé en algún recado de los directivos. También pensé, por qué no, en un número equivocado. Fui hasta la mesa donde está el aparato, descolgué la bocina y nada, unos cuantos segundos antes de que colgaran. Idiotas que se equivocan hasta para marcar un número telefónico. Regresé al baño, al espejo. Repentinamente comencé a sudar. Estaba despeinado. Quién está frente a mí, recuerdo que pregunté en algún momento. Quién se esconde dentro de este envejecido saco de carne. Una avalancha de pensamientos inconexos. La mujer muerta dentro del hotel de paso. Las calificaciones de los cerdos. Cuántos aprobados. El nombre de una alumna… y otra vez el teléfono. No lo pensé dos veces, llegué rápido, descolgué y:

—¿Te acuerdas de la pinche juntita? Sí, hombre, mala noticia. Al menos ocurrió mientras dormía y al amanecer su esposa fue la primera que se dio cuenta. Dicen que un infarto. ¡Carajo!, no somos nada…

Cuelgo. No quiero seguir escuchando la voz casi de chicle del único profesor de historia. No me interesa la muerte de un viejo de 80 años. Pero el teléfono vuelve a sonar. Casi me veo jalando de manera violenta el cable. No sé ni por qué lo hago.

—¿Ahora qué?

Molesto. Mi tono de voz es ahora así.

—¿Cómo estás?

Una voz femenina y unos cuantos sollozos, de ahí se cuelga. Hace tanto tiempo que tardo en entender de quién se trata. No digo nada. Escucho.

El motor de un destartalado camión sonó afuera, en la avenida. Luego también se hizo silencio.

—Han pasado muchos años…

¿Qué quiere ahora?

—No vayas a colgar: seré breve. No estoy bien. Es largo de explicar.

Se entrecorta su respiración a cada sollozo.

—Quiero verte… por favor.

Y tras colgar regreso al espejo, intento olvidarme de la llamada, no puedo, carajo, no puedo, lloro y vuelvo a verme fijamente: aparece tras del espejo un monstruo.