Últimas palabras

No todos los seres humanos tienen la oportunidad de decir algo antes de morir. Este privilegio le es otorgado a la mayoría de los condenados a la pena capital. El discurso postrero, breve o no, dice mucho acerca de la personalidad de los solitarios del cadalso

POR José Luis Durán King

No todos los seres humanos tienen la oportunidad de decir algo antes de morir. Este privilegio le es otorgado a la mayoría de los condenados a la pena capital. El discurso postrero, breve o no, dice mucho acerca de la personalidad de los solitarios del cadalso

(www.probertencyclopaedia.com)

El 13 de octubre de 1891, el doctor Thomas Neill Cream conoció a Ellen Donworth, una prostituta de 19 años que trabajaba en Lambeth, una barriada pobre de Londres, donde Cream se había establecido apenas unos días antes tras arribar de Canadá. La pareja tomó algunos tragos y, ya entrada la madrugada, se separó. Tres días después, Ellen falleció por presuntas complicaciones vinculadas al alcoholismo. El 20 de octubre Cream salió a pasear con Matilda Clover, de 27 años, también prostituta. Ambos bebieron hasta el amanecer. La mujer falleció al día siguiente, aparentemente por congestión alcohólica. Tras una ausencia de varios meses, Cream reapareció en Lambeth y, para celebrar el acontecimiento, fue en busca de una prostituta, quien en esa ocasión se abstuvo de beber los tragos que el doctor le invitó y, extraña coincidencia, sobrevivió a los encantos del cuarentón seductor. Alice Marsh, de 21 años, y Emma Shrivell, de 18, no corrieron con tanta suerte y, después de una jerga con Cream, murieron tras una dolorosa agonía.

Los decesos en torno a Cream despertaron sospechas en la policía, la cual decidió investigar el pasado del doctor, resultando que estaba vinculado con una muerte más, ésta ocurrida en 1881 en Estados Unidos.

Cream era un envenenador incurable. El 13 de julio de 1892 fue acusado por el asesinato de Matilda Clover, condenado a muerte en octubre y ejecutado el 16 de noviembre en las instalaciones de la prisión de Newgate.

El caso de Cream se hubiera perdido en los anales del crimen, de no ser por sus últimas misteriosas palabras: “Yo soy Jack”.

El nombre de Jack tenía resonancias siniestras en la sociedad victoriana. Al igual que Cream, el más prominente de los destripadores elegía a las prostitutas como su objeto de placer. Salvo el contexto histórico, no existen las evidencias suficientes que vinculen a Cream con Jack el Destripador. De hecho, cuando ocurrió el último asesinato del desviscerador inglés, Cream estaba en prisión, aunque, se ha especulado, la fecha de libertad del doctor pudo ser antes de lo que señala el registro. De ser así hubiera tenido el tiempo para desentrañar a Mary Jane Kelly.

 

Los oradores

Ted Bundy: “Me gustaría que dieran mi amor a mi familia y a mis amigos” (id.tudiscovery.com)

No todos los seres humanos tienen la oportunidad de decir algo antes de morir. Este privilegio, sin embargo, le es otorgado a la mayoría de los condenados a la pena capital. El discurso postrero, breve o no, dice mucho acerca de la personalidad de los solitarios del cadalso. El estadounidense Ted Bundy, por ejemplo, era un caballero ante todo, una persona educada en la vieja escuela, universitario, un personaje flemático al que muchos consideraban, en primera instancia, un ciudadano británico. El hecho de que acabara sádicamente con la vida de varias mujeres apenas si abolló la imagen idílica que muchos conocidos tenían de él. En consonancia con su comportamiento refinado, antes de recibir la descarga eléctrica que puso fin a su vida el 24 de enero de 1989, Bundy expresó su última recomendación: “Me gustaría que dieran mi amor a mi familia y a mis amigos”. Una despedida hasta cierto punto rosa para un hombre que se convirtió en el prototipo del asesino sexual despiadado.

John Wayne Gacy Jr. era todo lo contrario a Bundy: gordo, bajo de estatura y feo. Su padre lo rechazó en cuanto vio los modales afeminados del niño. Pese a que se esmeró en ser un ciudadano respetable de su país y comunidad, sus inclinaciones homosexuales fueron más fuertes y de la renta de muchachos prostitutos pasó al asesinato. Treinta y tres cadáveres condenaron a Gacy a morir por inyección letal, cosa que ocurrió el 10 de mayo de 1994. Sin embargo, no se quiso ir sin antes escupir su resentimiento. Cuando le preguntaron si tenía algo qué decir antes de abandonar para siempre este mundo gentil, Gacy espetó: “Bésenme el trasero”.

 

Alma de poeta

Tim McVeigh: “Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma” (www.dailymail.co.uk)

¿Qué pensamientos concurren en la cabeza de un condenado a muerte antes de cumplir su cita con el verdugo? ¿Las últimas palabras fueron previamente reflexionadas o son producto de la emoción del momento? ¿Por qué algunas oraciones tienen un aura de ironía o de misterio, quizá de venganza o simplemente un dejo de incoherencia?

Aileen Wuornos, la asesina serial de Florida, acusada de acabar con la vida de seis hombres, fue ejecutada por inyección letal en octubre de 2002. Sus últimas palabras reclaman a un especialista en códigos para saber qué quiso expresar: “Sólo quiero decir que navego con la roca, y que regresaré como el Día de la Independencia, con Jesús el 6 de junio. Como la película, la gran madre oveja, regresaré”.

Tim McVeigh, uno de los bombarderos locos que derribaron un edificio federal en Oklahoma, causando la muerte de 149 adultos y 19 niños, eligió de despedida un poema del británico William Ernest Henley: “Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma”.

El que da la impresión de que siempre vivió en una realidad paralela fue Albert Fish. Sadomasoquista, enciclopedia ambulante de parafilias, caníbal de niños, Fish no reconocía el dolor. Para satisfacer sus compulsiones sexuales era capaz lo mismo de infligir que recibir castigo. Para este sexagenario, la ejecución en la silla eléctrica era el último eslabón de una cadena de atrocidades que lo excitaban. El 16 de enero de 1936, mientras los guardias lo sujetaban a la silla, Fish, sonriente, emocionado, simplemente dijo antes de que el verdugo bajara el switch: “No sé por qué estoy aquí”.