Agustina y los gatos (III extracto)

Los gatos, en cuanto se vieron acosados por los automóviles, saltaron a las cabinas de los conductores, les arañaron el rostro, y decenas de vehículos chocaron. Hubo 15 seres humanos muertos ese día y fallecieron aplastados 40 felinos

POR Roger Vilar

 Los gatos, en cuanto se vieron acosados por los automóviles, saltaron a las cabinas de los conductores, les arañaron el rostro, y decenas de vehículos chocaron. Hubo 15 seres humanos muertos ese día y fallecieron aplastados 40 felinos

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Las nubes se fueron casi al despuntar el alba, un sol de membranas anaranjadas apareció en el cielo mientras Agustina seguía durmiendo. Despertó a las diez.  El agua  la tapaba hasta las mejillas, tenía afuera sólo la nariz, los ojos y la frente. Se levantó chapoteando. El cuerpo de Alejandro ya no mugía bajo la mesa. ¿Se lo robaron en la noche? ¿Y ahora cómo alimentaría a sus hijos? Seguro fue algún vecino, ya nadie la respetaba. ¿Quién sería? Tal vez  Paulina, o Isabel. Revisaría choza por choza. Salió al pasillo.

En ese instante la puerta de la vecindad se abrió.  El viejo del frac, con su sombrero de copa, sus cabellos hasta la cintura, el bastón donde escondía la navaja, la nariz ganchuda, conducía a Alejandro. El húmero, el radio, el cúbito, los metacarpios y las falanges, mondos de carne, le colgaban del hombro. Paulina se desmayó. Alejandro con el brazo sano mecía sus huesos. Todos gritaban, los niños se escondían, varias mujeres se persignaron. El viejo se deslizó entre el tumulto y llegó a casa de Agustina. “Quiero el 70 por ciento de todo lo que ganes, ya no puedes conseguir cien pesos, tienen que ser mil, sino le digo a los judiciales que tú le comiste el brazo a ese muchacho”.  “Pero, señor…. mi familia tenía que comer. Entienda el dolor de una madre al ver a sus hijos con hambre, los judiciales entenderán eso”. “No, te llevarán presa y nunca más verás a tu marido, ni a tus hijos, ni a los amigos de tus hijos, lo dice la ley”. “No la ley no puede decir eso, eso es malo, señor”. “Sí dice eso. Yo mismo la escribí”. El viejo sacó un  libraco en cuyas tapas, con letras de oro, decía: LA LEY DEL MUNDO. Agustina creyó entonces y el susto casi la mató: mil pesos era mucho. Tendría que organizar un concierto con  Lenguón o mostrar a toda su familia. “¡Vamos! ¿Qué esperas? Sal ahora mismo a trabajar para mí o te denunció a la policía”. Agustina, temblando, entró a su choza, le hizo oler a los felinos la piel de Alejandro y luego la escondió en la bolsa de su delantal. Salió a la calle con una procesión de más de 300 gatos. A su paso todos se escondían, llamaban a la policía, las líneas telefónicas se atascaron y hubo varios infartos. Cruzó la calzada Ermita Iztapalapa con el semáforo en verde. Los gatos en cuanto se vieron acosados por los automóviles saltaron a las cabinas de los conductores, les arañaron el rostro, y decenas de vehículos chocaron. Hubo 15 seres humanos muertos ese día  (entre ellos siete niños que iban a la escuela), y fallecieron aplastados 40 gatos. Un policía de tránsito quiso apresar a Agustina, pero ella lo cegó con  tierra. Siguió avanzando acompañada por Edmundo,  Juan, Agustín Alberto y sus amigos. Las patrullas y las ambulancias llegaron rápido pero inútilmente. No podían encarcelar a los gatos malheridos, y todos los seres humanos accidentados ya habían muerto.

Agustina y su procesión arribaron a la avenida Plutarco Elías Calles. Sonaban muchas sirenas. Le hablaban por un altavoz. “Entréguese, señora, no le pasará nada, no siga ocasionando desastres con esos gatos”. Ella no entendía. ¿De qué gatos le hablaban? A su alrededor estaban su marido, sus hijos y cientos de personas más. Sonaron unos disparos. La querían matar, debía pedir la paz. Sacó el pellejo de Alejandro y lo agitó como si fuera su bandera blanca. Continuaban los balazos. Trino, un amigo de Edmundo que tenía orejas grandes y bigotes puntiagudos, cayó con los sesos afuera. Catanio perdió los ojos, Ramón se quedó cojo para toda la vida. “¡Paz, paz, paz….!” Gritaba Agustina. Puso el pellejo en un palo y lo hizo ondear a mayor altura. No detuvo los balazos. “¡Entréguese, señora. Entréguese, señora! ¡Entréguese, señora! ¡Entréguese, señora, no haga las cosas más difíciles! ¡Las cosas más difíciles! ¡Las cosas más difíciles, señora…!” Muerto también Barcino, sin cola Bustrofedon, siete balazos para Anacaon. “No quieren la paz”, se dijo Agustina, se cubrió la cabeza con el pellejo y miró en busca de un escondite. “¡Entréguese, no ocasione más problemas!” No había ni siquiera un buen árbol en que treparse. Todas las salidas estaban copadas. Llegaban más patrullas. Un helicóptero la sobrevolaba. Los gatos arañaron las caras de los policías  y las armas cayeron al piso. Agustina se apoderó de una y empezó a matar. Las fuerzas del orden público retrocedieron.

Afluyeron medios de comunicación: radio, prensa escrita, televisión. Un joven, micrófono en mano, ponía por los suelos el prestigio de la fuerza pública. “Una señora y sus gatos han logrado imponerse sobre la policía capitalina. No sabemos a qué se debe esta persecución, probablemente ella sea jefa de alguna banda de narcosatánicos que transporta la cocaína en la barriga de los felinos. Ahora intentaré entrevistarla. Señora, señora. ¿Por qué la persiguen? Agustina vio el micrófono con miedo, tal vez era otra arma. Disparó contra el reportero. El joven cayó herido. Los policías pedían ayuda al Cuerpo de Granaderos. Llegaban en pelotones cerrados con bombas de gases lacrimógenos, pero éstas explotaban lejos de la rebelde, pues ella seguía disparando y no los dejaba tomar puntería.

Se le acabaron las balas a Agustina, y sintió que era una papa a la que pelaban con un cuchillo mellado,  el hierro la dejaba sin piel, hasta el polvo podría dañar su carne gelatinosa. Así no llegaría al sitio donde limosneaba. No tendría un centavo, no compraría comida para su esposo y para sus hijos, no le pagaría al viejo del frac, la denunciaría por haberse comido a Alejandro, la meterían a la cárcel y moriría sola. Vio los largos días en los que los barrotes le iban presionando la cabeza, le trituraban los recuerdos, la convertían en un pedazo de carne que dormía tanto con los párpados cerrados como con los párpados abiertos. Decidió lanzarse contra las balas, pero sus piernas no iban hacia el suicidio. Indecisas sacaban polvo de la tierra. El pellejo de Alejandro se le deslizó de la cabeza, se le enredó entre las piernas y cayó. Oía gritos. “¡Devuelve el pellejo de mi hijo, devuélvelo, vieja canija¡” “¡Mira mamá, ya ensució mi pellejo en la tierra!”. Ella volvió a meter la piel llena de polvo a su delantal. “¡Devuelve el pellejo de mi hijo, devuélvelo, vieja canija, vieja canija, vieja canija, canija, canija!” Se paró. Estaba decidida a huir. Corría al estilo de una gansa.

 

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Aterrizó un helicóptero, bajaron decenas de soldados con una red y la atraparon. Seguía debatiéndose entre las mallas, eran como su vida, cada vez que esperaba llegar al extremo de ellas y liberarse se enredaba más. Los policías la arrastraron a una patrulla. La iban a meter por la puerta, pero ella lanzaba patadas y mordidas. “Vieja maldita, ni calzones trae la pobretona esta”. “No le da pena, tan vieja enseñando las nalgas. Pégale, pégale en la barriga”. De un culatazo la hicieron vomitar la carne de Alejandro y la lanzaron al interior del vehículo. Arrancó el convoy. No veía ni a su esposo ni a sus hijos. En la delegación le quitaron la red y con otros culatazos la metieron en la celda. Volvieron las  náuseas. Se dobló sobre su cuerpo y expulsó un líquido amarillento.

Unas voces se acercaban. “Si, señora, la anciana caníbal ya está encerrada, recuperaremos el pellejo de su hijo”. Agustina abrió los ojos. Alejandro la miraba. Del hombro derecho todavía colgaban el húmero, el radio, el cúbito, los metacarpios y las falanges. La señaló con un dedo sin carne. “Esa es la ladrona. Dígale que me devuelva mi  pellejo”. “Es una basura, no sirve para nada”, dijo Agustina poniendo los labios en forma de pico de gansa. Sacó la piel de su delantal y la tiró al pasillo. “Pinche vieja caníbal”, murmuró un policía. “Cógelo, muchacho, coge ese pellejo”. Alejandro se cubrió los huesos con él. Su madre lo llevó al especialista en medicina legal mientras juraba que salvaría el pellejo de su hijo de los gusanos.

Agustina se concentraba en respirar. Cada vez que inhalaba le dolían los golpes. La enfrentaron como a un mastodonte, pero en realidad estaba constituida por unas fibritas de músculos sumergidos en un pantano de grasa. Llegó la noche. Los ruidos se iban apagando, los policías cabeceaban. Las 12. Un maullido rompió el silencio. En la alta ventana surgió una sombra gris, felina, sedosa, con las fauces abiertas, los dientes como agujas. Era Edmundo. Repitió el maullido y cientos de gatos le respondieron desde la oscuridad. Los policías empezaban a despertar. Edmundo saltó al piso. Por la misma ventana empezaron a entrar decenas de gatos. Amarillos, negros, manchados, cafés… No eran los únicos. En la parte de las oficinas del Ministerio Público se escuchan los gritos de las mujeres. Una nube de gatos también penetraba por allí. Los policías sacaron sus armas y dispararon. Algunos animales se quedaron sin cabeza e hicieron una extraña danza de la muerte antes de expirar. Pero era demasiado el flujo de bestias maullantes. Desgarraban la cara de los judiciales, le sacaban las tripas, los ojos rodaban por el suelo, iban a parar dentro de las celdas. Entonces un policía tomó un manojo de llaves y, con el afán de refugiarse, abrió la celda de Agustina. Pero ella empujó al agente y salió dando gritos de alegría. Su esposo Edmundo, y sus hijos Juan, Agustín y Alberto habían venido a liberarla.

El policía, al ver que los gatos no le hacían daño a Agustina, se aferró a sus faldas. Ella iba avanzando hacia el patio de la comandancia. Cientos de gatos la seguían elevando sus maullidos al cielo, como si un dios felino y atigrado hubiera reemplazado de pronto a todas las deidades. El policía, halando el cuerpo de la anciana, se aproximó a un enorme autobús que usaban para hacer redadas de delincuentes. Abrió la puerta y se dispuso a echarlo a andar. Pero no pudo evitar que Agustina subiera también, y con ella decenas y decenas de gatos. “¡Vámonos, vámonos!”, le gritó la vieja al judicial. Cogió a Edmundo. Este sacó sus afiladas garras y abrió la boca de agudos colmillos. Agustina se lo puso en el cuello al policía. “¡Arranca o te degollamos!”, lo amenazó. Entonces él puso en marcha el autobús. Sentía en la aorta el roce de las garras y detrás los cientos de gatos que, acomodados en los asientos o saltando de un lado para otro, maullaban sin cesar. Los que no cupieron adentro, se subieron en el techo del vehículo y desde ahí también elevaban su sempiterno canto a las estrellas.

 

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El autobús, por órdenes de Agustina, tomó hacia la salida a Puebla, y ante el tronante clamor de los cientos de gatos, los vecinos despertaban y desde sus ventanas veían aquella rara y espeluznante procesión que cortaba la noche como la irrupción de un meteorito en el mundo de los dinosaurios. Todas las fuerzas policiales de la ciudad estaban alertadas, pero era imposible avanzar hacia la zona de desastre por que los gatos de la urbe, llamados por una voz primigenia y misteriosa, escapaban de sus casas por miles, y llenaban las calles y circuitos como una gran alfombra lanuda y movediza.

Cerca de la cárcel de Santa Marta Acatitla, ya casi amaneciendo, Agustina descubrió que venía la camioneta en la que trasladaban al Lenguón. El policía secuestrado detuvo el autobús. Los millones de gatos, movidos por un resorte cósmico e interno, se pararon en seco. Agustina llegó hasta el vehículo, empezó a golpear los cristales, y a exigir que le dieran al paralítico. Dos tipos con cara de matones la insultaron. “¡Vete, vieja loca! ¡El Lenguón es un esclavo del Viejo! ¡Ya verás cómo te va por desafiarlo!”. La masa de gatos se aproximó lenta y uniforme al vehículo. Los millones de ojos brillaban, las fauces se abrieron al unísono. Un agudo maullido retumbó en la ciudad silenciosa. Fue entonces que los hombres del Viejo se dieron cuenta de la situación. “¿Qué es esto, vieja loca?”. Pero Agustina sacó de su delantal el dedo reseco de Edmundo, y moviéndolo como el talismán de una gran bruja, hizo una seña a los gatos. Saltaron al interior de la camioneta. Eran tantos que sólo, entre la masa de pelos, se veían salir unos dedos o una mano agónica. Los hombres pronto fueron una masa carcomida y sanguinolenta.

Agustina abrió el vehículo y vio al Lenguón. Estaba sobre su carretilla y miraba con ojos desorbitados lo que sucedía. La anciana lo sacó afuera. “¿eeé pasa? ¿eeé pasa?”, preguntó el lisiado. “La libertad, Lenguón, la libertad. Mi esposo –señaló al gato Edmundo—y mis hijos me han sacado de la cárcel, y ahora yo te libero de la esclavitud. Mira –dijo Agustina señalando el mar de gatos—mira cuántos amigos tengo, soy invencible”. “Perrooo…. Iero a Iega, ella es mi amor, lega. No quiero libertá sin Iega”. Agustina decidió buscar también a Iega. Con ayuda de los gatos subió al Lenguón al techo del autobús. En el interior del vehículo detectó un espectáculo siniestro. Los gatos habían asesinado al policía y se lo desayunaban. Agustina, que nunca había manejado, se sintió inspirada por una especie de fuerza divina, de algún rayo bajado de los cielos, y tanteando aquí y allá, logró que el autobús arrancara. Arriba, en el techo, Lenguón bailaba con una alegría inusitada. “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. Entonces empezó el vuelo de los helicópteros. Varios, 10, 15, quién sabe cuántos, sobrevolaban el autobús y el inmenso mar de gatos, el cual cubría muchos kilómetros a la redonda. En ese momento Edmundo le habló por primera vez a Agustina. Su voz era un poco ronca, pero a la vez, acariciante. “¿Ya viste lo que has provocado? Es la rebelión del universo. Todo está marchando con las patas para arriba.” Agustina lo miró con infinito amor. En su cara regordeta afloró una sonrisa. “Edmundo, ¡qué felicidad escuchar tu voz! Desde el día de tu accidente no me habías vuelto a hablar. ¡Te amo!” El ruido de los helicópteros aumentaba. Lenguón tenía que vociferar para ser medianamente oído. “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. El gato Edmundo seguía hablando. “Basta de romanticismos bobalicones. Tenemos  que establecer la logística de esta rebelión. Ya sabes, el avituallamiento, la comida, tomar posiciones seguras”. “Ay, Edmundo, hazme el amor”, pidió Agustina y meneó las nalgas mientras manejaba. La voz del Lenguón se volvió a oír. Su rumba era una descarga furiosa. “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. Desde un helicóptero descolgaron un reportero. Metió el micrófono delante de la boca del Lenguón, mientras preguntaba: “Dígame, dígame…. ¿Es este el fin del mundo? ¿Ustedes son enviados de los extraterrestres?” Lenguón bailó con mayor energía. Vociferaba: “Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”. “Sin duda, amigos –dijo el reportero hablándole a las cámaras que estaban en los helicópteros—  este es el himno de la rebelión: Enguón, eeenguón, eeenguón, quieo eeeeeeenguón”.