El hijo nunca posee la verdad, sólo el padre

Alberto Moravia nos hizo creer en la literatura y la poesía, con una obra que se ramificó en diversos mundos: la pequeña y la alta burguesía italiana, el pueblo, la ciudad de Roma, la adolescencia, la mujer, el amor, el sexo, la locura

POR Gabriel Ríos

Alberto Moravia nos hizo creer en la literatura y la poesía, con una obra que se ramificó en diversos mundos: la pequeña y la alta burguesía italiana, el pueblo, la ciudad de Roma, la adolescencia, la mujer, el amor, el sexo, la locura

(lanfrancopalazzolo.blogspot.com)

La obra de Alberto Moravia (1907-1990) se ramificó en varios mundos: la pequeña y la alta burguesía italiana, el pueblo, la ciudad de Roma, la adolescencia, la mujer, el amor, el sexo, la locura.

Sus referentes culturales fueron Freud, Wittgenstein, el existencialismo, el estructuralismo y el nouveau roman. Se hizo famoso a los 22 años de edad con la novela Los indiferentes. Luego vinieron, entre otras, La romana, El conformista, El desprecio, La campesina y Las ambiciones defraudadas.

De las últimas, destaca El hombre que mira, la que nos invita a escuchar al personaje Dodo, que nunca duerme más de seis horas, y en cuanto se despierta, piensa unos minutos en el fin del mundo.

Dodo dice que es probable que su nueva afición surgiera a raíz de la lectura de un libro sobre la guerra nuclear, encontrado por casualidad encima de la mesa de trabajo de su padre, profesor de física.

Puede ser que lo hiciera por otras causas. Lo piensa, mientras baja por una callejuela de la vieja Roma, donde está situada la casa en la que vive. Se dirige al quiosco de la esquina a recoger los periódicos para su padre, quien sufrió un grave accidente que le obligó a guardar cama.

Muchos motivos se encuentran en la obra de Moravia, quien los desahoga conforme transcurre la narración.

En El hombre que mira ocurre, así lo percibe el narrador: un pene que parece independiente del resto del cuerpo. Lo piensa, mientras su mujer llamada Silvia practica el amor con su suegro, como si fuera un animal, una marrana, more ferarum, como se lee en un viejo manual para la confesión.

Más allá de las analogías de Alberto Moravia, en la imaginaria ocurre lo imprevisto, un soneto de Mallarme, por ejemplo.

Ese hilar fino de Moravia nos distrae, pues, al divagar sobre el voyeur, Dodo sale a dar su paseo cotidiano e insiste en fotografiar una nube que a diario aparece atrás de la cúpula de la catedral de San Pedro.

Camina a la vera del río y de pronto se pasa a la acera de enfrente. Inclinada y apoyada en el alfeizar, una negra le dice buenos días, desatándose un diálogo y una expresión vital de parte de ella: “Te he visto muchas veces; siempre pasas a la misma hora y para mí eres como un viejo amigo”.

 

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Escribe Alberto Moravia que después del encuentro con la negra, Dodo ha vuelto a la idea inquietante y un tanto supersticiosa de que ella es la negra de Mallarmé “por el demonio poseída” y que por la providencia erótico-literaria ha dejado de asomarse a la ventana para charlar con él.

La negra se llama Pascasie y permite que Dodo le haga un retrato a lápiz; por un momento espera que le muestre su concha pálida y rosa, lo que significaría llevar a la práctica su teoría de la compulsión admirativa en el arte.

De pronto suceden cambios imprevistos en la novela.

En algunos meses ha sucedido lo de la separación de Dodo y su esposa Silvia. Ella ha dejado una nota, diciéndole que no es que quiera dejarle sino que sólo desea reflexionar sobre su vida.

Es la amante del padre de Dodo. De alguna manera, Moravia se llena de Freud y explica la frustración del niño que observa cómo hacen el amor sus padres.

“¡Ahora di que eres mi querida marrana!”, le decía el padre a la madre.

La compensación de tal crueldad se la da Pascasie a Dodo. Después de hacer el amor, ella le cuenta un cuento que le contaba su abuela.

Es la historia de un hombre que baja al mundo de los muertos, se casa con una muerta, tiene un suegro y una suegra muertos, engendra hijos muertos, trabaja con otros muertos en una tienda para muertos, y gana dinero haciendo negocios con gente muerta. Sin embargo, llega el día en que siente nostalgia por el reino de los vivos, así que vuelve a este mundo.

A lo que quiso llegar Moravia, como en otras novelas y cuentos, es que sus personajes tuviesen conformidad con el mundo en el que vivieron. Claro,  valiéndose de lo mejor de la literatura clásica, nos pone a pensar qué haríamos si supiéramos que nuestro padre fuera el amante de nuestra mujer.

Lo resuelve al decirnos que ya no se trata de nuestro padre, sino del rival en amores, y por consiguiente la animadversión o resentimiento, como se lo dice Pascasie a Dodo, se esfuma. Remata la negra con un refrán de su país, Zaire: “El hijo nunca posee la verdad, sólo el padre”.

Silvia, la esposa de Dodo, también participa en su redención, volviendo a su lado, viviendo en la casa de su suegro y ex amante, porque aparentemente la pulsión sexual se ha ido y ha regresado el amor idealizado.

Al haberse resuelto el melodrama no deja de animarnos ese impulso de Moravia, el de hacernos creer en la literatura y en la poesía.