El verdadero amor de Nabokov

Las cualidades de Nabokov s son las del narrador, el maestro, el mago (“Un gran escritor es siempre un gran mago”, decía), del escritor que puede modelar a un hombre dormido, crear nuevos mundos, y que después de la frase mágica, nos recuerda que él realmente tiene el poder de hacer girar a los planetas

POR Matthew Adams

 Las cualidades de Nabokov s son las del narrador, el maestro, el mago (“Un gran escritor es siempre un gran mago”, decía), del escritor que puede modelar a un hombre dormido, crear nuevos mundos, y que después de la frase mágica, nos recuerda que él realmente tiene el poder de hacer girar a los planetas

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Cuando el libro inacabado de Vladimir Nabokov El original de Laura fue lanzado póstumamente en 2009, la preocupación sobre si era correcto publicar la obra –Nabokov había dado instrucciones de que fuera destruido después de su muerte— pasó rápidamente a la consternación por lo que el texto contenía. Y lo que el libro contenía era una prueba más de que el interés de Nabokov por las mujeres muy jóvenes era, bueno, algo bastante más que un simple interés.

Aquí resalta una figura que no estaba poseída por la capacidad de hacer girar planetas (como Nabokov definía al verdadero escritor) sino por la posibilidad de obtener del mundo literario un sacudimiento colectivo de cabeza. Incluso Martin Amis (“Me inclino ante este gran y muy inspirador genio”) llegó a la conclusión de que la mente de Nabokov, “durante su último periodo, no honró tanto la inocencia –honró insuficientemente el honor— de las niñas de 12 años”, aunque Amis más adelante afirmó que no se trataba estrictamente de un problema moral (a nadie daña la ficción) sino de estética.

“Estética”, en realidad, creo, significa moral-estética, y si no, debería: lo que Amis llama la pequeña cicatriz en el cuerpo de la obra de Nabokov no puede ni debe ser ignorado. Pero la publicación de sus obras completas, en una nueva y hermosa serie de libros de tapa dura de Penguin Classics, ofreció una oportunidad agradable para volver a la parte que Nabokov realmente sabía cómo amar: su amor por el lenguaje.

Nabokov fue explícito en este sentido, y una vez, hablando de un crítico que había sugerido que “Lolita fue la historia de mi amasiato con la novela romántica”, declaró: “La sustitución de la ‘lengua inglesa’ para ‘novela romántica’ haría más correcta esta elegante fórmula”. Característicamente tersa, característicamente divertida. Y característicamente directa. ¿Pero que hizo que ese amasiato creciera?

En cierto modo significaba ser fiel a la tentativa de dar placer a través de la frescura y la potencia de la percepción: para organizar las palabras con el fin de llevar a cabo lo que Nabokov llamó “el cosquilleo delator” en la columna vertebral del lector, y realizarlo a través de la magia inefable de la frase hermosa. “Con el fin de lograr el placer en la magia”, Nabokov dice en sus Lectures on Literature, “un lector inteligente lee el libro del genio no con el corazón, tampoco con el cerebro, sino con su columna vertebral”, y cuando leemos y releemos sus novelas (“no se puede leer un libro: uno sólo puede releerlo”), el hormigueo se presenta en profusión, salvaje e histérico.

De la oscuridad, de la luz, los ambientes momentáneos de un mundo fecundo, él podía escribir como casi ningún otro. “La oscuridad en el interior del taxi se deslizó y se tambaleó como cuartos y mitades y cuadros enteros de luz ceniza atravesaron de ventana a ventana”, dice en Laughter in the Dark, y en Bend Sinister describe el fin de un viaje, en el que “El coche desapareció, mientras el eco de su portazo quedó suspendido en el aire como un marco vacío de ébano.”

 

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Por otra parte, nos encontramos con la poesía de la delicadeza y la alegría, con Albert Albinus “Mirando a través de una neblina húmeda en la punta de su zapato y tratando de encajar en el patrón trémulo de la alfombra”, para encontrarse después en una cita romántica en la que “El fuego de ese beso estaba todavía a su alrededor como una colorida gloria cuando regresó a casa’”. Y encontramos, también, exquisitas interpretaciones de la “lucidez del dolor”; la música de extinción (“Krug continuaba hundiéndose en la suavidad desgarradora, en las profundidades negras del deslumbramiento de una tardía pero eterna caricia”); y la humildad melancólica que puede ser inducida por el amor: “Siguió evitando sus valientes ojos amables por los que él sentía que no podía vivir, y escuchó su propia voz encadenar sonidos triviales en el silencio de un mundo marchito.”

Doloroso, estridente y conmovedoramente hermoso. Sin embargo, Nabokov también era supremo en la captura de lo burlesco: los ritmos cómicos y dolorosos que visitan al sensible, al enfermo, al torpe y frustrado. Aquí está el encantador Pnin, que desciende al mundo en The Clements:

“Los Clements jugaban damas chinas entre las reflexiones de un confortable fuego cuando Pnin bajó ruidosamente las escaleras, resbaló y casi cayó a los pies de ellos como una suplicante en alguna antigua ciudad llena de injusticia, pero recuperó el equilibrio –sólo para estrellarse en el póker y las pinzas”.

La delicada fusión de lo tierno y la bufonada debe todo, aquí, al sentido de la moderación de Nabokov, y su comprensión de que un elemento fundamental e ineludible de la similitud es la diferencia: Pnin no se cae, pero casi; es casi como el suplicante en la antigua ciudad, y cuando finalmente “se estrella en el póker y las pinzas”, el suspenso de las frases anteriores da paso a un ruido que es más divertido, más emocionante, por haberlo evitado en el último momento (en la misma novela, Pnin tiene un plato de cristal favorito que se le cae en el lavabo –y en esta ocasión no evita que se rompa), lo que refuerza la imagen de Pnin del antiguo suplicante que da a la comparación su pathos, su humor, su poder.

 

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Y es decoro, también. Nabokov entiende con claridad casi perfecta, como lo señala en la obsesivamente anti-tiránica Bend Sinister, que “Hablamos de que una cosa sea como alguna otra cuando lo que en realidad deseamos hacer es describir algo que no se parece a nada en la tierra”. Es por esa razón que Krug, el héroe de la novela, se describe a sí mismo no sólo como el esclavo de un régimen terrible sino también como “un esclavo de las imágenes”. El lenguaje en sí puede ser una forma de privación de la libertad, sobre todo en esta novela. Pero, aun mejor, también puede permitir que nos movamos con autonomía y dignidad, como está escrito en Laughter in the Dark, en “la ciudad libre de la mente”.

Eso es parte, pero sólo una parte, de los logros de Nabokov: es el celebrante, el despertador, el consciente, que es lo único real en el mundo y el misterio más grande de todo”. Y si, como él dijo, el tema de Bend Sinister no es una tiranía política sino “el latido amoroso del corazón de Krug”, y una ternura intensa se somete a él, sólo podemos conocer ese corazón, por la virtud del poder de las palabras, y por la manera extraordinaria en que Nabokov las utiliza.

Pero el Nabokov que recordamos es al Nabokov que, al ver una botella lanzada contra una pared, no la ve estrellarse, romperse, quebrarse o fragmentarse. No. Él ve que “la botella estalló como una estrella”. (Parte de la genialidad en esto es que parece fácil). Y al releer sus maravillosas y fascinantes ficciones, vemos ante nosotros esa rara combinación de cualidades que el propio Nabokov creía define al escritor real.

Estas son las cualidades del narrador, el maestro, el mago (“Un gran escritor es siempre un gran mago”), del escritor que puede modelar a un hombre dormido, crear nuevos mundos, y que después de la frase mágica, nos recuerda que él realmente tiene el poder de hacer girar a los planetas.

 

Tomado de: The Spectator. Julio 4, 2012.

Traducción: José Luis Durán King.