Heimito von Doderer: una reflexión acerca de ser hombre

A los 40 años, Don Ruy había elegido, con la ayuda de su experiencia, la paz de las flores que escalaban las columnas. “El cielo caliente caía desde todas partes, en grandes y profundos fragmentos, que se abovedaban más allá, en el horizonte”

POR Gabriel Ríos

A los 40 años, Don Ruy había elegido, con la ayuda de su experiencia, la paz de las flores que escalaban las columnas. “El cielo caliente caía desde todas partes, en grandes y profundos fragmentos, que se abovedaban más allá, en el horizonte”

(oe1.orf.at)

Casi pegándole a los 70 años, Heimito von Doderer, el escritor austriaco, publicó un cuento, más bien, varios, mientras terminaba sus novelas Los demonios y La escalera de caracol de corte o Melzer y la profundidad de los años. El cuento es largo: “La última aventura. Un libro de caballería”: una reflexión sobre el ser hombre, el que no busca para nada a la doncella.

Hablamos de un caballero cristiano, con el poder que le da la religión para apaciguarse, aunque lo más importante es que Ruy, el personaje de la saga, le da un sentido distinto a la literatura, quizá una reinterpretación al Apocalipsis de Juan. De eso hablaba por esos años Jacques Lacan del psicoanálisis; claro, de los síntomas que pronto serían ahogados, precisamente con el desfasamiento de lo aparentemente real. Para mí, sería estrictamente lo imaginario en lo reluciente del símbolo de esa armadura desvanecida a la luz de la luna.

Al final del camino, don Ruy se había convertido en el Juglar que mira a la distancia la cabalgata, el cortejo de los de Tierra Santa, escucha el murmullo de una canción. Por supuesto que Heimito von Doderer pensaba en las quimeras, en el maravilloso dragón.

Forzosamente tendría que ver con la lucha encarnizada que tiene consigo su héroe, que al morir le quedan a la vista los verdes profundos y luminosos. Para explicar un fragmento del símbolo, Lacan recurre a la obra de Raymond de Saussure, y lo hace porque se está metiendo con las alucinaciones: “La última aventura,” pudo haber sido para Doderer la fatiga.

Heimito von Doderer se recrea en Don Ruy, quien no fue presa de la captura, de los espejismos, no desperdició oportunidades ni jugó con sus pasiones. Es cierto que el cuento tiene todas las características del ser moral, con la consabida frustración del goce consciente, y es verdaderamente increíble lo que vemos en el ojo del dragón: bosques, profecías, arroyos. Pudo haber sido una historia de honor, fantástica, pero lo fue más de la inteligencia presente e inmediata, del saber que Lidoine todavía estaba a tiempo de soportar lo ignorado.

Por eso decimos, que muy a punto, Don Ruy no se expuso al vértigo de ese ser femenino que fácilmente lo hubiera contrariado, y después del acto sexual, se hubieran obsesionado con esa relación sádico-anal, de maledicencias y miedos ¿No es así como la definiría Lacan?

En un momento escuchamos a la doncella, que con ironía se apodera del joven Gauvain, quien fuera escudero de Ruy, hablando en voz alta ante el reino congregado en el patio: “Aquí vienen los caballeros de la Orden de los Verdugos de Dragones”. Ese hecho aclara lo suficiente, cuando las intenciones de ella sólo era gozar con las palabras y los hombres.

A los 40 años, Don Ruy había elegido, con la ayuda de su experiencia, la paz de las flores que escalaban las columnas. “El cielo caliente caía desde todas partes, en grandes y profundos fragmentos, que se abovedaban más allá, en el horizonte”.

Como lector de “La última aventura. Un libro de caballería” se siente efectivamente el cambio de luz muy tenue.

El trofeo por su valentía para Don Ruy, de manos de Lidoine, es una espada, un trabajo árabe, el más fino que había tenido en las manos, incrustado en la cruz de la empuñadura un pedazo de cuerno violáceo, que en la primera parte del cuento había arrancado al dragón.

La fortuna de escribir y vivir fue un motivo suficiente para Heimito von Doderer, que también publicó los cuentos “Los tormentos de los saquitos de cuero” y “Bajo estrellas negras”.

Una de las cosas que han quedado impresas en la literatura universal, insisto, es “La última aventura. Un libro de caballería”. La soledad donde se encuentra la naturaleza, es decir, la Poesía, encarnada en Don Ruy. Por eso está protegido de la oscuridad en la que se han quedado los demás participantes, en el relato y fuera de él. Alejado de lo perverso. No fue bocado para el dragón, porque miró a través de uno de sus ojos, al padre anterior a la aparición de la Ley, al orden de las estructuras de la alianza y el parentesco.