Hombres lobo de gran ciudad

El aroma de la adrenalina, del miedo, es un saborizante especial para el asesino guiado por la ira y la excitación. Es la compuerta que permite que se desborde un torrente de fantasías complejas, pacientemente alimentadas desde la infancia, en una sesión ritual basada en la degradación y el dolor

POR José Luis Durán King

 El aroma de la adrenalina, del miedo, es un saborizante especial para el asesino guiado por la ira y la excitación. Es la compuerta que permite que se desborde un torrente de fantasías complejas, pacientemente alimentadas desde la infancia, en una sesión ritual basada en la degradación y el dolor

(www.northjersey.com)

El 22 de mayo de 1980, el Departamento de Policía de Nueva York detuvo a Richard Francis Cottingham, de 34 años, después de que el encargado de un hotel de mala muerte reportó los gritos de una mujer en el interior de una de las habitaciones.

Las autoridades llegaron lo suficientemente rápido para aprehender al individuo y, de paso, salvar la vida de la dama, quien, pese a la efectiva intervención judicial, había sido brutalmente violada y sodomizada, además de que sus senos mostraban huellas de mordeduras.

En una ráfaga de furia que comenzó en diciembre de 1977 con el asesinato de Maryann Carr, cuyo cadáver mutilado fue rescatado de una habitación del motel Qualitty Inn de Hasbrouck Heights, Nueva Jersey, Cottingham acabó con la vida de seis mujeres, en una carrera que alcanzó su cresta más alta el 2 de diciembre de 1979, con el homicidio de dos prostitutas, a las que violó y torturó antes de matarlas y cercenarles manos y cabeza. Al terminar su acto, el homicida prendió fuego a la habitación de un hotel ubicado en la calle West 42nd, en Nueva York.

Cottingham era un hombre que hasta antes de su detención carecía de antecedentes penales, padre de tres hijos, cuya actividad criminal arrancó semanas después de separarse de su esposa, quien lo acusaba de ser homosexual de clóset. El individuo, de apariencia respetable, era un visitante asiduo de prostíbulos, que pasaba los días pegado a un escritorio y a una computadora en una compañía de seguros. Su horario era de 3 de la tarde a 11 de la noche, por lo que sus asesinatos los cometió por las mañanas o durante los fines de semana. No se sabe qué fue lo que detonó la actividad predadora de Cottingham, quien simplemente un día se despertó con el deseo irrefrenable de matar. Lo que es un hecho es que este asesino pertenece a una categoría de homicida serial en la que el acto de matar va acompañado por una dosis alta de ira, la cual se despliega en un escenario de martirio y terror, así como de una gratificación sexual que a menudo sólo se logra mediante la mutilación de la víctima.

De acuerdo con los estudios de la Unidad de Perfilamiento de Conducta Criminal del FBI, con sede en Quántico, Virginia, los asesinatos perpetrados en un contexto de excitación emanada de la ira se caracterizan por la tortura prolongada y la mutilación y homicidio posteriores de la víctima. En estos casos, el asesinato en sí es menos importante para el criminal que el proceso, la misa en escena, que el predador construye alrededor de su drama oscuro. La teatralidad del crimen es de gran importancia para el delincuente, pues de ella emana un ritual de fantasías necesario para expresar el poder y control del infractor sobre su presa. Al igual que la mayoría de los asesinos seriales, el homicida regido por el síndrome ira/excitación se aproxima, seduce y atrapa a sus víctimas, a las que elige dentro de un sector específico de la sociedad. En el caso de Cottingham su coto de caza eran los distritos rojos de Nueva York, en los que las prostitutas son un blanco fácil de individuos cuya mente rebosa de horrores reptantes. En general, este tipo de asesino aísla a su presa, para así tomarse el tiempo necesario para disfrutar su ritual. No es de extrañar, por ello, que Cottingham actuara en la discreción de habitaciones rentadas en hoteles baratos.

Apartado del mundo y con el control absoluto de su víctima en cuestión, Cottingham conversaba tranquilamente con ella, anunciándole que la violaría y torturaría con toda calma antes de matarla.

Este preámbulo era la cereza que el criminal colocaba en el pastel antes de disfrutarlo.

El aroma de la adrenalina, del miedo, es un saborizante especial para el asesino guiado por la ira y la excitación. Es la compuerta que permite que se desborde un torrente de fantasías complejas, pacientemente alimentadas desde la infancia, en una sesión ritual basada en la degradación y el dolor.

 

Trofeos de cacería

Para este tipo de criminal, la muerte de la víctima no significa necesariamente el colofón del drama. Éste se prolonga casi siempre con “asaltos sexuales secundarios”, como los denomina el investigador Peter Vronsky en su libro Serial Killers. The Method and Madness of Monsters. Estos asaltos pueden expresarse mediante la inserción de objetos en el cuerpo de la presa, la mutilación, el canibalismo o la recolección de partes corporales, como en el caso de Cottingham, quien siempre traía consigo una maleta para guardar los trofeos de su cacería. Las manos y cabezas de las mujeres que mutiló en el hotel de calle West 42nd fueron extraídas de una maleta.

El destino de las extremidades mutiladas de las prostitutas nunca fue descifrado por la policía, aunque el propósito de esa colecta se vincula con la prolongación del placer del asesino, quien, incluso por días, revive la emoción del momento mediante la masturbación inspirada en las piezas mutiladas.

Un común denominador entre los asesinos que integran la tipología ira/excitación es su doble vida. En general son individuos que matan por primera vez después de los 30 años, convencionales, aparentemente integrados a su comunidad. Son hombres lobo contemporáneos, que durante el día pueden estar pegados a una computadora, pero que por la noche, sin luna llena de por medio, inundan su mente de imágenes de pornografía dura antes de salir a cazar y devorar a sus presas.