La poesía sólo existe en el silencio

José Emilio Pacheco. Estupendo cuentista, ensayista, periodista cultural, un maestro. Inolvidables sus textos de esa época dorada de las páginas culturales de la revista Proceso. Inauguró una nueva manera de entrevistar, ensayando en el otro

POR Gabriel Ríos

José Emilio Pacheco. Estupendo cuentista, ensayista, periodista cultural, un maestro. Inolvidables sus textos de esa época dorada de las páginas culturales de la revista Proceso. Inauguró una nueva manera de entrevistar, ensayando en el otro

(aristeguinoticias.com)

El poeta José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939, y desde los años 50 ya figuraba al lado de los grandes de Latinoamérica. Entre su obra poética destacan los libros Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces y Trabajos en el mar.

De sus textos en prosa: El viento distante y otros relatos, Morirás lejos, El principio del placer y Batallas en el desierto.

Ha sido merecedor de premios como el Nacional de Lingüística y Literatura 1992, y el José Asunción Silva a El silencio de la luna, el mayor libro de poemas en español publicado entre 1990 y 1995. Le ha sido otorgado el Ramón López Velarde 2003, y en 2004, el Pablo Neruda y Alfonso Reyes.

Por cierto, en El silencio de la luna, se levantan poemas como cristales.

Se registra la condición humana: Adán sin ambición, ni deseo, tiene el paso libre a ovillarse en la nada, lo que nos lleva a la impronta, el monólogo.

En el poema “El silencio de la luna” ya ocurría algo previsible: “El que piensa por todos prohibió pensar./ Su palabra es la única palabra./ Él dice todo sobre las cosas… Noche tras noche/ la gente sueña en acabar con el que piensa por todos”.

Pacheco acude con frecuencia destellante al alba, al canto de los pájaros, “indescifrables para nuestros oídos, jeroglíficos de aire, enigma de que jamás encontraremos la clave”.

Estupendo cuentista, ensayista, periodista cultural, un maestro. Inolvidables sus textos de esa época dorada de las páginas culturales de la revista Proceso. Inauguró una nueva manera de entrevistar, ensayando en el otro.

Fue guionista en las cintas Fox-Trot/ Other Side of Paradise; Lecumberri. Palacio negro; El Santo Oficio y El castillo de la pureza de Arturo Ripstein. También de La pasión según Berenice de Jaime Humberto Hermosillo; La otra mujer de Julián Soler, y Los cachorros de Jorge Fons. Mariana, Mariana de Alberto Isaac (basada en es su libro Batallas en el desierto), así como Viento distante/ En el parque hondo de Salomón Laiter, y Viento distante/ Los niños/ Tarde de agosto de Manuel Michel.

Dice El poeta en el poema “A quien pueda interesar” que a él sólo le importa el testimonio del momento que pasa, las palabras que dicta en su fluir el tiempo en vuelo, y lo tiene sin cuidado llegar a hacer el gran libro, un espejo de armonía.

Pacheco reescribe mucho, piensa, se deleita, paladea.

La arena errante, poemas escritos entre 1992 y 1998, es un envío de amor a la medusa, la flor de mar, la Desconocida que sale al paso y acecha, desde el Eclesiastés. “La verdad es que esas espectrales danzarinas sobre las olas, en vuelo flotante, lleno de ductilidad, perfección y acorde absoluto con el ritmo de la marea, despliegan su dicha de vivir por un instante”.

Para el poeta las medusas no pertenecen a nadie celestial o terrestre: son de la mar que nunca será ni mujer ni prójimo; peces de la nada, plantas del viento, y en ocasiones se les llama gasas de espuma. Cuando era niño le advertían que se limitara a contemplarlas, pues le dejaban su quemadura, la marca de fuego que estigmatiza a quien codicia lo prohibido.

Del mismo libro la descripción del infante que fue y jugaba con los médanos que parecían nubes que al derrumbarse por tierra se transformaban en arena errante.

Apunta: “Somos del tiempo que nos da un segundo”.

Narra Pacheco que cuando soplaba el norte hacían estragos en su casa: el viento se le filtraba. Llegó el día en que plantaron las casuarinas para anclar la arena, pero como consideraron que era un mal árbol, talaron y borraron los médanos. Ahora sólo queda la playa, su memoria, donde crece el desierto.

Confiesa que desde niño aborrece las jaulas y le dan tristeza los arreglos florales. En esa época leyó El castillo de los Cárpatos de Jules Verne y pensaba que los ancianos habían nacido así, que eran de otro planeta. Nos cuenta que Verne inventó el cinematógrafo cuando creó a un personaje, el barón de Gortz, que a su vez se valió de un medio para preservar la voz de Stilla, su amada muerta. La anécdota le valió a Pacheco para decirnos que a pesar de la larga transición que lo ha hundido velozmente en la vejez, no perdió la memoria de la muchacha muerta, que ahora está más joven que nunca en un video.

Expresa: “La muerte es muy joven y yo soy un fantasma”.

“Memoria” es un poema que sugiere que no la tomemos muy en cuenta. “Quién te dice que no te está contando ficciones para alargar la prórroga del fin”.

Un texto irresistible: “¿Qué fue de tanto amor?” Escribe: “Un cuaderno que ya no se usa y está amarillento y comido por los ratones, Escrito a máquina, algo tan anticuado como las runas ahora… Todo se ha deshecho. Ha regresado el polvo. Está a punto de ser el vacío del vacío, que aquel amor colmó por un instante”.

 

(foroabiertodenovelanegra.wordpress.com)

José Emilio Pacheco elogia la fugacidad, la dicha del gran cambio perpetuo.

En su camino hacia el haikú atrapamos la “Fragancia”… “porque si uno se acaba y pulveriza, en cambio ella será flor siempre para aromar nuestra noche”.

El poema llamado “Árbol” encanta porque no conoce la oscuridad. “De noche se enciende con el verdor hirviente en sus ramas. Cuando lo contemplamos ahogado en sombra arde en su adentro toda una hoguera de savia”.

“Las tinieblas son culpa nuestra. El árbol no entiende de ellas”.

En la tercera parte de La arena errante aparece “El jardín de las delicias”, donde El Bosco encierra al poeta en una burbuja. “Ves mi desesperación y no me tiendes la mano. De todos modos sería imposible la salida: me falta la dimensión que el pintor me arrebató para someterme”.

Una rasgadura, la forma en que la baba se vuelve seda. “La araña secreta sus secretos y al darles forma los expone a la vergüenza pública… Las telarañas se relacionan con el olvido, el abandono, la ruina: la trampa, la tortura y la muerte… escribe en la oscuridad un tejido de luz indescifrable”.

Rubén Darío en el burdel recuerda a esa mujer tan bella que borraba el pecado original y en vez de serpiente ofrecía la manzana intacta a la sombra del árbol del paraíso. Para José Emilio Pacheco, una noche se fue como disuelta en el aire y Rubén Darío no volvió a verla, pero dejó su recuerdo inscrito en esa rosa sexual que al entreabrirse, conmueve todo lo que existe.

En la cuarta de forros de La arena errante se dice que para Joseph Brodsky sólo la poesía es capaz de tratar con la realidad, gracias a que la condensa en algo asible, que la mente no podría captar de otra manera.

El mismo Pacheco le dedica a Brodsky el poema “La estación total”: “Otoño extraño, la estación en que los meses se concentran para esperar su renovada muerte y su otro nacimiento del que no somos parte… Son, insisto, dones, hay que esforzarse para merecerlos”.

Los trabajos del mar son “los trabajos del amor”, diría Giorgio Seferis en Mythistorema. Con un cariño realmente fraternal, visualiza al pulpo, ese oscuro dios de las profundidades, que parece helecho, hongo o jacinto. Esa belleza nocturna, experimenta el esplendor que navega, cuando alguien le lanza un arpón:”…De sus labios no mana sangre: brota la noche/ y enluta el mar y desvanece la tierra, / muy lentamente mientras el pulpo se muere”.

En el poema “Veracruz, 1955”. “Cada ola vive de la muerte de la otra. Que toma su fuerza para diseminarla”.

(“cómo sufre esta roca atada siempre a su noria de espuma”).

El pretexto sería acercarnos a la ceguera inteligencia de la naturaleza, a la debilidad de la piedra. El viento pide lo suyo y la costa vuela en el diluvio, vibra la muerte, no hay quietud ni polvo. Todo esto es para que el mar se resigne a ser, una vez más, el poderoso vencido, “bullente en el calor de la noche”, se menciona en el poema “El puerto”, del mar que lleva adentro su cólera, pues es sepulcro de las letrinas, de hierros oxidados, petróleo, mierda.

Asfixiado el mar –aduce Pacheco— ya progresamos hacia el fin del mundo.

El poeta lleva tan dentro el mar que su rumor es como el caudal de su sangre. “Y desde mi subjetividad deleznable, el mar se habría cambiado en desierto cuando ya no esté aquí para mirarlo y amarlo…”

De las costas que no son suyas, por ejemplo: Chartres de hierro, catedral de los mares. Del muelle de Nueva Orleans, del Misisipi, dice que es un río que nunca emplea la palabra reposo, pues socava la tierra firme. “Y un día terminará con todo lo que no es agua y acabará por imponer su ley de arena a los mares”.

“Prosa de la calavera” es un poema-diálogo y verdad: tú y yo, nosotros dos, vosotros, los otros, los innumerables ustedes que se resuelven en mí.

 

(www.jornada.unam.mx)

Seguramente con la relectura de la obra de Miguel Cervantes volvió al lugar común para simbolizar la sabiduría. De la muerte habla así: “Si la carne es hierba y nace para ser cortada, soy a tu cuerpo lo que el árbol a la pradera. Ni invulnerable, ni perdurable, resisto un poco más y eso es todo. Es cierto, gracias a la existencia de la muerte todo es irrepetible y efímero”.

Expresa José Emilio Pacheco que Saint-Just no se equivocó, “y en efecto el arte de gobernar no ha producido sino monstruos”. En el capítulo “Ocasiones y circunstancias” de Los trabajos del mar homenajea a Juan Rulfo con sus propias palabras: “¿Quién haría este llano tan grande?” “¿Para qué sirve este llano tan grande?” Agrega Pacheco: “No hay conejos,/ no hay pájaros,/ no hay nada”.

También se dirige a Efraín Huerta y le grita que no está muerto. “En esta inmensa zona de desastre que es México/ nosotros somos los cadáveres”.

Las sátiras de Pacheco son formidables: “Me dan ganas de huir al océano helado/ cuando escucho hablar de moral a los que viven/ en prevaricaciones incesantes”, o “Arrímate a la mesa del poderoso/ si consideras el mayor bien vivir/ del pan ajeno. / Te dará las sobras/ y un día te pasará la cuenta sin falta…Pues bien: si te necesita/ es a modo de cómplice, a guisa de bufón/ o para lamer sus zapatos”.

Y otra que también viene a cuento: “Si crees ser libre y hablar a nombre del pueblo/ será mejor desengañarte ahora mismo/ No te sientas un héroe con tus versitos./ El desdén que los recibe/ prueba tu pequeñez…”

Afirma que la mejor parte de nuestro ser son las lágrimas. “No hay ningún mal que pueda sernos ajeno”.

Argumenta sobre la edad de plástico que arremete contra el pulpo, por ejemplo, de donde brota la noche y enluta el mar y desvanece la tierra. “Somos como promesas del delito y la infancia”.

Su certeza de que cuando los hados otorgan el reino a los esclavos y a los cautivos el triunfo, la libertad es más rara que un cuervo blanco.

Algo bellísimo ocurre con Jonás en el vientre de la ballena, pues además de mirar procesos digestivos, violencia pura, cardúmenes, una teoría del estado moderno, imagen del desamparo humano, retorno al paraíso prenatal irrigado por el fluir de la corriente sanguínea, Jonás, según Pacheco, reflexionó en la esperanza de que algún día ya no será la vida, tan sólo breve, brutal y siniestra.

Con respecto al mar, dice que si éste se calmara, el tiempo dejaría de fluir.

 

(www.adiariooaxaca.com)

A propósito de la muerte o la calavera o el demonio de los Evangelios, cuyo nombre verdadero es Legión, parte integral de la vida: “El ombligo del mundo, el centro del universo”.

Dos poemas hermosísimos, el de la granada que goza de su esplendor, y la camelia, ese arbusto en forma de nube, que flota en esa luz hecha de espuma.

Esa idea redundante del poeta de verse sin nada, como al principio: “Sapos y lagartijas nuestro alimento,/ sal nuestra vida, polvo nuestra casa./ Añicos y agujeros en la red/ nuestra herencia de ruinas…”

Pacheco le llama poesía a ese lugar del encuentro con la experiencia ajena. “Me parece un milagro/ que algún desconocido pueda verse en mi espejo”.

Pacheco y ese afán de renovar la palabra.

Medio siglo y cachito de la creación de Los elementos de la noche, del poema “Enredadera”, descubre la misma sombra.

Debo decir que parece un poema nuevo y el mismo, “donde la destrucción se sacia”: infinidad de relecturas y correcciones.

La noche, para el poeta es oquedad y en su corteza ha nacido el temor.

En “De algún tiempo a esta parte”: “…mírate, mírame, mirémonos empezamos a morir y a darnos cuenta de que el misterio no va a exterminarse nunca”.

Seguiremos tarareando las canciones de Pacheco a la ola, a la arena, a la disolución de las horas, a la playa, al mar y la tierra, al límite y la tortura.

“Es extraño llamar tierra al planeta errante en donde navegamos siempre en tinieblas”.

En el poemario Los trabajos del mar, el poeta escribe “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”. La entrevista que Moore le propone alrededor de su obra la resume Pacheco en la brevedad: “Sigo pensando que la poesía no es otra cosa que una forma de amor que sólo existe en silencio…”