Mascotas

Los niños tienen una natural atracción por los animales. Desde pequeño deseaba con anhelo poseer un perro… pero mi padre, sin dejar de ser generoso y amoroso, tenía una aversión hacía los perros y gatos

POR Teófilo Huerta

Los niños tienen una natural atracción por los animales. Desde pequeño deseaba con anhelo poseer un perro… pero mi padre, sin dejar de ser generoso y amoroso, tenía una aversión hacía los perros y gatos

(www.couriermail.com.au)

Hace unas semanas el perro de casa cumplió dos años de edad.

Lo que naturalmente puede parecer de lo más trivial para la mayoría, igual y paradójicamente para aquellos que tienen mascotas y les significan algo, el hecho no resulta tan trivial.

Por lo mismo subrayo el perro de casa, o más entrañablemente, el perro del hogar; porque no se trata del perro callejero y desconocido que apenas si advertimos –y que también puede ser querido, como en la canción interpretada por Alberto Cortés—, ni del latoso perro del vecino. No, se trata del propio, del –dejémonos de hipocresías— querido y hasta amado, del mimado, de ese ser singular en el que hallamos mucho de humano –o así lo queremos ver—, pero con peculiaridades que nos atraen más como su lealtad, su incondicional afecto, su sorprendente educación. Quizá lo que más nos gusta de una mascota sea lo diferente que es de la especie humana.

Los niños tienen una natural atracción por los animales. Desde pequeño deseaba con anhelo poseer un perro… pero mi padre, sin dejar de ser generoso y amoroso, tenía una aversión hacía los perros y gatos. Hube de conformarme con las visitas a escondidas y con el permiso de mi madre que curiosamente hacía un perro, que no estoy convencido haya sido callejero, sino de algún vecino lejano que lo dejaba salir; de cualquier manera, el animalito fue rebautizado por nosotros como Solovino. Así haya sido de manera esporádica, fue mi primer perro.

Tras la muerte de mi padre, las mascotas tuvieron visa en casa de mi madre. Llegó así el Yaqui, un Fox Terrier negro con manchas cafés del que recibí los primeros lengüetazos y mordidas cariñosas en el mentón cuando el muy barbero me recibía y esperaba que lo sacara a pasear. No me porté muy bien con él, pues apenas yo con nueve años abusé de su capacidad de juego y lo convertí una y otra vez en un toro al que no solamente lo hacía pasar por el capote-cobija, sino que realmente, aunque no lo picara, recibía banderillas y espadas para ser finalmente arrastrado al callejón, en el que lo dejaba resucitar para una nueva “corrida”. La inexperiencia de la atención médica nos lo hizo perder de un fatal moquillo cuando apenas rebasaba los dos años.

Como en el caso de las mascotas sí existe el remplazo afectivo, arribó Risky, un maltés color miel, nervioso como él mismo. Fue mi gran compañero de la adolescencia, sólo que un hueso que se le atoró le lastimó el estómago, hubo de ser intervenido y ya no se recuperó; no llegó a los cuatro años.

El Yaqui segundo, otro Fox Terrier ahora blanco con manchas negras, se cimentó en la casa. Juguetón a decir basta llenó mis días de juventud y hasta los rebasó porque solamente la vejez nos lo arrebató más allá de los 15 años, justo un mes antes de mi matrimonio.

Cuando conocí a mi mujer, ella igualmente amante de los perros, tenía hasta tres: dos pequineses que murieron por la edad y una cruza de pequinés con maltés de color negro que se enceló cuando me casé con su dueña y huyó.

 

(blogs.telegraph.co.uk)

Después de casado y al no llegar la cigüeña, le regalé a mi esposa al Risky II, que ella rebautizó como Risky Peluche… a los dos días ya lo teníamos enfermo de pulmonía al no resistir su primer baño. Salió del trance y sólo lo conservamos los primeros meses, porque a la mera hora llegó la cigüeña y queríamos toda la higiene alrededor de nuestra hija. El perrito fue a dar a la casa de la suegra y obviamente entre la distancia y la prioridad de amor de la hija, luego del hijo y otra hija, no recibió de sus originales dueños las atenciones debidas. No obstante hubo seguimiento de la evolución del animalito, que por enfermedad en su avanzada edad sí terminó sus días en nuestra casa con los niños ya grandes.

La realidad de la auténtica paternidad, además de las responsabilidades, despertó en mí sentimientos únicos e indescriptibles. Mis hijos me fascinaron y llenaron días, semanas, meses, años, y por supuesto lo siguen colmando de ventura y satisfacción. Pero durante mucho tiempo de su infancia y pubertad reprimí el cariño que nunca negué a los animales y no estimamos mi esposa y yo tener mascotas, aunque naturalmente llegó el momento en que nuestros niños los demandaron. La falta de espacio y el poco interés de nuestra parte postergó una nueva adopción animal. Aunque llegó el día en que mi mujer me convenció de que de plano ya no habría un nuevo perro en casa o era la última oportunidad antes de que los chamacos dejaran la adolescencia.

Producto de un regalo llegó Dodi (el resto de la familia lo escribe Doddy) un cachorro Schnauzer pimienta. De inmediato conquistó a los cinco integrantes del hogar y se posicionó con todos los derechos y ventajas como el sexto, como el niño de la casa, su mérito: él también sabe cumplir sus obligaciones.

Hace unos días Dodi cumplió dos años, y sí, se los festejamos.