Para desentrañar la muerte de Neruda

De acuerdo con los primeros exámenes radiológicos e histológicos realizados a los restos del escritor por el Servicio Médico Legal de Chile, Neruda efectivamente padecía de un cáncer de próstata avanzado y metastásico. Los restos del poeta fueron exhumados el pasado 8 de abril para determinar la causa de su muerte. Óscar Guardiola-Rivera explica por qué es importante conocer la verdad

POR Óscar Guardiola-Rivera

De acuerdo con los primeros exámenes radiológicos e histológicos realizados a los restos del escritor por el Servicio Médico Legal de Chile, Neruda efectivamente padecía de un cáncer de próstata avanzado y metastásico. Los restos del poeta fueron exhumados el pasado 8 de abril para determinar la causa de su muerte. Óscar Guardiola-Rivera explica por qué es importante conocer la verdad

(www.minci.gob.ve)

El 22 de septiembre de 1973, el laureado premio Nobel Pablo Neruda –a quien Gabriel García Márquez llamó “el más grande poeta del siglo XX”— recibió una visita en su habitación del hospital Santa María en Santiago, capital de Chile. Entre otros se encontraban ahí los embajadores Harald Edelstam y Gonzalo Martínez Corbalá, de Suecia y México, respectivamente, ofreciendo un avión al bardo y a su esposa Matilde para que volaran al exilio.

Sabemos de su conversación gracias a los documentos aún no publicados del Archivo Nacional de Suecia. De acuerdo con Edelstam, encontró al poeta “muy enfermo”, aunque tenía deseos de viajar a México. En un memorándum enviado a sus superiores, Edelstam  señala: “En sus últimas horas [Neruda] no sabía o no reconocía que sufría una enfermedad terminal. Se quejaba de que el reumatismo le impedía mover sus brazos y piernas. Cuando lo visitamos, Neruda se estaba preparando lo mejor posible para viajar… a México, donde haría una declaración pública contra el régimen militar”.

Eso hacía al poeta peligroso para algunas personas muy poderosas, quienes habían demostrado no detenerse ante nada con tal de defender sus intereses. Era la gente que había derrocado a Salvador Allende de la presidencia, menos de dos semanas antes. Allende murió en un golpe de Estado, orquestado no tanto para acallar las voces disidentes como para cambiar de régimen. Otra voz, la del cantante popular Víctor Jara, fue segada cuatro días después. Neruda se mantuvo. Tal vez era el más fuerte. Su rostro sin duda era el más reconocible en todo el mundo. Era demasiado peligroso.

Un antiguo director de campo de concentración y admirador del franquismo español, Augusto Pinochet, días antes había bombardeado el palacio presidencial y derrocado a Salvador Allende, amigo de Neruda.

En grabaciones, miembros de la Junta expresaban la mañana del 22 de septiembre que si Neruda tomaba un avión hacia el exilio, éste caería al mar. Por la tarde, las estaciones de radio bajo el control militar anunciaron que el poeta probablemente moriría en las siguientes horas, al tiempo que el vate era llevado consciente al hospital. Al día siguiente, Neruda estaba muerto.

 

Augusto Pinochet y Salvador Allende (www.20minutos.es)

Ese misterio histórico por sí solo explica por qué su cuerpo fue exhumado. Pero hay razones más precisas en un momento en que el destino la izquierda latinoamericana está en la balanza. La muerte de Hugo Chávez, uno de los líderes izquierdistas en la región afectados de cáncer, se ha combinado con los más de 700 atentados documentados contra Fidel Castro para originar todo tipo de teorías conspiratorias.

Más importante es el hecho de que una nueva generación de activistas mundiales enfrenta una crisis que parece interminable y con muy pocas alternativas, necesita reconectarse con la vibrante imaginación política de Neruda. La cuestión no es si el tipo de compromiso que él encarnó en vida es posible hoy, sino si la tecnología, y las instituciones que usamos para administrarla, pueden sostener el tipo de libertad por la que él abogó en su poesía.

En ese contexto, la vida de Neruda y la sombra que proyecta su muerte constituyen un arma en la era de Google con la cual la nueva generación de activistas en la red puede enfrentar las narrativas represivas, obsesionadas con la austeridad y francamente aburridas.

Neruda no estaba sorprendido por el golpe de Estado de 1973 –la mayoría de la gente sabía que las consecuencias de restaurar “el orden económico” serían viciosas, y muchos las veían como necesarias—, pero que éste no era inevitable: bajo un acuerdo aceptado tanto por la coalición de gobierno como por la oposición, el presidente Allende iba a convocar un referéndum y habría renunciado si el resultado le resultaba adverso. Eso hacía innecesaria cualquier demostración de fuerza por el sector más pequeño pero influyente dentro de las fuerzas armadas chilenas. Pero los conspiradores estaban decididos a cambiar el régimen, por lo que adelantaron la fecha del golpe de Estado, sometiendo a la sociedad chilena a un juicio por fuego para curarla de un supuesto y amenazante “cáncer” comunista.

La invocación de “cáncer” para proveer las reglas del pasado con el pretexto de desatar una guerra en el exterior y la represión en el país se refleja en las preguntas que hoy se plantean sobre el cáncer de Neruda.

Neruda y los otros individuos detrás de la revolución chilena de principios de los años 70 cometieron errores y fueron al menos parcialmente responsables de las consecuencias. Pero la verdadera historia detrás de su derrota y muerte no ha sido contada todavía. Esa es una de las razones por lo que la gente busca descubrir nuevas verdades, con la esperanza de arrojar algo de luz sobre los orígenes de nuestros problemas actuales.

 

La exhumación (eleconomista.com.mx)

A través de historias, testimonios y documentos desclasificados en Estados Unidos o revelados recientemente como los del año pasado por Wikileaks, ahora sabemos que el destino de Neruda y otros como él se había decidido mucho antes de que tuvieran cualquier atisbo en administrar mal la economía o dividir a la opinión política. La persecución de la izquierda había comenzado en Chile desde principios de 1948, a instancias de un gobierno estadounidense inundado de paranoia anticomunista.

Ese año, una polémica medida conocida como The Damned Law (“La Ley Maldita”) proscribió al Partido Comunista Chileno, enviando el liderazgo comunista al exilio y encarcelando a cientos de militantes en el campo de Pisagua bajo las órdenes de un joven teniente llamado Augusto Pinochet –el director del campo de concentración que se convertiría en dictador de Chile y un amigo e inspiración de Margaret Thatcher.

Neruda, radicalizado como muchos otros en la lucha antifascista de los años 30 y 40, decidió abandonar el país. Temiendo por su vida que cruzó los Andes en un caballo, llevando consigo el manuscrito de su poema épico Canto general, antes de llegar a México gracias a la ayuda de sus amigos Pablo Picasso y Diego Rivera.

Su segundo exilio hubiera sucedido en 1973. La conversación de Edelstam con Neruda ocurrió apenas dos horas antes de que el poeta se fuera dormir, para ya no despertar. Cuando el diplomático sueco fue a la casa de Neruda a ofrecer sus condolencias, la encontró destruida. Los hombres de Pinochet estaban decididos a borrar todo vestigio de su existencia. Harían lo mismo con miles de personas durante un reinado del terror que se prolongó por casi dos décadas. Es por eso tanta gente contiene la respiración para averiguar qué pistas puede arrojar el cuerpo exhumado de Neruda.

 

Tomado de: The Guardian. Abril 10, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.