Senil depresión

Regresas al sillón y fijas tu mirada allá, afuera, traspasas la ventana y sabes que no tienes algo que en ese momento no te resulte hostil; ventanas y más ventanas al frente, escaleras grisáceas de cemento con un barandal a punto de venirse abajo, gatos malolientes que se entretienen en los bordes de cada escalón, bajo la luz débil de los focos de 60 watts

POR Severino Ortega Menchaca

Regresas al sillón y fijas tu mirada allá, afuera, traspasas la ventana y sabes que no tienes algo que en ese momento no te resulte hostil; ventanas y más ventanas al frente, escaleras grisáceas de cemento con un barandal a punto de venirse abajo, gatos malolientes que se entretienen en los bordes de cada escalón, bajo la luz débil de los focos de 60 watts

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Diablos, despierto de cualquier pesadilla recurrente, deben ser más de las tres de la mañana, lo sé porque últimamente abro los ojos a la misma hora, presa de un enfermo reloj biológico alterado, tal y como sucede con todos los relojes de los viejos; acepto, tras abrir los ojos dificultosamente para enterrarme primero en un negruzco mar apenas con una que otra boya de luz que consigue entrar por las orillas de las cortinas, que el insomnio también se vuelve rutinario, que una de las maldiciones más certeras de la vida es que todo termina por serlo, y te puedes leer cuanta mierda de superación caiga en tus manos, pero lo cierto es que lentamente te exprimen lo que al principio presumías llevar dentro de ti; me levanto y sigo las recomendaciones para que un viejo lo haga sin poner en riesgo ninguna articulación o hueso, intento estirar los brazos siguiendo las últimas prescripciones de una doctora con el culo más hermoso que he visto y permanecen atontados, una extensión inútil que sólo me sirve de vez en cuando para conseguir el movimiento necesario para una fiel masturbación; tengo el cuerpo adolorido (lo descubro en cuanto me paro en pose idiota frente a mi único espejo de cuerpo completo), la garganta reseca (tampoco es que quiera hablar con alguien, ya lo odio, no lo necesito), la boca pastosa (procuro no culpar al cigarro, prefiero culpar a la contaminación) y me arde terrible la planta de los pies, como si al bajar de la cama no lo hiciera en otro lugar sino en el cráter de un volcán en plena erupción; qué chingaos pasa, cuándo se me fue lo que creía tener entre las manos; consigo sobreponerme al primer latigazo de realidad, coloco mis rotos anteojos (regalo de una nieta hace un par de años), intento bostezar y me sale un pujido de ésos que seguramente hacen los que se van a morir una vez que están en la cama del hospital o en su casa, cuando el brillo en la mirada ya se ha ido y lanzan ese pujido para advertir que se van, están por ponerse a salvo de un mundo por demás agresivo; así que no camino sino que arrastro los pasos, ando sobre esas piedras candentes, llego hasta el único sillón que conforma mi sala, me derrumbo en él tranquilo, como lo he hecho en tantas otras ocasiones, aunque, para ser sinceros, en mis buenos tiempos también me fue útil para coger, cuando la mujer en turno se sentaba en mis piernas y conseguíamos acomodarnos de tal manera que bastaba con que levantara los talones para penetrarla una y otra vez mientras ella entrelazaba sus brazos en mi espalda; luego me quejo como si hubiese caminado 100 metros, y apenas son unos cuantos pasos, recargo mi cabeza (tengo un ligero aguijonazo en la sien derecha) en el respaldo, enciendo con dificultad el onceavo cigarro desde que acompañé a Olivia a la estación del Metro e intento estirar las piernas, aunque sólo consigo moverlas un poco, y mi mirada se abre frente a una sórdida ventana con las cortinas rojas corridas hacia el lado izquierdo; admiro la miseria con la que convivo día con día, fiel a tus gemidos, fiel a tus años que se desmoronan como pan sobre la mesa de cualquier fonda, descubres que en ocasiones el rencor es una mascota sin nombre que consigues alimentar a diario con la mitad del odio que guardas para ti y para los cuatro indeleznables lectores; y si ustedes creen que los mejores años han pasado para este viejo, puedo decirles que están terriblemente equivocados; al menos ahora ya nadie nos desprecia como cuando éramos jóvenes, al menos ahora ya se ríen de nosotros de manera más discreta, así que me vuelvo a poner de pie, otra vez arrastro los pies y otra vez una marea de lava entra por debajo, llego hasta una sucia taza del baño, me saco la verga del calzoncillo amarillo y permanezco ahí durante unos cuantos minutos; aguada entre mis dedos, colgante, hasta que se le dé la chingada gana escupir la primera orinada del día; apenas un chorrito que me deja entre la pena y la risa; recargo la cabeza en la pared, justo arriba de la taza y admiro cómo ese chorrito se enreda entre el agua turbia; creo que hasta podía asegurar se coge a una agua por demás tranquila, luego regreso la verga a su lugar tras una sacudida donde compruebo una flacidez que me deja sin aliento, y antes de salir veo mi rostro en el espejo, ¿quién chingaos eres, Severino, quién chingaos eres?, mientras aparece lo amarillento en una sonrisa postiza de mala calidad, pues el dentista no quiso fiar, que el morder algo duro me puede dejar sin ella, triste como aquel payaso que regresa en el Metro tras divertir a estúpidos niños en cualquier fiesta.

 

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Regresas al sillón y fijas tu mirada allá, afuera, traspasas la ventana y sabes que no tienes algo que en ese momento no te resulte hostil; ventanas y más ventanas al frente, escaleras grisáceas de cemento con un barandal a punto de venirse abajo, gatos malolientes que se entretienen en los bordes de cada escalón, bajo la luz débil de los focos de 60 watts del pasillo, hasta que sea la hora de divertirse para generar aullidos lastimeros, dolorosos, aunque también llenos de placer, tal es una de las contradicciones en algunas estupideces de la vida donde a cada paso, a cada momento, tienes dos opciones: sigues ahí, en ese ejercicio ridículo de partir con aire tus pulmones, o acabas con ello, te armas de un estoico vencimiento y abres las llaves del gas, tomas pastillas, te avientas a cualquier avenida o te sientas en la taza del baño, recargas el brazo en tu pierna y haces un tierno dibujito con una de tus navajas preferidas, porque si se trazan mapas como proyectos de vida también se pueden dar clases de geografía mórbida con mapas de tal tipo, y ahí tienes entonces la decisión entre tus manos antes de andar por ahí lamentando tu suerte, maldiciendo a todos los dioses (cuando en realidad ellos te maldijeron a ti desde antes), llorando por todos los rincones y causando lástima frente a los demás cuando sean tantas y tantas quejas que en algún momento opten por prescindir de tu amistad, la cual no deja buenos resultados. Todo ese me repito antes de quejarme, cuando sé que conviene más tragar el odio, beber whisky hasta quedar idiota y respirar de la soledad que te acompaña cuando las mujeres se largan.