Seudónimo Quincey 32

Aparecía Clara. Tan parecida a su última esposa. Al menos para él. Había muerto cinco años atrás. El corazón. De lo más extraño: nunca presentó alguna dolencia. Y una mañana amaneció muerta. Dejó de latir. Su corazón. A su lado. Mientras dormían

POR Óscar Garduño Nájera

 Aparecía Clara. Tan parecida a su última esposa. Al menos para él. Había muerto cinco años atrás. El corazón. De lo más extraño: nunca presentó alguna dolencia. Y una mañana amaneció muerta. Dejó de latir. Su corazón. A su lado. Mientras dormían

Tren_1Train and Cases (dark-wallpaper.blogspot.com)

De entre tantos hombres por admirar, el mayor de los Berterguer lo escogió a él. Una de las claves para la policía. El único periódico que de vez en cuando llegaba en tren al pueblo entre tantas y tantas cajas de distintas mercancías traía en alguna de sus páginas una breve nota: Carl Tanzler. Con una burda  tipografía un recuadro debajo de una fotografía en sepia del rostro de un hombre avejentado con lentes de pasta daba cuenta: Radiólogo alemán. Esa era su profesión. Datos sueltos. De esos que parecen rodear momentos familiares, académicos y laborales. De hecho, el mayor de los Berterguer dejó por un momento el periódico, encendió un cigarro Lucky Strike, estiró las piernas, admiró por un instante sus grandes zapatos bicolores, soltó el humo y, recargado en un féretro color vino, retomó la lectura justo donde concluían los datos sueltos. Cuando preparas a los muertos y los entierras terminan por aburrirte los números. Es algo en lo que ponen especial atención los familiares. Fecha de nacimiento. Fecha de muerte. Y llegó al último párrafo. Algo encontró ahí que atrajo su atención. Soltó el cigarro Lucky Strike, lo pisó, dobló en cuatro partes la hoja amarillenta del periódico y se lo acercó como si presentara problemas de visión. De manera suave. Así hizo la lectura. Sopesando cada palabra, aun cuando el redactor no era tan bueno para contar historias. Carl Tanzler. Repitió el apellido en voz alta. Parecía disfrutar del sonido de la z. Algo ocurrió en ese momento con sus pensamientos. Fue con esa lectura.

Lo primero que hizo tras conocerla fue pensar en ella. Insistente. Interrumpía cualquier otro pensamiento. Aparecía Clara. Tan parecida a su última esposa. Al menos para él. Había muerto cinco años atrás. El corazón. De lo más extraño: nunca presentó alguna dolencia. Y una mañana amaneció muerta. Dejó de latir. Su corazón. A su lado. Mientras dormían. Avisó a su hijo. Los dos hombres la enterraron. El mayor de los Berterguer escogió el mejor de los féretros con los que contaba. Un buen rato se llevó en dejarlo impecable. También un buen rato se llevó para dejar de pensar en ella. Para dejar de sentirse culpable. Motivos tenía. Y a los pocos meses de llegar a ese pueblo, una vez que vendió la casa que perteneció a su esposa, apareció Clara. Insistente. Aunque por las noches conseguía dominar un poco sus pensamientos y dormir. En turbios sueños también. Algunos de ellos sexuales. En la mayoría Clara desnuda. Un pueblo tan pequeño como ese del sur facilitaba los encuentros casuales. El mayor de los Berterguer los provocó. Espiaba. Luego caminaba de prisa, se hacía el recién llegado si se trataba de la iglesia o de otro lugar. El hombre que da vuelta en la esquina de la calle. Ahí daba con Domingo y con Clara. Suficiente con estrechar una mano más bien pequeña y delgados dedos. A escondidas luego olía la suya. Aroma floral. Como cualquier pensamiento que circula y circula el de Clara terminó por convertirse en una obsesión. Al comienzo el mayor de los Berterguer parecía satisfecho tras masturbarse dentro del baño de la agencia funeraria. Luego no fue suficiente. De qué le valía tanta fútil excitación. De qué si en esos momentos Clara (ahora era su Clara) se la chupaba al imbécil de Domingo. Mientras, los muertos parecían ir en aumento. Algunos de manera misteriosa. Se decía entre los pobladores que una enfermedad desconocida azotaba a un pueblo ubicado a unos cuantos kilómetros de ahí. De cualquier manera, el negocio de los funerales Berterguer parecía prosperar. Aunque tal hecho poco alegraba a su propietario. Seguía con la costumbre de hojear cada que llegaba el periódico. Y en una de esas había dado con la página de los obituarios. Los leía tras encender otro Lucky Strike, emocionado. En cierta ocasión incluso tomó una hoja del block de recibos y en el reverso se atrevió a redactar dos breves obituarios. Luego los presumió con los primeros clientes que llegaron. Les dijo que si escogían uno no tendría costo adicional a los servicios funerarios. Él mismo se encargaría de transcribirlos en un pedazo de cartón y de pegarlo afuera de los funerales Berterguer. Uno de los clientes  incluso se sintió ofendido. No tan fácil te pones a escribir acerca de alguien que ni siquiera conoces. Es una tradición, dijo el mayor de los Berterguer.

 

Tren_2(The Apprenticeship (streetjesus.info)

Hasta que Clara desmejoró. Primero una enfermedad que nadie se explicó. Luego se supo que se trataba de una infección en los pulmones. Al paso de unos cuantos días falleció. El mayor de los Berterguer entristeció en cuanto se enteró de la funesta noticia, sacó el mejor de sus trajes oscuros, boleó sus zapatos bicolores, y antes de salir rumbo al velorio, tomó una cajetilla nueva de cigarros Lucky Strike.

Entró a la casa. Por primera vez se admiró frente al moño negro que pendulaba del umbral de la puerta. Murmullos. Es lo primero que escuchó una vez que llegó hasta donde se encontraban los hombres. También a dos señoras hincadas con las manos entrelazadas. Rezaban. Movían sus labios. Entonces sintió las miradas. Era muy pronto para que él llegara a ofrecer sus servicios. Podía al menos esperar unas cuantas horas más. Permaneció de pie. Su Clara estaba tendida en el suelo, sobre un pedazo de cartón, rodeada por varias veladoras encendidas, algunos ramos de blancas rosas y cubierta con una manta blancuzca. Frente a ella. A escasos centímetros. Permaneció de pie. En ese momento el mayor de los Berterguer pensó en muchas cosas. En la muerte lo hacía la mayoría de las ocasiones. Para él era un negocio. Obvio, repasó uno a uno los momentos con su Clara. Al final volvió a pensar en Carl Tanzler.

—Debo preguntar por los costos…

El susurro de Domingo parecía destacar por encima de los susurros de las dos señoras. La mirada inclinada.

—Nada, Domingo: la funeraria cubrirá todos los gastos…

Luego Domingo se alejó unos cuantos metros, quedó cubierto por una oscuridad apenas centellante por las flamas de las veladoras y regresó casi contando cada paso. Insistió. Aquí el mayor de los Berterguer comprendió que hacer cosas así se consideraba una falta de respeto para la familia del difunto en pueblos como aquel. En fin, acordó con Domingo, ya tendría tiempo de pagar luego, no había por qué preocuparse en esos momentos, tampoco quería hablar de dinero ahora, dijo para quitarse al pesaroso hombre de encima.

—¡Ella era todo para mí!

Dijo Domingo mientras miraba fijamente la flama de una veladora. Su rostro se iluminó por un momento: un rostro agotado.

También para mí, pensó el mayor de los Berterguer antes de retirarse.

Seudónimo Quincey 32

Acá al panteón desde entonces Domingo llega una vez a la semana. Lo ha hecho sin faltar desde que hace unos meses falleció Clara. Cada que lo hace aprovecha para cambiar las flores y el agua de los floreros de plástico. También se da unos cuantos minutos para hablar con ella. Quién sabe lo que se dicen

POR Óscar Garduño Nájera

Acá al panteón desde entonces Domingo llega una vez a la semana. Lo ha hecho sin faltar desde que hace unos meses falleció Clara. Cada que lo hace aprovecha para cambiar las flores y el agua de los floreros de plástico. También se da unos cuantos minutos para hablar con ella. Quién sabe lo que se dicen

(pcsa.michaelwsherman.com)

Tres palomas vuelan asustadas y parece que se estrellan contra las capas de distintas tonalidades que impone un cielo azul. Una de ellas incluso lo parece aún más. Son las diez de la mañana. Al llegar lo primero: una imagen dolorosa que se repetirá con el paso de los días una y otra vez en su memoria. Algunas de ellas no son tan fáciles de olvidar. La tumba rota. Y la figura ensombrecida por las largas ramas de los árboles de uno de los hombres de aquel pueblo ubicado al sur: Domingo. No alcanza a comprender lo que ocurre. Claro, si es que algo ha ocurrido una vez que la tierra se mantiene inerte. Es la tercera ocasión que inclina la mirada. Lo que mira no sólo le duele sino que le perfora las entrañas. Abajo la tierra lodosa se entremezcla con el grisáceo cemento de lo que al parecer era una tumba. También pétalos marchitos de rosas blancas. Clavado casi a propósito un pedazo de la cruz en cuyo centro aparecía escrito el nombre de su esposa: Clara. La fecha de nacimiento. La de su muerte. Hace algunos meses. Falleció de una infección pulmonar que pescó un buen día. Nada de cuidado al principio. Hasta llegó a pensar que se trataba de una gripe. Unos cuantos medicamentos y el único médico en el pueblo aseguró que se pondría bien tras pedirle que contara hasta cinco mientras la auscultaba y recargaba la cápsula del estetoscopio en una huesuda espalda. Cuestión de hacer ejercicios de respiración todas las mañanas luego de despertar. Estirar los brazos. Alzar los talones. Descender. Una tarde le costó trabajo hacerlo. Fue al volver de la panadería. Respirar. Sufría cada que lo hacía. Un incesante dolor en los pulmones. De nada servían ya los medicamentos. Complicaciones. Lo dijo el médico. Y agregó:

—La enfermedad está muy avanzada… no se salva ni llevándola a la ciudad.

A los pocos días terminó con el sistema respiratorio deshecho. Coágulos de sangre cada que Domingo la ayudaba a levantarse dificultosamente de la cama para vomitar. Y los tres bolillos y una dona de chocolate terminaron por entiesarse sobre la mesa.

Acá al panteón desde entonces Domingo llega una vez a la semana. Lo ha hecho sin faltar desde que hace unos meses falleció Clara. Cada que lo hace aprovecha para cambiar las flores y el agua de los floreros de plástico. También se da unos cuantos minutos para hablar con ella. Quién sabe lo que se dicen. Está claro que para Domingo su esposa puede hablar. Así lo dicta la memoria compartida. Y ese día fue el que escogió de entre tantos que tiene la semana para acudir al panteón. A las diez de la mañana. Con la idea de una vez concluida la rigurosa visita acudir a trabajar a la carpintería, donde aún le faltaba por terminar uno de los cuatro bancos, pedido del dueño de la única peluquería del pueblo. Antes compró en un puesto a las afueras del panteón media docena de rosas blancas. En cuanto entra  reconoce el lugar como quien reconoce uno que le resulta familiar. De tantas y tantas visitas Domingo puede asegurar que se lo sabe de memoria. Y no es que el panteón sea grande. Aunque, a decir verdad, conforme han pasado los años el terreno que ocupa parece expandirse mientras las altas cruces delimitan sus fronteras. Al entrar, unos cuantos árboles de gran verdor y tamaño parecen darle la bienvenida.

Clara no está. O sus mortuorios restos. Domingo se niega a nombrarlos así.

—Nada de restos. Es mi esposa, Clara.

Dijo cuando el mayor de los Berterguer se refirió así a ella una vez que le sugirió que los servicios funerarios corrían por cuenta de Funerales Berterguer.

—Restos los de una perra.

No está. Domingo siente una opresión en el pecho. Luego siente que se ahoga. Repentinamente es como si hubiese tragado tantas y tantas de las hojas secas que se encuentran regadas por el piso. Cualquier cosa te esperas menos algo así en un pueblo tan tranquilo como ese del sur. Por eso Domingo ahora también se siente desesperado. Tiemblan sus dos manos y suelta la media docena de rosas blancas. Quién sabe por qué lo hace, pero se mueve deprisa hasta situarse detrás de la lápida e intenta abrazarla. No abraza un pedazo de cemento. Abraza, o lo intenta, a Clara. Está partida por la mitad. Es en este momento cuando se abren las grisáceas persianas.