Agustina y los gatos (III extracto, continuación)

Bajo sus pies sintieron algo blando y gelatinoso. Los diabéticos andrajosos aconsejaron inspeccionar. Era el cadáver de Iega. Con sus pies habían destrozado el cuerpo de la mujer, y sus pedazos yacían junto a los restos de las tres salchichas

POR Roger Vilar

 Bajo sus pies sintieron algo blando y gelatinoso. Los diabéticos andrajosos aconsejaron inspeccionar. Era el cadáver de Iega. Con sus pies habían destrozado el cuerpo de la mujer, y sus pedazos yacían junto a los restos de las tres salchichas

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El mar de gatos se perdía en el horizonte. Era una masa compacta. Dentro del autobús el gato Edmundo volvió a hablar. “Debemos tomar un territorio. Allí nos asentaremos. Allí pondremos nuestras defensas”. “Está bien, pero primero tendremos que buscar a Iega, la mujer del Lenguón. ¡No puedo permitir que mi amigo sea infeliz!” El Lenguón, con una de sus manitas agarró al reportero por la camisa y lo haló hacia abajo. “¡El monstruo me ataca!”, gritó el hombre. “¡Súbanme!”. Pero 40 gatos treparon sobre el lomo del reportero y con sus uñas cortaron las sogas que lo unían al helicóptero.

El reportero cayó al suelo. Lenguón se lanzó sobre él. Con sus manitas intentaba abofetearlo. Pero había un impedimento: como no tenía brazos, como sus muñecas estaban pegadas al torso, todo el ataque se limitaba a un movimiento de dedos que no alcanzaba a hacer daño. Agustina detuvo el autobús. Los primeros gatos de la comitiva se pararon en seco. Los de atrás, arrastrados por la inercia, chocaron, y hubo un derrumbe general de felinos, que se retorcían en el suelo. Pero se pusieron en pie rápidamente. Eran gatos. “¿Qué pasa, Lenguón?”, preguntó Agustina. “¡Eee se o coman os atos!”. El gato Edmundo, caminando con los aires de un león, contradijo al tullido. “No, ahora, no. Lo comeremos después. Agustina debe dirigir un mensaje a la nación. Aprovechemos al reportero. ¿Tienes una tablet? Sí, sí, ah qué bueno. Pues con eso grabas el video y lo envías”. El reportero  no tuvo otro remedio que acceder. “Agustina, ponte en forma para la entrevista –dijo Edmundo. Siéntate en esa piedra. Maquíllenla”. Cuatro gatas untaron sus zarpas de colorete y pusieron unas grandes manchas rojas  en los cachetes de la anciana. Otra le pintó los labios de morado. “Bien, ahora saca el talismán del movimiento”. Agustina, de su delantal, extrajo el dedo reseco de Edmundo y lo mostró con una amplia sonrisa. Los millones de gatos hicieron una reverencia. Agustina empezó a hablar. “Estoy muy feliz de haber recuperado la unidad familiar. Mi esposo Edmundo había muerto, pero resucitó. Ahora está conmigo. Mis hijos se habían ido a trabajar a Estados Unidos, pero ya regresaron. También están conmigo. Además, ahora tenemos millones de amigos. Soy una mujer feliz”, dijo Agustina, y agitó el dedo resecó del muerto a modo de saludo. “Ese, sin duda, amigos televidentes, es el SÍMBOLO PERDIDO”, comentó el reportero, y mandó la entrevista a las oficinas centrales de una televisora. “Ahora a desayunar”, dijo Agustina, y se empezaron a comer al reportero.

 

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Viejo, apoyándose en su bastón, descendía por una barranca. Entre las piedras grises crecían islas de hierbas amarillentas, resecas y enfermizas. Botellas de plástico, muñecas sucias, latas vacías, basura: se aglomeraban en montículos. Su frac negro ondeaba al viento. Se acomodó el sombrero de copa. Los largos cabellos blancos y la barba se agitaban, como los atributos de un patriarca antediluviano. “No se me quita de la mente: La Señorita Marple. Un kzo. Un caso…Kaazo… Marple”, mascullaba. En el fondo corría un riachuelo sucio. El cadáver hinchado de un perro sacaba la lengua. Había una choza de madera, metales oxidados, (MARPLE) y planchas de plástico.

Viejo sacó un fajo de billetes de su frac. Gritó: “¡Iega!, ¡Iega!, ¡Iega! Sal. Te traigo un tesoro.” De la choza salió una mujer de unos treinta años. El pelo largo y enredado no se movía a pesar del viento. ¿Demasiado sucio? Era de caderas torneadas y nalgas prominentes. SEÑORITA MARPLE, El Pes por fin es suyo. ¿Dónde ESTÁS? Su vestido (EL de IEga) alguna vez tuvo un estampado de flores, pero ahora era de un color indefinido gracias a sucesivas manchas de grasa, polvo, y algo que parecía sangre. Era ciega. Se ayudaba de un bastón para no tropezar. “Iega, Iega, te traigo una fortuna. Te la doy, nada más déjame meter mi lengua en tu coño sucio. Mira, mira cuánto dinero”. “Soy ciega, viejo pendejo”. “Bueno, tócalo, tócalo”. Iega palpó el fajo de billetes. “Uhmmm… a lo mejor son sólo papeles y me quieres engañar. No te creo”. “SEÑORITA MarPLE, ezte ez el misterio de TE”, murmuró Viejo. Luego gritó. “Iega, no me hagas esto, sueño con meter la lengua en tu coño y hacerte crecer el clítoris como si se tratara de una montaña rusa. Debes de tener una pestilencia riquísima en tu coño”. “A ver, saca la lengua”, dijo Iega. Viejo sacó su lengua y (A LA SEñoriTA MARpLE le gusta el CHAMpagne) la puso lo más tiesa que pudo entre los pelos de su barba y bigote. La mujer se la tocó. “Ja, ja, ja… Es re chiquita. Con eso no me haces ni cosquillas. Estoy acostumbrada a los 25 centímetros de lengua del Lenguón”. “¡Pero el Lenguón no te puede dar lo que yo te doy! ¡Te regalaré un collar de perlas!”, dijo Viejo y sacó uno de su frac. Iega lo palpó. “Son bolitas. No me interesa. ¿Para qué quiero unas bolitas”. Viejo se desesperó. (LA SEÑOrita Marple Era de ademanes DEMAsiado LEmtoz) “¡Puta, déjame lamer tu coño! Es chiquita, pero te prometo velocidad”. “No, no, a mí me gusta la lengua del Lenguón. Nunca podrás igualar el placer que se siente con una lengua de 25 centímetros. ¡Es como una serpiente Metiéndose en el coño! Y una vez adentro empieza a bailar y a retorcerse. No se compara ni con una verga. La verga está tiesa y ya”. Unos buitres se posaron en el cadáver del perro y le arrancaron las orejas. Viejo sacó una gran salchicha, al parecer alemana, de su frac y se dio a oler a Iega. “Te daré esto”. Iega olió y palpó. “Se ve buena, pero no es suficiente para darte mi coño, pero si quieres pásame la lengua por el culo, también lo tengo bien sucio”. La cara de Viejo se expandió con una amplia sonrisa. (“A MarPLE si le Guztan los POLLOS quemados. Qué diferencia”, se dijo Viejo con voz inaudible) Palpó las nalgas de Iega, redondas y paradas. “Si quieres además de lamértelo, te meto la lengua en el culo. Espero que sepas abrirlo (¿MARPLE era VieJa?) y cerrarlo”. “Sí, claro, como la ventosa de un pulpo. Imagínate, la lengua de Lenguón tiene un diámetro de 15 centímetros”. “Bueno, pues toma la salchicha y empecemos”, le dijo Viejo. “Te parece bien si me la voy comiendo mientras me lames, tengo mucha hambre”, dijo Iega. “¡Nooo… Eso me parece poco romántico!”, gritó Viejo. Los buitres jugaban con los ojos del perro. Hacían malabares. (Señorita MARPLE alguna vez FUE artista de ZirKo) Un ojo era azul y el otro verde. “Esas son mis condiciones. Me como la salchicha mientras me lames el culo”, afirmó con terquedad Iega. Llegaron cuatro buitres más.

 

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Viejo, de su sombrero de copa… De su sombrero de copa sacó otra salchicha, más grande y gruesa que la anterior. (MARple: medio metro de ZALchiKa) “Te comes aquella. Esta te la meto por el coño mientras te lamo el culo” “Aceptado”, dijo Iega, y se acostó sobre una alfombra de huesitos de rata. Mordía con furia su salchicha alemana. (KON fies O Señorita MARPLE: que te AMO). Viejo, babeando, levantó lentamente el vestido. Aparecieron los muslos apetitosos, las nalgas abultadas, suaves. “¡Qué fetidez!”, grito Viejo. “Me embriaga” (SeñoRITA  MARple, le akoncejo que esta sea su UL tima GINEBRA) Seis buitres danzaban tapados por la piel del perro.

“¡Qué fetidez! ¡Eres la PRINCESA DE la Mieerda!”, gritó Viejo mientras abría las nalgas de Iega y observaba su ano semiabierto como una flor de pétalos rosas. Ella era experta en contraerlo. Lo abrió y lo cerró un poco. Luego lo abrió. (LA SEÑOriTA Marple tendrá el MEGOR de su kzos hoy. Definitivo). Viejo abrió un poco más los muslos de Iega. Le levantó las caderas. Entonces vio su coño de labios gruesos, casi hinchados. No, HINCHADOS. Y empezó a meterle la salchicha de medio metro. Iega se meneaba. (SEÑORITA MArPLE: tendrá que HAZER muchas cosas a la VEZ. El kzo del GATO con botas y el de Blancanieves). El coño de Iega se abría de manera espectacular y absorbía la gran salchicha. Viejo introdujo la punta de su lengua en el culo. Iega abrió, absorbió la pequeña lengua, luego cerró. Contraía y dilataba. Se comía la salchicha más pequeña con sus dientes. (SEÑORITA Marple Puede llevar hasta TRES kzos a la VES) Era una verdadera ventosa aquel culo de Iega…. La de un pulpo de los mares ignotos y míticos. Las ventosas del Gran Kraken. “¡Apenas siento esa lengüita! ¡Quiero el tentáculo del Lenguón en mi culo!”, gritó Iega. Viejo sacó la lengua, indignado. “¡Puta, hasta me he tragado un pedazo de tu mierda y aún así me criticas!” “¡Quiero otra salchicha en mi culo!”, gritó Iega. (Haga un Estudio sobre la INCORPORACIón SEñoRiTa MARPLE) LA SEÑORITA MARPLE ES PARTE DEL GABINETE DE GOBIERNO. Oigamos Billie a Holiday. ¡Nadie como las negras! Una salchicha en el coño (alemana), otra en culo (alemana), mientras devora otra salchicha con los dientes. Viejo mira con desconsuelo. Los embutidos lo han reemplazado. Yo no era nadie, lo admito, hasta que descubrí el mezcal. Se debe de combinar con sal de gusano y naranja agria. Se oía ruido. Mucho ruido. Gente que avanzaba entre la basura. SEÑORITA MARPLE, HínQUESe y beba. A ellos los comandaba uno de los mendigos, Pablo Yniestra. Todavía traía colgado el gran cartel: “Soy maniaco sexual y me corren de todas las empresas por andar tocándole los testículos al director general”. Le seguían cien bipolares vestidos con sombreros de charros. MARPLE MAME. Ellos también eran limosneros. Luego un grupo de gallinas. Cuatro monjas que se habían cosido la vagina. Gran cantidad de diabéticos, incontables. ¿Por qué habrá tantos diabéticos? “¡Nos unimos a la revolución de Agustina!”, gritaron todos, y levantaron a Viejo, que accionaba las dos salchichas. (RecuerDE SEÑORITA MARPLE, una en el culo y otra en el coño) “¡Es la esposa del Compañero Lenguón! ¡No la profanarás más! ¡Soy ingeniero!”, gritó Pablo. Iega había quedado abajo, entre los pies de los cientos de limosneros. La pisoteaban. Ya no sentía el movimiento de las salchichas en su culo y su coño. Viejo estaba aterrorizado. “Te mataremos a pedradas”, dijo Pablo. Pusieron a Viejo otra vez en el suelo. Todos los mendigos, incluso las cuatro monjas con las vaginas cosidas levantaban filosas rocas. Viejo creyó que era el final. Entonces recordó la debilidad de Pablo: los testículos de los directores generales. “Recuerda, Pablo, que soy el Director General de los pordioseros!”, gritó Viejo y se sacó dos grandes testículos, redondos, brillantes y rasurados. Pablo cayó de rodillas. “¡No lo apedreen! ¡He empezado a amarlo!”, gritó. Sus seguidores estaban asombrados. Confusos. “¿Qué? ¿Qué?”. Viejo aprovechó y salió corriendo. En su juventud había sido campeón de atletismo y pronto estuvo lejos. (SEÑORITA MArple. ¿Este líquido ESPESO no es suficiente PARA usted?) Los buitres seguían danzando bajo la piel del perro muerto. “¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?”, se preguntaban los pordioseros. Un anciano cojo y manco le pegó con su muleta a Pablo. “¿Qué hacemos?” Pablo lloraba. Su manía lo había vuelto a traicionar.

 

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Bajo sus pies todos sintieron algo blando y gelatinoso. Los diabéticos andrajosos aconsejaron inspeccionar. Era el cadáver de Iega. “¡Ohhhhhh, compañera Iega!”, gritaron. Con sus pies habían destrozado el cuerpo de la mujer, y sus pedazos yacían junto a los restos de las tres salchichas. Era una gran masa sanguinolenta. “¿Qué haremos? ¿Qué le diremos ahora al Lenguón?”, preguntó uno de los cien diabéticos. “¡Tú eres el culpable, Pablo! Le pusiste más atención a Viejo que a Iega!”, afirmaron los bipolares a coro. Pablo tembló. Aquella turba podía despedazarlo en cuestión de minutos. Lo iban rodeando. “Hay que curarlo de su manía por los testículos. Esa es la causa de toda esta desdicha”, dijeron ahora los bipolares y los cien diabéticos asintieron. Las cuatro monjas con las vaginas cosidas abrieron la boca al oír la palabra “testículos”. “Bueno, que le corten los suyos a Pablo y se los introduzcan en la boca, quizás así se calme y se cure”, aconsejó un diabético. Los cientociencuenta bipolares sacaron sus navajas. “¡Qué se baje los pantalones!”, gritaron todos los limosneros a coro. Pablo intentaba convencerlos de su inocencia con balbuceos apenas audibles. El cojo y manco, apoyándose en sus muletas, se acercó y de un solo manotazo le bajó el pantalón. Entonces hubo una carcajada general. El pene de Pablo parecía un gusanito de maguey y sus testículos un par de fríjoles. “¡Es inocente! ¡Es inocente! Con esas minucias nadie puede ser malvado”, gritaron los esquizofrénicos. Pablo seguía temblando. Los bipolares guardaron sus navajas y las cuatro monjas con las vaginas cosidas cerraron la boca. “¿Y qué hacemos entonces?”, preguntó el cojo. “Llevar el cuerpo al Lenguón para que le dé un último adiós a su amada Iega. Diremos que murió violada por Viejo. Será mártir”, aconsejaron los esquizofrénicos quitándose sus gorros rojos de la cabeza. Era evidente que sus opiniones empezaban a sobreponerse a las de los bipolares. Pablo suspiró aliviado. Cargaron en hombros los despojos de Iega y partieron a encontrarse con Agustina.

 

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Hacía una hora que Viejo corría trabajosamente por la llanura. Ya no escuchaba el clamor de los pordioseros, pero temía detenerse. La barba flotaba en el viento y se partía en decenas de guedejas sucias. Por fin divisó las primeras casas de la Ciudad de México. Entonces se detuvo. Sacó una maleta de su sombrero de copa. Lentamente se despojó del frac, de los gastados pantalones, de la barba y el bigote. Estaba en paños menores en medio del descampado. Pero no por mucho tiempo. De la maleta sacó un vestido del siglo XIX, quizá victoriano. Un vestido azul y casto. Luego una peluca y un abanico. En poco tiempo quedó convertido en la Srta. Elisabeth Marple, la mujer más rica del país. Dueña de minas, cadenas de tiendas departamentales, varios periódicos y una granja porcina.

La Srta. Marple era famosa por su caridad y buen corazón. Sus donaciones a los pobres tenían paralizada a la nación, pero, sobre todo, sobre todo… sobre todo su fama de misericordia venía de la inmensa ayuda brindada a los perros, pues en su albergue “El Santo Colmillo” daba alojamiento y comida a todos los canes en situación callejera y hambreada. Varios senadores estaban endeudados con ella. También, en secreto, había prestado varios millones al presidente de la República. En realidad sabía que nunca se los devolvería, pero no le importaba. El dinero le sobraba a la Srta. Marple. Siempre casta, siempre soltera. Siempre preocupada por el bienestar del país. Ahora aquellos gatos y aquellos pordioseros que seguían a Agustina amenazaban al orden social y a la equidad. Marple estaba decidida a poner fin al caos.

Pronto llegó a una avenida de la periferia y desde allí le habló a su chofer. El hombre tardó mucho en llegar, pues todavía un río de gatos invadía el oriente de la ciudad. Marple, con su maleta en la mano, aguardó pacientemente. Sería casi el anochecer cuando el hombre llegó manejando un carro de lujo. “Localíceme al presidente de la República”, ordenó la empresaria.