Camus: resistencia, rebelión y escritura

Defendió sus pronunciamientos políticos de manera brillante, mercurial y doctrinaria, como Sartre jamás pudo hacerlo. En 1957, cuando la guerra a ras de suelo y las posiciones se endurecieron en ambos lados, Camus fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura

POR George Scialabba

 Defendió sus pronunciamientos políticos de manera brillante, mercurial y doctrinaria, como Sartre jamás pudo hacerlo. En 1957, cuando la guerra a ras de suelo y las posiciones se endurecieron en ambos lados, Camus fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura

Combate_1(www.urgente24.com)

“La gente espera demasiado de los escritores”, se lamentaba Albert Camus a finales de los años 50. En ese momento, Camus estaba escribiendo, la rebelión de Argelia se había convertido en una guerra de guerrillas a gran escala por la independencia, y al tiempo que su simpatía inicial por el levantamiento provocó que la derecha francesa y los colonos franceses argelinos lo acusaran de traidor, también se enfrascó en polémicas frecuentes hacia la izquierda francesa por no apoyar enérgica y inequívocamente a los insurgentes. Las críticas también provinieron de los propios militantes argelinos. Frantz Fanon, el escritor argelino más conocido, se burlaban de él llamándolo “dulce hermana”. Sartre, formalmente su amigo más cercano, se mofaba del “alma bella” de Camus.

La denuncia de Camus lo honra. Defendió sus pronunciamientos políticos de manera brillante, mercurial y doctrinaria, como Sartre jamás pudo hacerlo. En 1957, cuando la guerra a ras de suelo y las posiciones se endurecieron en ambos lados, Camus fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Desesperado por la situación argelina, pero decidido a responder a sus críticos, y con el prestigio del Nobel a sus espaldas, hizo un último esfuerzo por la paz y la reconciliación; reunió una pequeña colección de sus escritos sobre Argelia, la cual fue publicada en 1958, y que recientemente fue publicada por vez primera en inglés, hábilmente traducida por Arthur Goldhammer.

Algerian Chronicles abarca dos décadas. En 1939, cuando Camus era un joven periodista en Argelia –donde nació en 1913, de unos padres de clase trabajadora que apenas sabían leer y escribir—, una sequía severa azotaba la región de Cabilia. Camus viajó a aquella región para informar sobre la situación, y se horrorizó. Escribió una serie de despachos vivos y de gran alcance, con lo que comenzó Algerian Chronicles.

Cabilia era una provincia populosa, que como muchas otras áreas subdesarrolladas, obtenía gran parte de sus ingresos de las remesas de los trabajadores emigrados. Durante la Depresión de los años 30, cuando el desempleo se disparó en Francia, muchos inmigrantes argelinos fueron enviados a casa y la nueva emigración se desalentó. Cabilia ya estaba deprimida económicamente cuando la sequía golpeó y los resultados fueron devastadores. El hambre y el desempleo eran generales, los salarios estaban por debajo del nivel de subsistencia, y había pocas escuelas para los niños pobres. Algunas subvenciones públicas y la caridad privada llegaron de Francia, pero tuvieron poca resonancia.

 

Combate_2(www.fotolog.com)

Camus suministraba estadísticas, anécdotas e indignación, todo en generosas cantidades. También hizo recomendaciones específicas y sensibles: garantizó el crédito para los pequeños agricultores, experimentó con nuevos cultivos, como las cerezas y los algarrobos; y nuevas técnicas, como secaderos de higos, la introducción de municipios árabes autogobernados bajo la supervisión de autoridades coloniales francesas. Asimismo atacó la codicia de los grandes terratenientes coloniales, y pidió al gobierno francés que cumpliera su promesa de larga data de extender los derechos de los franceses a los argelinos. La última sugerencia fue especialmente impopular entre sus compañeros franceses asentados en Argelia, los pieds-noirs, 80 por ciento de los cuales eran pobres, aunque no tanto como los nativos, y quienes al menos disfrutaban de los derechos legales y políticos de los ciudadanos franceses. Los informes fueron ampliamente leídos –primero en Argelia y luego como un pequeño libro en Francia—, pero con pocos resultados prácticos. Sin embargo, la comunidad argelina de Francia encontró que los reportes proporcionaban una causa amplia para vilipendiar a Camus, lo que eventualmente lo obligó a exiliarse.

Camus nunca regresó a vivir en Argelia, pero ésta siempre dominó su imaginación literaria –El extranjero, La peste, Exilio y reino, y el Primer hombre, todos están ahí— y lo persiguió políticamente también. (A un militante argelino, un viejo amigo, le escribió después de una de las innumerables atrocidades cometidas por ambos bandos: “Créeme cuando te digo que Argelia es lo que más me duele en este momento, mientras que otros sienten dolor en sus pulmones”.) Durante la ocupación nazi de Francia, se convirtió en el editor de Combate, el periódico de la Resistencia francesa, donde sus escritos anónimos fueron ampliamente aclamados. En 1945, con Francia nuevamente liberada y con la renovación política en el aire, Camus estuvo durante tres semanas en Argelia y publicó una serie de ensayos en Combate llamando a una nueva relación entre Francia y su colonia.

Había un parecido deprimente entre estos informes (que constituyen la parte central de Crónicas argelinas) los y despachos de Camus de Cabilia. La sequía, la economía de guerra y el cese de prácticamente de la totalidad de las importaciones significaron otra hambruna, esta vez en todo el país. Más estadísticas, anécdotas y más indignación de Camus. Francia debía enviar inmediatamente 240 barcos, él insistió, cada uno con cinco mil toneladas de grano, y “si es necesario, pedir de que el mundo proporcione las naves necesarias. Cuando millones de personas sufren hambre se convierte en un asunto de todos”.

 

Combate_3(eduardovarasc.wordpress.com)

Hubo, sin embargo, una diferencia en el análisis de Camus de la situación política. En 1939 él había pugnado para la asimilación largamente prometida de los argelinos nativos. En ese momento casi 80 por ciento de la población indígena quería convertirse en ciudadanos franceses. Para 1945 la promesa había sido demasiado postergada; casi nadie creía más en ella. Además, como señaló Camus, “cientos de miles de árabes han pasado los últimos dos años luchando por la liberación de Francia”. Parece increíble en retrospectiva que un nuevo gobierno francés pensó que podía simplemente retomar la antigua relación colonial con modificaciones de menor importancia, pero es evidente que eso suponía. Eso era una locura, Camus protestó. Los franceses “tienen que conquistar Argelia por segunda vez”, y “la segunda conquista no será tan fácil como la primera”.

La opinión pública árabe se había desplazado de la asimilación a la federación a una forma modificada de independencia. Camus aprobó firmemente esa posición, aunque mostró cuidadosamente su apoyo patriótico a la sabiduría y grandeza francesa. Conocía muy bien la intransigencia de la comunidad argelina en Francia; también reconocía –pero únicamente entre los intelectuales franceses— que sus compañeros pieds-noirs, aunque muchos de ellos eran racistas, también tenían derechos y estaban mucho más oprimidos, ya que eran opresores.

El gobierno francés continuó vacilante. En 1948 permitió elecciones para dos asambleas separadas, francesa y musulmana, pero cuando parecía que los partidos proindependentistas dominarían esta última, la administración colonial manipuló las elecciones y comenzó a arrestar a los líderes. Como era de esperar, esto condujo a nuevas protestas árabes, lo que llevó a la consiguiente represión francesa. Se formó el Frente de Liberación Nacional (FLN), que exigía la independencia total. Lo hizo, por supuesto, fuera de la ley. A finales de 1954, el FLN lanzó una ofensiva guerrillera, a la que el gobierno francés respondió aumentando la represión. En agosto de 1955, el FLN masacró a 123 civiles franceses y musulmanes, y el ejército francés (junto con grupos paramilitares de pieds-noirs) montó en ira, matando a miles de guerrilleros y civiles árabes. La guerra de Argelia había comenzado en serio.

 

Combate_4(Albert Camus, pensée du jour/ www.facebook.com)

Camus estaba angustiado, sobre todo por su familia, incluyendo a su anciana madre; y muchos amigos cercanos, franceses y árabes, se debatían entre dos fuerzas armadas que empleaban la violencia indiscriminada. En una serie de ensayos publicada a finales de 1955 y principios de 1956 denunció el uso a gran escala de la tortura por parte del ejército francés y de terror por el FLN. En enero de 1956 viajó a Argel para dar un discurso. Con una multitud de pieds-noirs aullando por su cuero cabelludo, apenas contenida por guardias armados del FLN que también desaprobaban su discurso, pero que habían garantizado su seguridad, pronunció un elocuente llamamiento a una tregua civil, una promesa de ambas partes a no atacar a civiles. Fue tal vez su mejor momento político. Sin embargo, los hombres de las armas, de ambos lados, no le hicieron caso.

La imaginación moral de políticos o comandantes militares tal vez sea algo que no se debe esperar. Pero incluso los intelectuales de París y Argel optaron por el silencio, prefiriendo el compromiso partidista. Camus estaba profundamente desalentado y con muchas cicatrices de las polémicas parisinas anteriores. Pero lo más ridículo estaba en proceso: en una conferencia de prensa en Estocolmo después de la ceremonia del Nobel, Camus hizo una declaración ampliamente mal reportada como “Creo en la justicia, pero defenderé a mi madre antes que a la justicia”. Goldhammer y Alice Kaplan hicieron un servicio considerable al señalar que Camus no dijo algo tan simplista. Lo que señaló fue: “La gente ahora está plantando bombas en los tranvías de Argel. Mi madre puede estar en uno de los tranvías. Si eso es justicia, entonces yo prefiero a mi madre”. Él no estaba exaltando sentimentalmente a su madre por encima de la justicia, rechazaba la ecuación de justicia con terrorismo revolucionario.

 

Combate_5(www.facebook.com)

Pero para la época en que reunió Chroniques algériennes, los puentes con sus compañeros intelectuales habían sido quemados. En el prefacio se queja de “una peculiar maldad francesa”, y señala: “He decidido dejar de participar en las polémicas interminables, cuyo único efecto ha sido hacer las facciones contendientes en Argelia aún más intransigentes y profundizar las divisiones en una Francia ya envenenada por el odio y el sectarismo”. Mantuvo ese silencio público por el corto resto de su vida. Pero intervino en privado en casi 150 ocasiones para solicitar el indulto para los presos políticos.

El problema de la violencia revolucionaria fue quizá la cuestión más fatídica de la moralidad política en el siglo XX. Dos textos son indispensables para aquel que quiera abordar dicha cuestión: de Camus, Ni víctimas ni verdugos (1946) y la introducción de Sartre a Los condenados de la tierra (1961), escrita un año después de la muerte de Camus, pero claramente dirigida a él. Como Sartre reconoció en una nota necrológica generosa para su amigo y adversario: “Uno vivía con o contra su pensamiento… Tuvo que ser evitado o combatido: indispensable, en una palabra, para esa tensión que da vida a la mente”. Esa tensión queda en evidencia por todas partes en la Chroniques algériennes.

 

Tomado de: Bookforum. Abril/mayo, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.