El amante

En una ocasión hizo casting para un comercial de cigarros en la televisión. Fue seleccionado de entre 20. Por sus manos. Era lo único que necesitaban en pantalla. Con un cigarro encendido entre largos dedos

POR Óscar Garduño Nájera

 En una ocasión hizo casting para un comercial de cigarros en la televisión. Fue seleccionado de entre 20. Por sus manos. Era lo único que necesitaban en pantalla. Con un cigarro encendido entre largos dedos

Stage_1Care Deeply (blog.bekahbrunstetter.com)

¿Ustedes han ido al teatro? Hagan el intento. Ahora cierren los ojos. Está ahí, arriba, en el escenario. Pongan ustedes las luces que quieran. Total, es su imaginación y ahí pueden hacer lo que quieran. Un poco así funciona el teatro. ¿En serio no han ido? Un actor. Se presenta ante ustedes. Tal vez se trata de una obra moderna donde todo está permitido. Se los aseguro: hay obras así. Ni bueno ni malo. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM pero quedó a deber más de diez materias. Si preguntamos a alguno de los directores que lo dirigió dirá que al menos cumplía con su papel. Uno de ellos tal vez y hasta se exprese mejor. O esa era lo que este actor creía. En una ocasión hizo casting para un comercial de cigarros en la televisión. Fue seleccionado de entre 20. Por sus manos. Era lo único que necesitaban en pantalla. Con un cigarro encendido entre largos dedos. También hizo un comercial para una marca de jugos de soya. Aquí sí aparecía a cuadro frente a un gigante envase tetra pack. Una de sus tías era amante del productor del comercial. Ni siquiera tuvo que pasar por el casting.

Las elecciones presidenciales estaban cerca. Los de derecha y los de izquierda. Así se dividía la gente. Muchos artistas emergentes optaron por brindar su apoyo a alguno de los dos candidatos punteros. Daban entrevistas en periódicos y se pronunciaban abiertamente. Mi favorito es éste. Mi favorito es aquél. En raras ocasiones daban los motivos. Era lo que menos importaba. Unos cuantos días antes de las elecciones una organización no gubernamental convocó a una marcha para apoyar a la izquierda del país. Iría del Ángel de la Independencia al Zócalo. Por Reforma. La encabezarían muchos actores. Él lo atribuyó a que el director de la organización no gubernamental no tenía su número telefónico. Por eso no lo invitaron. Incluso así tomó la decisión. Provocaría un escándalo. Llegaría a la marcha con tan sólo una bata de baño. Se iba a presentar desnudo en público. Con los colores de la bandera pintados en un vientre medianamente voluminoso. Y en la espalda el escudo del partido de izquierda.

Pocos se asombraron cuando lo vieron sumarse a la marcha. Entre la gente de izquierda estaban acostumbrados a ver a hombres descalzos o con huaraches, con las playeras enredadas a manera de turbante en las cabezas, con grandes perforaciones en las orejas o con horribles playeras de colores chillantes del Che Guevara.

Desató el cinturón de la bata y la dejó caer. Unos cerraron los ojos; otros miraron con curiosidad los tres colores de la bandera. Algunos más miraron discretos sus velludas nalgas y una flácida verga cuya punta señalaba, precisamente, la pinta que alguien había hecho con spray color rojo sobre Reforma: libertad. Permaneció inmóvil. Con algo de frío. Y gritó que pertenecía al movimiento perfomancero Corporal Universalis (lo dijo con tal fuerza que justo es ponerlo con mayúsculas iniciales).

Antes de pedirle al actor que pasara al frente, un oscuro agente del ministerio público ordenó a un policía que no dejara salir a los cementeros, que se tenían que esperar por no haber pagado la fianza. Luego hizo una llamada telefónica a su esposa. Un asunto pendiente en la escuela con uno de sus hijos. Colgó, se acomodó los pantalones, intentó meter un vientre por demás voluminoso y carraspeó antes de entrelazar regordetes dedos sobre el mostrador.

—¿Así que desnudándose en Reforma, jovencito?

Jovencito. Cada que lo querían hacer menos en las clases de actuación le decían así. Tú eres bueno para dar marometas en el piso, jovencito, pero tu voz, tu voz… y aquí le ponían cualquier defecto. Llevaba la bata de baño puesta. Tardó en contestar porque no sabía bien qué decir. Atrás de él policías se movían de un lado a otro con papeles en las manos, se saludaban cordialmente, sonaban también algunas radios y los gritos de un vendedor de tamales que se encontraba a la entrada.

Recordó lo de la voz e intentó modularla. Habló de la historia del performance y de Corporal Universalis: es un proyecto cultural y perfomancero que propone la libertad completa del cuerpo humano para que sea utilizado como vehículo de expresión artística…

 

Stage_2(www.lastagetimes.com)

El oscuro agente del ministerio público le pidió un segundo, firmó los papeles que traía un policía y pidió que le avisaran a la señora de la fonda que no iba a ir a comer, tenía un “asuntito” con la mujer de la estética.

Una vez que le dijo “prosiga”, él continuó: atrás de mí se encuentra un colectivo de artistas que se proponen hacer del desnudo piedra fundamental del nuevo arte del siglo XXI…

Otra vez lo interrumpió el oscuro agente del ministerio público. Le dijo que no entendía nada de lo que estaba diciendo y preguntó a uno de los policías si ya lo habían pasado por el médico legista.

—Pues piénsele ahora a quién le llama para que pague la multa…

—¿Se pueden hacer llamadas de larga distancia?, el director de Corporal Universalis vive en Francia…

—Llame usted a su chingada madre, jovencito, siempre y cuando su chingada madre traiga dinero para la multa; de lo contrario, si ni su chingada madre quiere sacar al loco de su hijo tendrá que hacernos compañía cinco horas más hasta que haya cambio de turno y llegue mi relevo.

No tenía amigos. Los pocos que conocía únicamente lo trataban cuando no quedaba de otra, cuando se encontraban frente a frente por la calle y las oportunidades para cambiar de acera eran escasas, si no es que peligrosas por los automóviles.

Discó en un gran teléfono negro en cuyo disco de marcar faltaban el 8 y el 0. Esperó. Dos de los números que marcó se encontraban fuera de servicio. Uno más, ocupado (aquí intentó varias veces). En el cuarto contestó una mujer. Dijo que el número estaba equivocado. Aquí no vive la persona que buscas. A lo mejor ya hasta falleció. Sin más, uno de los policías le arrebató el teléfono de las manos: pues ni modo, espérate al cambio de turno, a ver si el otro mp te deja salir. Luego lo condujo por un oscuro pasillo de paredes pintadas con plumón y descarapeladas. El olor era penetrante. A mierda. A orines. Llegaron a una reja, la abrió, lo invitó a entrar y le dijo: ya ves, pa’ la otra piensa mejor tus actos.

 

Stage_3Cosmic dream (usa.chinadaily.com.cn)

En una de las esquinas de la celda estaba acostado un hombre vestido con pantalón grequeado de mariachi, guayabera yucateca, zapatos de charol y calcetines con rombitos aguados. No se le distinguía el rostro porque lo tenía tapado con la hoja amarillenta de una revista de espectáculos. En otra de las esquinas dos hombres de rodillas recargados en la pared de la celda. Uno de ellos con bermudas negras, tenis y playera del Master of Puppets de Metallica, sucio, despeinado, con la mirada perdida en algún punto del descarapelado techo; el otro con chamarra de piel tipo sesentera, pantalón de mezclilla y botas vaqueras. Compartían el envase arrugado de un frutsi lleno de cemento. Iba de mano a mano. Aspiraban de la boquilla. Perdían la mirada. Alcanzaban a estirar el brazo para dejarlo.

Tuvo que explicar lo de la bata de baño al de la playera de Metallica. Balbuceante, abrazando al frutsi como un Cristo de barro, preguntó por su rara vestimenta. Ya para entonces él estaba muerto de miedo, temblaba frente a la mirada extraviada de los dos hombres. Lo dijo así:

—Soy actor, un actor de verdad…

Escuchó el ruido. El de la chamarra de piel aspiraba con más fuerza del frutsi.

—No tan conocido… a ver, ¿vieron en la televisión el anuncio de jugos de soya Buenos Días?

Parecían coordinados. Los dos movieron la cabeza al mismo tiempo. Pensó en mencionar a la Facultad de Filosofía y Letras y el ranking que ocupaba en la lista de las mejores  universidades.

—¿Conocen alguna obra de teatro? ¿Les gusta?

El de la playera de Metallica estiró el brazo, se le vio el tatuaje verde de una ancla, y le ofreció el envase de frutsi.

—Mejor jálale, mi carnalito, andas medio tronado de acá…

Con dificultad puso un dedo en la cabeza.

—Pa’ mí, que la chaveta ya se te destatemó…

Se escuchó un gruñido cercano al de un perro. El hombre de la otra esquina había despertado. Ya hacía bolita la hoja de la revista de espectáculos. Volvió a gruñir.

—¡Ya, hijo, déjate de mamadas!, se me hace que eres medio puñal de triple banda, igual que éstos…

—Les digo que soy actor… de los buenos.

—Los polis te han de haber agarrado por pinche güila, andabas en el talón en una zona que no te correspondía. ¡Ya ves!, primero el respeto, mi carnal, eso lo sabe cualquier mariachi…

Comenzó a desesperarse. No sabía ni cuánto tiempo había pasado. Cuánto faltaba todavía para el cambio de turno. Para salir. Volvió a repasar la lista de los probables amigos a los que les podía llamar. Nada. El de la chamarra de piel alcanzó a ponerse de pie, escupió cerca de él, se detuvo de la pared y cuando parecía que iba a volver el estómago habló.

—¿Y qué, carnal?, ¿eres actor de esos que salen en la tele como el Diego Luna?

Hasta la madre. Era como la quinta ocasión que escuchaba hablar de él. Todos parecían buscar su apoyo. Pensó: ¿quién es ese pinche chamaco si su compromiso político se reduce a hacer pendejas declaraciones? También sintió envidia. Eso no lo aceptó. Estaba claro.

Transcurrieron así dos horas. Estaba fastidiado, desesperado, cansado ya de explicar que no era maricón, ni loco, ni travesti. Tras suspirar decidió aceptar la décima invitación y tomó el envase de frutsi entre las manos, lo acercó a su rostro y aspiró no sólo en una sino en varias ocasiones.

Se recostó en el suelo. Los otros intentaban pronosticar los resultados de un partido de futbol que se jugaba en esos momentos. Diego Luna, fue lo último que alcanzó a balbucear antes de cerrar los ojos.

 

Stage_4(magazine.uc.edu)

Soñó con Shakespeare vestido de mariachi, guitarrón en mano, cantando Cielito lindo a una de sus actrices que en realidad era el hombre de la playera de Metallica disfrazado de bella mujer. Soñó con Calderón de la Barca como Santa Claus en una Alameda llena de enanos semejantes a los de Blanca Nieves pero con machetes en mano. También soñó con Lucía, su ex pareja, histérica en el papel de Melibea, estrellando espejos que aparecían quién sabe de dónde. Soñó con una mujer que se quitaba el cabello con las manos, luego subía a una estatúa de Giordano Bruno, gritaba que era la cantante calva y se ponía a cantar el Sirenito de Rigo Tovar. Soñó con Lope de Vega borrando los últimos párrafos de su nuevo arte de hacer comedia, pero no era Lope de Vega, pues en cuanto dejó caer la goma de borrar y volteó vio que era Diego Luna disfrazado de Lope de Vega, se hablan de tú, dicen que harán una película juntos que trate sobre los amores de Lope de Vega, en el sueño dice a los demás: ya ven, el Diego y yo casi somos hermanos… luego su sueño casi colapsó. Pensó que había despertado y que había pasado el efecto del cemento. Pero no. Entonces soñó que el hombre de la chamarra de piel metía su mano por debajo de la bata de baño, sacudía su flácida verga, la ponía durísima y luego el otro hombre, el de la playera de Metallica, se unía para chupársela de una manera que en el sueño le pareció deliciosa. Y despertó.

Tras pasar las cinco horas al fin salió. Apestaba a cemento, a semen, a sudor rancio. Hacía frío y apretando el cinturón de la bata de baño caminó por la calle ante la sorpresa de uno que otro curioso. Llegó frente a un puesto de periódicos y se detuvo. Su detención aparecería en las primeras planas de todos los periódicos. Sin embargo, quien sí aparecía en la mayoría de las primeras planas era un sonriente Diego Luna, brindando todo su apoyo al candidato de izquierda. Escupió. Lo hizo frente al puesto de periódicos. Luego se perdió. A la semana siguiente lo encontraron ahorcado en su departamento de la colonia Narvarte. Un director. Le iba a proponer el papel del amante en una obra de Pinter. Un pedazo de telón. Fue lo que utilizó para ahorcarse. Sólo dos personas acudieron a su entierro.