El juego más bello, el de la vida: Fernando Cataño

“Si nos vamos a las tonalidades, partiendo de los modos griegos y cómo se van transformando a través de los siglos y aparece el ars nova, diré entonces que mi lenguaje carece de armadura”. Fernando Cataño

POR: Gabriel Ríos

“Si nos vamos a las tonalidades, partiendo de los modos griegos y cómo se van transformando a través de los siglos y aparece el ars nova, diré entonces que mi lenguaje carece de armadura”. Fernando Cataño

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Fernando Cataño se refiere a su trabajo como compositor en un entorno donde se van dando una serie de circunstancias. En 1944 ingresa al Conservatorio Nacional de Música, ubicado en un edificio extraordinario, en la esquina de Moneda y lo que es ahora Correo Mayor. El marco era una ciudad con menos de dos millones de habitantes. En ese espacio, miraba a diario pasar al director, Carlos Chávez, y los que después fueron sus maestros: Julián Carrillo, Manuel M. Ponce, Candelario Huízar, Silvestre Revueltas, Pablo Moncayo y Blas Galindo. Había un salón grandísimo para más de noventa alumnos, donde estudiaban solfeo.

Leyó algo de lo escrito en el libro Panorama de la Música Mexicana. Última Mitad del Siglo XIX. “Es un trabajo sobre compositores que han dejado trascendental huella como excelentes creadores –la mayor parte de sus obras son de gran formato–, y parece, se han perdido para siempre”. Menciona a algunos: Mateo Torres Serratos, Leonardo Canales, Melesio Morales, Ramón Vega, Manuel M. Paniagua, Felipe Villanueva y Ricardo Castro, entre otros.

Entresaca palabras de Julián Carrillo de uno de los párrafos de Panorama de la Música Mexicana: “Era el año de 1895 cuando en la clase de armonía del Conservatorio Nacional de Música de la ciudad de México, a cargo del maestro Melesio Morales, participé en un fenómeno musical, que causó por el momento sorpresa: vaticiné que algún día llegarían a emplearse todos los sonidos de la escala cromática. Diecinueve años después, tuvo su primera manifestación”.

Habló de un pequeño folleto que se titula Julián Carrillo. Técnica Musical. “Lo que tengo que decir del maestro Julián Carrillo es que para mi se trata de un genio. En ese texto, Julián Carrillo. Técnica Musical; se encuentran infinidad de datos, de un hombre con una convicción, fuerza y energía mayúsculas. Me pregunto, cómo tuvo valor para escribir lo que escribió, de decir lo que dijo, no a medias tintas, sino asegurando que si los sonidos son doce, la escritura de la humanidad le debe a él muchos años, pues logró expresarse con 97”.

–Maestro, ¿cuál es la forma de su obra?

–Si nos vamos a las tonalidades, partiendo de los modos griegos y cómo se van transformando a través de los siglos y aparece el ars nova, diré entonces que mi lenguaje carece de armadura. Tal vez por eso se considera compleja mi obra. El músico tradicional está acostumbrado a contar con una armadura, es decir, si tiene dos sostenidos y obtiene siete, el sabe lo que tiene que hacer, pero cuando no, entonces se le viene el mundo encima.

“Cuestionaría a los integrantes de cualquier Sinfónica ¿cuántos pueden leer todas las claves? Desde la revolución del dodecafonismo y una serie de trasformaciones no podemos ajustarnos ya a los cánones del pasado, donde la tonalidad eran conciertos en Do mayor, en Si bemol, en La bemol.

“Trabajo la obra y la voy sintiendo y aunque sea tema de conclusión, hay que hablar de cédulas armónicas, masculinas y femeninas. En fin. ¿Cómo se va armando la música en su sonoridad? Eso ya depende de cada compositor.

“Me considero dentro de la línea del maestro Julián Carrillo –aunque en un principio no era de mi interés– a quien le reconocen su obra primeramente en el extranjero. Reconozco que ahora lo descubro como una persona muy valiosa.

“Entonces cómo vamos a hablar de tonalidades, si el maestro Carrillo desarticuló todo: claves, contraltos, accidentes”.

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Sin perder el hilo de lo que decía, Fernando Cataño, añadió que la obra de dimensiones mayores está perdida, quizá porque era más fácil editar tres hojitas. “No olvidemos que en muchas casas había piano, y así los textos eran más fáciles de vender. La música de Ricardo Castro y Felipe Villanueva existe, pero dónde están sus piezas supremas, sus óperas. Recuerdo las dificultades que tuvo que pasar el maestro Melesio Morales, cuando pretendió estrenar su ópera Ildegonda.

A propósito, platicó de su ópera Mexi que es una pieza dividida en dos actos, la misma que contiene 24 escenas. “La orquesta, los solistas y un coro de niños. Una ópera muy al estilo de Aída, con un protagonista. Tiene el carácter histórico-didáctico. Antonio Rafael Rosales, autor del libro México, lugar de los mexicanos, quien fue el investigador y descubridor del jeroglífico de lo que es México, me la pidió. Escribí una cantata; al desarrollarla, me di cuenta que era una ópera.

“De Mexi no le puedo hablar mucho. La referencia más plausible es la de fray Bernardino de Sahagún y el nieto de Moctezuma II. Se dice que a Huitzilopochtli Mexi, todos le decían Mexi. Como sabemos era un guerrero que tenía un defecto en la pierna izquierda”.

La ópera inicia cuando un anciano se sienta en una piedra. Entra un coro de niños y uno de ellos le pide su bastón para jugar. Al contrario de que el viejo se enoje, le contesta: ‘Hijo mío, no te lo presto, te lo regalo, con él vas a jugar el juego más bello, el de la vida”.