POR Gabriel Ríos

Espejo del fuego es el fiel de la esperanza que nos permite el encuentro con el fantasma, seguramente como lo adivinaba Octavio Paz, el que encarna en una mujer o en otras desconocidas

Rubio(revistatoma.wordpress.com)

El poeta Javier González Rubio exhibe su alma ante la interrogante ¿el hombre puede librarse del dolor que le causa la vida? Espejo de fuego es un poemario en el que el autor ensaya “la disminución de las huellas del pecado original”. Genera recuerdos que borran la intolerancia, así como conceptos erróneos de la naturaleza. El círculo que más abre es un diálogo, del guerrero que soñamos cuando niños y los funcionarios del progreso, que sólo miran a su dócil espejo.

Espejo del fuego es el fiel de la esperanza que nos permite el encuentro con el fantasma, seguramente como lo adivinaba Octavio Paz, el que encarna en una mujer o en otras desconocidas. La manufactura del libro es la sinceridad y prevalece en el terreno árido de la inconsciencia, de donde nace el lenguaje verdadero.

Escrito en la quietud de la reflexión amorosa, Espejo del fuego desarrolla el rescate de algo muy íntimo de la infancia. Por ejemplo, el poema “No es mucho pedir” sella un momento cotidiano del poeta, cuando ha cumplido con otra suerte de conversión en su acercamiento con las mujeres, el cine, la literatura y los viajes.

Para González Rubio la poesía no se busca como tal, sino con el impulso del mirarse a sí mismo. No son memorias sino iluminaciones que no se han desprendido de lo propio que es lo extraño.

En Espejo de fuego también hay prosa poética, lo que delinea los contornos en la película de todos los tiempos, Casablanca, la aventura amorosa más plena de recompensa y sufrimiento. Si la contradicción es la marca de la ternura y la obra literaria, eso es lo que tenemos que agradecer a González Rubio, quien se ha acercado a los más íntimos secretos de la personalidad y al síntoma del recuerdo.

Se “narran” en el poemario todo tipo de tendencias estéticas de la psique; entre otras, el símbolo de los nombres del padre, la sociedad transgresora y el individuo infectado por la acción.

A propósito del poema “Funcionarios del progreso”, creo que González Rubio ataca uno de los mitos acentuados, enraizados, como la Torre de Babel: la réplica de la expulsión del paraíso, que como bien lo decía Baudelaire –sin gas o vapor, sino de alma pura—, sitio donde se escucha el trenecito de cuerda llamado corazón.