Fitzgerald y Hemingway: la amistad incómoda

Para 1930 y en el fin de la era del jazz, el hermano mayor y el menor habían cambiado de lugar. Hemingway estaba en el escalón de arriba, Fitzgerald en el escalón de abajo. Se mantuvo así el resto de la vida de Fitzgerald

POR Allan Massie

 Para 1930 y en el fin de la era del jazz, el hermano mayor y el menor habían cambiado de lugar. Hemingway estaba en el escalón de arriba, Fitzgerald en el escalón de abajo. Se mantuvo así el resto de la vida de Fitzgerald

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La reputación de Scott Fitzgerald estaba en lo más bajo cuando murió de un ataque al corazón en 1940. Estaba en la ruina y endeudado con su editor y su agente. Sus libros, la mayoría, estaban descatalogados. Fue considerado un fracaso en Hollywood donde, idealizando las películas, tenía la esperanza de recuperar su fortuna. Su glamorosa mujer, Zelda, fue confinada en un manicomio. A pesar de haber pasado largos periodos en el bache, seguía bebiendo de forma empedernida y autodestructiva; sus últimas historias publicadas eran acerca de una desaliñada y alcohólica guionista llamada Pat Hobby. La novela en que trabajaba, El último magnate, quedó inconclusa.

Al mismo tiempo, Ernest Hemingway estaba en la cima del árbol; no sólo era el escritor estadounidense vivo más famoso, sino que simple y sencillamente había publicado Por quién doblan las campanas, su novela acerca de la Guerra Civil española. Fue un éxito entre la crítica y el público, y muchos la consideraron una obra maestra. Fitzgerald generosamente le dijo que era lo mejor que alguien pudo haber hecho. Habían sido amigos desde los días de París en los años 20, cuando Fitzgerald, cinco años mayor, era rico y exitoso, mientras que Hemingway, en el momento en que se conocieron, era pobre y desconocido. Fitzgerald era como un hermano mayor para Hemingway; le presentó a Max Perkins, su editor en Scribner, a quien instó a que no lo soltara. Perkins siguió el consejo, y la novela que publicó, Fiesta, construyó la reputación de Hemingway, la cual se reforzó con Adiós a las armas. Aunque la novela de Fitzgerald, El gran Gatsby, fue un éxito entre la crítica, sus ventas fueron decepcionantes. Para 1930 y en el fin de la era del jazz, el hermano mayor y el menor habían cambiado de lugar. Hemingway estaba en el escalón de arriba, Fitzgerald en el escalón de abajo. Se mantuvo así el resto de la vida de Fitzgerald.

Había rivalidad y celos profesionales, y otros motivos de fricción. Uno de esos motivos era Zelda. Ella y Hemingway se detestaban y desconfiaban uno del otro. Hemingway pensaba que ella estaba loca, después de que Zelda una vez le preguntó si creía que Al Jolson era más grande que Jesús. Hemingway dijo a Fitzgerald que ella estaba celosa de su trabajo y que lo animaba a beber para que no pudiera escribir. Zelda decía que el pelo en el pecho de Hemingway era un peluquín.

Los años 30 fueron años malos para Fitzgerald. Suave es la noche, la novela que trabajó durante años, fracasó. Las revistas ya no querían sus historias; no podía escribir más sobre el amor joven y la gente bonita. Escribió Crack-Up, un análisis crudo sobre su estado mental. Hemingway lo reprendió, le dijo que era “un borracho”. ¿Y qué? Joyce era un jugador, pero no un personaje trágico. La autocompasión era degradante. (Esto era una indirecta: Hemingway tenía elevadas puntuaciones en su propia auto-compasión.)

Fitzgerald murió y su reputación comenzó a subir. Un fragmento de El último magnate fue publicado y fue bien recibido. (Sería la gran novela de Hollywood que hasta entonces no se había escrito.) Mientras tanto, a finales de los años 40, Hemingway estaba en el tobogán. El crítico Wilfrid Sheed lo describió como “un hombre artísticamente desesperado”. Su novela de Venecia, Al otro lado del río y entre los árboles, recibió críticas negativas. El afirmó que era su mejor obra, pero pocos creían que fuera la mitad de buena de sus otros trabajos. Tenía pasajes maravillosos, pero la mayor parte del libro era embarazoso, y cualquier persona que intentara igualar el consumo de licor de su héroe debía comenzar a la hora del almuerzo.

 

Tomado de: The Telegraph. Junio 8, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.