La estética escatológica de las fabliaux

A través de los siglos, los lectores en general sólo han sido capaces de saborear el olor de la estética escatológica de las fabliaux y sus trucos eróticos filtrados a través de versiones expurgadas o diluidas por autores canónicos

POR Yunte Huang

A través de los siglos, los lectores en general sólo han sido capaces de saborear el olor de la estética escatológica de las fabliaux y sus trucos eróticos filtrados a través de versiones expurgadas o diluidas por autores canónicos

Fábulas_1(commons.wikimedia.org)

Escandalosos en el momento de su creación durante la Edad Media, los viejos cuentos satíricos franceses en verso, comúnmente conocidos como fabliaux, aún hoy pueden darte una sacudida con su obscenidad escandalosa, humor salaz y risa carnavalesca. Igualmente escandaloso, si no es que más, es el hecho de que estos cuentos líricos, tan provocadores como El ciruelo en el vaso de oro, el Kama Sutra o El arte de amar de Ovidio, se han mantenido prácticamente inaccesibles mucho tiempo debido a la censura por parte de la ortodoxia cultural y religiosa. A través de los siglos, los lectores en general sólo han sido capaces de saborear el olor de la estética escatológica de las fabliaux y sus trucos eróticos filtrados a través de versiones expurgadas o diluidas por autores canónicos. Chaucer, Boccaccio, Rabelais y Molière, por nombrar sólo unos pocos, estaban en deuda con los juglares itinerantes que vagaban por los villorrios y mercados de la Francia medieval, los juglares quijotescos que compusieron, interpretaron y transmitieron estas pintorescas joyas literarias. Ahora, gracias a Nathaniel Dubin, profesor de lenguas clásicas modernas en el Colegio de San Benito y la Universidad de St. John en Minnesota, finalmente podemos leer por nosotros mismos estos cuentos casi milenarios que en su momento excitaron a algunas de las mejores mentes literarias de occidente.

Amén de la historia literaria, estas fábulas anti-establishment, anti-eclesiásticas, son pura diversión total. Sesenta y nueve historias verdaderamente pícaras en total, el volumen de Dubin es una rama de oro de imaginación erótica y humor popular, poblado por esposas adúlteras, maridos cornudos, sacerdotes fornicando y caballeros calenturientos. Echando abajo la rígida jerarquía social, tan característica de la Edad Media, estos cuentos desenfrenados se burlan de todo el mundo. En “The Three Estates”, dos caballeros montan hasta encontrar un lugar con sombra en el bosque, “engalanado con flores y hierbas”. Se imaginan que es un buen lugar para hacer un picnic, una fiesta con vino, empanadas y otras lindezas “tan alegre/ como en un gran salón en alta tarima”. En eso llegan dos clérigos, que tienen una idea diferente del uso que se deba dar al enclave selvático: llevan a sus amigas al lugar y aprovechan el tiempo de mejor manera. Finalmente, dos campesinos irrumpen en la escena, con palas y tridentes a sus espaldas. Al ver el atractivo lugar, comienzan a hablar como hablan los campesinos:

“Hey, Fouchier, así como se ve/ este es el lugar perfecto para una mierda./ Vamos algo en este momento, viejo amigo”./ “Por mi alma, lo haremos bien”.

Luego, cada uno de ellos se agacha y los suelta.

A diferencia de los nobles de buenos modales en sus altos caballos y de los clérigos de mente no tan clerical, los campesinos, en la jerga de su pueblo natal, simplemente el lugar les importa una mierda.

 

Fábulas_2(rovineditroia.tumblr.com)

Generalmente, una fabliau es una comedia de situación: un encuentro entre una mujer casada y un sacerdote se ve interrumpido por el regreso inesperado del marido cornudo. Todas las partes deben pensar de prisa o exponerse al riesgo y a la vergüenza. Es la supervivencia del más ingenioso. En “The Crucified Priest”, la esposa de un maestro artesano y su amante clérigo son descubiertos en una situación difícil. Ella le dice al clérigo que se esconda dentro del estudio de su marido y que se haga pasar por una estatua desnuda. Como en la totalidad de las fabliaux, la mesa puede girar tan fácilmente como el cambio de una posición en la cama. Un estafador o un chulo pueden ser engañados. El marido, al ver el engaño tan claramente como ve las “bolas y la polla colgantes” del sacerdote, planea un esquema inteligente de venganza:

“Señora”, exclama, “le he dejado una imagen chocante/ por no omitir esos miembros viriles./ Debo haber bebido demasiado./ ¡Un poco de luz!/ Lo arreglaré en un parpadeo.”

Y se dispone a cortar los genitales del clérigo.

A pesar de la exageración, el hiperbolismo y la desmesura, las fabliaux encarnan un sentido de realismo auténtico y profundo. En palabras de R. Howard Bloch, profesor en Yale, que escribe una introducción realmente inspiradora para el volumen, “las fabliaux provocan que el cuerpo hable”. Para ser más precisos, hacen que la parte inferior del cuerpo hable: pitos, coño, culos, pedos, mierda y orina. “El herrero de Greil” canta un panegírico super fálico en un magnífico inglés coloquial:

Estaba dotado de una verga,

la losa más colosal de carne

que ha brindado a las mujeres como un regalo,

por la más honesta verdad de Dios –una forma tan bella

que la naturaleza debe haber prodigado con atención

para hacerlo, y superar su oficio,

alrededor de la parte inferior del eje

de dos palmos de largo, de un puño de ancho.

Un agujero, aunque con forma de elipse,

en el que este semental bien dotado lo había colocado

parecía como el trazo de un compás.

O, en “Trial by Cunt”, tres hermanas pelean por el mismo hombre, tratando de burlar a las demás con una pregunta estilo Jeopardy: “¿Quién nació primero, tú o tu coño?” La primera hermana responde que su coño es mayor, ya que tiene una barba que ella no tiene. La segunda piensa de otra manera, porque ya le han crecido los dientes, mientras que a su coño no. La tercera hermana cree que su respuesta dará en el blanco: “Mi coño es más joven que yo, / y voy a decir la razón / Mientras que yo he sido destetada, / la boca de mi coño se muere de sed / y, a su corta edad, tiene que mamar”.

 

Fábulas_3(eimychanning.wordpress.com)

Habiendo aprendido a ocultar nuestras pasiones primitivas detrás de la fachada del respetable lenguaje cortés, algunos pueden recibir una descarga o escandalizarse ante la grosería y la vulgaridad de estos cuentos subidos de tono. Pero Montaigne, tal vez el parangón de la respetabilidad burguesa, dijo una vez: “¿Qué de malo tiene el acto genital, tan natural, tan necesario y tan legal, hecho para la humanidad, que no nos atrevemos a hablar de él sin vergüenza, y lo excluimos de las conversaciones serias? Pronunciamos con audacia las palabras ‘matar’, ‘robar’, ‘traicionar’: Y la otra sólo nos atrevemos a pronunciarla con un suspiro”. En otras palabras, ¿por qué diablos no podemos decir mierda? Incluso Jacques Lacan, hablando desde las profundidades más cultas del auditorio lacado de la Academia Francesa, usó la palabra F más de una vez en sus conferencias. Mikhail Bakhtin, en su estudio clásico de Rabelais, ofrece la mejor defensa de la obsesión medieval aparentemente grotesca por la parte inferior del cuerpo y el lenguaje de verdulero. En las imágenes realistas de los órganos genitales, la orina y los excrementos, escribe Bakhtin, “se mantiene el vínculo esencial con el nacimiento, la fertilidad, la renovación, el bienestar”.

Los lectores de Coy deben prestar atención a la lección aprendida por la joven en “La ardilla”. Habiendo llegado a la pubertad, la niña es advertida por su madre de no “mencionar la palabra con la que llamamos/ a esa cosa que cuelga en los pantalones de un hombre”: “Las mujeres no debemos ser tan atrevidas/ para llamarla por su nombre/ referirse a ella con la metáfora”. Sexualmente despertada, pero lingüísticamente mal preparada, la chica más tarde se deja seducir por un hombre, quien astutamente se refiere a sus a genitales como la ardilla con dos huevos en su nido. O, en “La grúa”, una niña bien protegida quiere comprar una grúa de un hombre quien le dice que el precio es “una cogida”. Cuando la joven dice que no tiene una “cogida” en esos momentos, el hombre le ayuda a encontrar una. En un mundo de engaños, juegos de palabras y disfraces, como Ovidio lo reconoció hace mucho tiempo, “el pudor casto no tiene cabida”. Ni siquiera una viuda afligida está a salvo, como en “La doliente”, a la que se cogieron junto a la tumba”: una viuda que llora es abordada por un escudero, que afirma haber cogido simplemente a su esposa hasta la muerte. Aparentemente triste más allá de todo consuelo, la viuda pide al escudero que acabe con ella de la misma manera.

En última instancia, lo que es tan potente y profundo en estas tiras subidas de tono no es su expresión desenfrenada de la sexualidad y la vulgaridad en sí, sino su capacidad inusual para provocar una risa en absoluto carnavalesca. A través del desnudamiento, el libertinaje y la degradación física, las fabliaux crean un denominador común para la humanidad, un mundo terrenal, holístico en el que, en palabras de Bakhtin nuevamente, “A quien se ríe también le pertenecen”. Haciendo alarde de una obscenidad desvergonzada en el versículo delicioso, Las Fabliaux es un libro que dará entretenimiento por igual a los fans del Dr. Freud y del Dr. Seuss.

 

Tomado de: The Daily Beast. Junio 13, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.