La noche del Guasón

La orfandad cultural de Estados Unidos se hace cada vez más evidente en tanto busca héroes que en la vida real están cansados. Ahora los ciudadanos de ese país deben buscar en las entrañas del cómic su razón de ser

POR José Luis Durán King

 La orfandad cultural de Estados Unidos se hace cada vez más evidente en tanto busca héroes que en la vida real están cansados. Ahora los ciudadanos de ese país deben buscar en las entrañas del cómic su razón de ser

Joker(www.nydailynews.com)

El 1 de agosto de 1966, el veterano de guerra Charles Whitman ascendió el observador de la torre de la Universidad de Texas, desde donde acabó con la vida de 13 personas y dejó decenas de heridos. En 96 minutos de terror y caos, el francotirador hizo gala de lo que había aprendido con los marines de Estados Unidos, y prácticamente, a la persona que lograba ubicar con su mira telescópica, aquella caía con alguna parte de su cuerpo destrozada.

Mucha gente vio cuando Whitman acomodaba en el ascensor sus pertrechos. A la hora de la masacre hubo varios hombres que sacaron las armas de sus domicilios e intentaron acabar, desde abajo, con la vida del soldado. No fue sino hasta que los oficiales de Austin, Ramiro Martínez y Houston McCoy, así como el ciudadano Allan Crum, alcanzaron el observador de la torre que pudieron disparar y matar a Whitman.

Semanas antes de este aciago capítulo, Whitman había intentado obtener ayuda profesional y espiritual, pues sabía que algo andaba mal en él, pero nadie respondió a su llamada de auxilio.

En el caso de James Holmes se presentaron algunos rasgos similares a la conducta de Whitman. El asesino de Aurora, Colorado, envió por correo un cuadernillo en el que anticipaba lo que haría en el cine durante el estreno de la película Batman. El Caballero de la Noche asciende. Al hacerlo, de alguna manera buscaba que alguien impidiera sus planes. Hasta el momento se desconoce el motivo que detonó la conducta de Holmes, hasta entonces un estudiante de doctorado, “tranquilo y responsable”, como asegura la gente que lo conoce.

Por supuesto, la masacre de Aurora, ocurrida en la transición del 19 al 20 de julio de 2012, abrió nuevamente el debate en torno a la indiscriminada venta abierta de armas que tanto defiende el ciudadano común estadounidense, sea demócrata o republicano. Uno de los voceros de la National Rifle Association incluso se aventó la puntada de decir que si hubiera habido gente armada dentro de la sala de cine cuando ocurrió la masacre, el ataque se habría repelido y la cantidad de muertos sería menor.

Afortunadamente no fue el caso. Un tiroteo dentro de una sala de cine hubiera sido como disparar a peces dentro de un botellón de aguas frescas. Gente común, como se apuntó párrafos arriba, acudió con sus armas a repeler el ataque de Whitman, y nada sucedió: el francotirador de la torre de la Universidad de Texas se divirtió en grande hasta que la policía acabó con su vida.

La orfandad cultural de Estados Unidos se hace cada vez más evidente en tanto busca héroes que en la vida real están cansados. Ahora los ciudadanos de ese país deben buscar en las entrañas del cómic su razón de ser. Sin embargo, hay tanta insensatez en un individuo que rebasa las fronteras de la ficción popular creyéndose El Guasón –el enemigo más demencial de Batman— que en el ciudadano de a pie que echa la mano a su arma favorita en pos de una heroicidad para la que no está hecho.

¿Quieren saber qué motivó la conducta de James Holmes? Atiendan los escupitajos que el joven arrojaba a los guardias del lugar donde está recluido, al grado que le tuvieron que colocar una mascarada de plástico. Desde tiempos remotos el escupitajo es el símbolo de mayor desprecio. Holmes se vengó de un orden de cosas al que desprecia, donde, a ojos suyos, ya ni el Servicio Postal funciona, y lo hizo con las mismas armas que le proporcionó la legalidad de su país.