Los idiotas de la cultura (primera parte)

Nos hemos acostumbrado a que los mismos de siempre ocupen los mismos espacios culturales. Y a que hagan de las suyas. No tendría nada de malo. La vanidad es así y una vez que te la montas te exige pagar un alto precio

POR Severino Ortega Menchaca

Nos hemos acostumbrado a que los mismos de siempre ocupen los mismos espacios culturales. Y a que hagan de las suyas. No tendría nada de malo. La vanidad es así y una vez que te la montas te exige pagar un alto precio

 

Si tu cultura es superior

es porque tus razones disparan mejor.

La Polla Records

 

Cultura(mulundkvo.org)

Vaya uno a saber en manos de qué rufianes se encuentra la cultura en estos momentos. A ver, díganme ustedes, hagan fácil las cosas: quién se esconde tras de las editoriales más importantes, quién tras de los museos, quién tras de los principales espacios de expresión escénica, quién. Se imaginan ustedes un grupo de viejitos que anda de allá para acá rememorando viejas glorias. También aquellos días en que la cultura valía la pena. Cuando ellos actuaban. O cuando ellos escribían. Porque ahora les pesan las piernas. Apenas si son capaces de sostener el bolígrafo cuando tienen que firmar un cheque para una de sus tantas amantes. Y miren que no son pocas. A ver, sigamos con las preguntas: quién determina lo que se presenta en determinado recinto cultural. Quién lo hace respecto a lo que se publica en editoriales que pertenecen al estado, o que al menos reciben unos cuantos huesos para los perritos de parte de él. Quién. A ver, pueden responder, cuatro irremediables lectores de cuatro pesos.

Nos hemos acostumbrado a ellos. Es decir, nos hemos acostumbrado a que los mismos de siempre ocupen los mismos espacios culturales. Y a que hagan de las suyas. No tendría nada de malo. La vanidad es así y una vez que te la montas te exige pagar un alto precio. Lo que tiene es que en ocasiones se valen de premios, muestras, conferencias, publicaciones, obras teatrales para promover su imagen cual candidatos de alguno de los tantos jodidos partidos políticos. Si ustedes aguantan frecuentar una que otra presentación de libro verán que son los mismos de siempre quienes ocupan las mesas. No se cansan. Perpetúan su lugar en la misma silla. Es tal el ridículo que hacen que en ocasiones incluso repiten sus mismos chistes, las mismas palabras que vienen repitiendo, no sé, qué les gusta, hace 500 años. De libro en libro, de conferencia en conferencia repiten el discurso. Se han preguntado en ocasiones si habrá alguien que los aguante. Respondan que sí: saben hacerse de amigos, compran lealtades a cambio de favores culturales, incluso aceptan uno que otro favorcito sexual para que hombres y mujeres trepen un nivel más en la escala de la gran jerarquía cultural. Una gran hoguera de las vanidades en un país donde todos dicen defender la cultura, promocionar la lectura de una y mil maneras, apoyar a tal o cual compañía teatral, pero también donde la balanza se inclina al mejor postor, es decir, al que tenga mayor número de horas realizando actividades de relaciones públicas, al que se deje ver en la cantina, en la fotografía, al final del evento, sonríe tras pedir un autógrafo, luego no se separa del elegido, se vuelve por momentos su sombra, hasta que el elegido voltea y también lo admira, lo incorpora a su séquito de fanáticos incondicionales a los cuales podría mentar la madre una y otra vez y de cualquier manera no van a borrar esa permanente sonrisa. Así las cosas. Yo sé un carajo de teatro, pero me gusta, tengo unas cuantas lecturas y unas cuantas obras en el bolsillo, ya lo he dicho, y no soy tan estúpido para no darme cuenta respecto a lo que se promociona, lo que se le vende al público como teatro de la mejor calidad, cuando en realidad las obras son lamentables, dejan mucho que desear en cuantos aspectos técnicos ustedes puedan encontrar y termina uno no sólo odiando la obra sino además a su director, a los actores, los cuales se sienten ya arriba de la barca que navega por las aguas exitosas donde tienen ya su viaje asegurado, miran entonces a los demás, a esos pobres espectadores infelices que pagaron más de 200 pesos por un boleto (alguien les repitió que había que apoyar al teatro), y lo hacen mostrando tintes de superioridad, porque acá, en México, en eso consiste ser “actor”, “artista”: chingar al otro, en sentirte mejor que el otro, en subir al ring tu inteligencia para retar a cualquiera, en leer más libros que el otro, una lucha irrefrenable, una lucha que no termina, y que por el contrario no te vuelve mejor persona sino que te hace vanidoso, ególatra, cargado de mentiras, herido por tantos y tantos enemigos que te buscaste, adaptado a las condiciones de un mercado cultural que ahoga a quien se deje y rescata a quien se exhiba en los tantos y tantos aparadores con los que otorga el Estado para que al fin dejen de dar lata, porque si uno es medianamente inteligente comprobará que así fue como nacieron las becas, los apoyos estatales, las tantas y tantas miserables viandas que el gobierno en turno incluye a regañadientes año con año en el presupuesto destinado a la cultura, y una vez que lo recibes, entonces sí que problema, no vas por ahí de malagradecido luego de que tres de tus libros los ha publicado el Estado, tampoco vas por ahí mordiendo la mano de quien te da de comer, porque entonces sí, qué ingratitud la tuya, puedes pasar por lo que quieras menos por ingrato, y eso lo saben quienes se juntan contigo, quienes al menos consiguen comprar caguamas o cocaína con el dinero del Estado, pues si se revisara bien en lo que se utiliza se podría comprobar que no es en libros sino en tachas, mota, tequila, que viéndolo bien, acorde con su perspectiva, quizás sea de ahí de donde les llega la inspiración a tanto y tanto hijo desobediente que hoy anda becado.