Seudónimo Quincey 33

El mayor de los Berterguer guarda silencio. Piensa alguna idiotez. En ese anodino lugar son muchos los que creen en apariciones. Andan con cuentos. Le sucede cada que da con un pueblo: antologías que la gente edita desde sus más oscuros temores

POR Óscar Garduño Nájera

 El mayor de los Berterguer guarda silencio. Piensa alguna idiotez. En ese anodino lugar son muchos los que creen en apariciones. Andan con cuentos. Le sucede cada que da con un pueblo: antologías que la gente edita desde sus más oscuros temores

Fantasma(howto.drprem.com)

Algo así debe ser el amor. O la idea que se tiene de él. Desde hace unos minutos se pregunta por qué piensa tales cosas. Palabras así golpean los pensamientos del mayor de los Berterguer. Está solo. Primero se sienta sobre un féretro y se inclina hasta conseguir rascarse dentro de un gris calcetín. Luego arroja lejos uno de los zapatos bicolor y suspira. Cuántos hombres andan por ahí que les hace falta un poco de amor. ¿Quién habla ahora, lo hace el mayor de los Berterguer o Carl Tanzler? Suspende la mirada afuera del local. La tarde adquirió tonalidades naranjas desde hace algunos minutos y las calles empedradas aparecen vacías. Los pobladores aprovechan para dormir la siesta. Ignoran muchos que ni siquiera habrán de concluir el día, y que por lo tanto el mayor de los Berterguer tendrá más trabajo. Dos ideas galopan en los pensamientos del mayor de los Berterguer: amor y muerte. Cuando eres dueño de una agencia funeraria la segunda palabra no necesita explicaciones. Cuando pierdes a tu esposa la primera palabra sí que las necesita. Pero está cansado. Estira las piernas. Reina el silencio y es perceptible su respiración, la cual se estrella contra los tantos féretros que mantiene apilados a sus espaldas. Tiene la frente copiosa de sudor. Llega a Clara. Al salir del velorio lo supo muy bien. Algo había en esa mujer que le traía recuerdos de su esposa. Aún no acaba de entender si es en lo físico. Debe ser eso, puesto que tuvo pocas oportunidades de conocerla. Siempre con el imbécil de Domingo. Terminas por enamorarte (o él cree que es eso) de una mujer y cuando descubres que tiene pareja la maldices, porque sin saberlo tiene algo que te pertenece. Así como a ellos les habrá de pertenecer la muerte. Fue entonces cuando frente a él primero se percató de una sombra traspasada por unos cuantos hilos de luz, una mordisqueada sombra que se quitaba el sombrero para darle las buenas tardes. Luego el mayor de los Berterguer se cercioró de su identidad. ¿Qué hace Lucio Martínez ahí?

Tras saludar permanece. Hace una pausa. En cuanto la luz le da de lleno en el rostro el mayor de los Berterguer descubre lo asustado que viene. Pálida no son las hormigas del foco que trepan por su rostro. Pálido es el color de su avejentada piel. Habla. Los labios bajo el blancuzco bigote mal recortado tiemblan en clara sincronía con los temblores del sombrero de paja. Dice que la acaba de ver. La acaba de ver. Insiste mientras abre los ojos, como si cada vocal de su frase intentara escapar por alguno de los nervios ópticos. El mayor de los Berterguer guarda silencio. Piensa alguna idiotez. En ese anodino lugar son muchos los que creen en apariciones. Andan con cuentos. Le sucede cada que da con un pueblo: antologías que la gente edita desde sus más oscuros temores. A ver: permanecerá en silencio hasta que Lucio se convenza de lo ridículo de su historia y termine por largarse. Pero cuando Lucio dice: la mujer de los buitres, el mayor de los Berterguer se pone de pie, recuerda que no trae puesto un zapato y se queda con una pierna en el aire y un gris calcetín cuya punta cuelga, inmóvil todo él frente a un Lucio que también queda inmóvil en espera de alguna respuesta. Salen los dos. Echan a correr, luego de que el mayor de los Berterguer dificultosamente se coloca el zapato. Y parecen traspasar la anaranjada tarde. Pasan unas cuantas calles y llegan a una barranca. Lucio propone saltar el alambrado que la cuida, avisa que en el fondo está ella: la mujer de los buitres. Lo hacen. Dan con la primer mujer asesinada.