Por Óscar Garduño Nájera

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Uno a uno a uno sus pasos. A momentos los arrastra. Parecen inseguros de sí mismos. Como si al arrastrar uno a uno a uno sus pasos consiguieran recoger piedritas del cuarteado camino. Dale con el desierto que se abre como un abanico frente a él. Sobre agrietada, borboteante, removida tierra seca ahí donde no existe camino alguno. Hace algunos años tal vez. Se planeó la construcción de una carretera que iba a atravesar parte del desierto. A la semana siguiente del anuncio llegó maquinaria pesada. Y hombres con botas y cascos.

Alguien hizo mediciones topográficas. Parecía sencillo. Eso, lo de la carretera. Quizás durante unos cuantos días se hicieron algunos trabajos. Luego todo se paró. Los hombres subieron a los camiones y desaparecieron. También la maquinaria pesada. Quedó tan solo una excavadora. Aún permanece en algún lugar. Escondida en medio del desierto. Muchos de los que se aventuran a cruzar el desierto han hecho de ella un monumento. Y tantas preguntas.

Un cielo azul rasgado con espumosas y blancuzcas nubes. Una vez que mira el horizonte. Sin dirección. Fue de las primeras cosas que le quedaron claras desde que comenzó. Acaso todavía no alcanza a hacerse a la idea. Un hombre que aún no es hombre y que quiere serlo se dirige a un sitio que desconoce y arrastra uno a uno a uno sus pasos, y así monta las deformes vertebras con las que ese desierto parece aguijoneado, las cuales lo empujan, de dicen que siga adelante, qué importa si no llevas en tu memoria una dirección, se trata de huir de un pueblo de cobardes, de encontrar al asesino de Andrea.

Y conforme se aleja del pueblo (¿dónde está ahora?) repite tantos y tantos pensamientos, y ahí, en medio de ellos, tal vez agazapada desde que tomó la decisión, aparece la venganza, o lo que sea que un hombre que aún no es hombre pero quiero serlo entienda por tal.

Fue primero con la mujer. Estúpido no es y una vez que dio con ella pensó en regresar y ahora uno a uno a uno sus pasos hacia atrás. Tras comprobar que todos los hombres que habitan tu pueblo son cobardes no sales un día, se te aparece una mujer fantasma aparición o lo que sea, y dejas el horizonte a tus espaldas al dar media vuelta y regresar. Llegas cansado, te sientas en una de las bancas del parque donde escuchaste las últimas palabras del borracho de Emiliano: uno a uno los hombres se acercan, te miran con curiosidad, pocos son los que se han atrevido a cruzar los límites del pueblo para enfrentarse a lo desconocido. Y se ríen. De tus tontas intenciones. Uno de ellos pregunta si ya te hiciste hombre. Otro dice que así es como ellos se hicieron hombres. Intenta darte una receta. Intentas salir de este maldito pueblo, no lo consigues y regresas. Porque quién sabe lo que esconde el mundo allá afuera. Mejor para nosotros acá con todo y todo. También con las muertitas. Dios la tenga en santa gloria a la niña Andrea. Porque las muertitas también entretienen. Vete a saber si no: encuentran a una y todos dejan de hacer lo que hacen para echar a correr, llegar en primer lugar y no perder ningún detalle para contar bien la historia en las bancas, en las esquinas, en la única cantina del pueblo. Qué más da. De cualquier manera se mueren. Las mujeres. Pregúntale al gordo: te matan a una hija y en lugar de exigir justicia preparas una fiesta de quince años. Entre más muertitas encuentren menos nos aburrimos por acá. Hay apuestas para ver quién da con otra fosa. Lo malo es que apestan. Eso está cabrón.

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Imágenes que se pintan a sí mismas en el desierto. Algunos matorrales dispersos mecen puntiagudos brazos cuando un viento de proporciones infernales parece incendiarlos. Así acompañan a Jacinto. Aplauden con cada movimiento la decisión que toma de continuar uno a uno a uno sus pasos hasta dejar el camino con el cual no pudieron los hombres de casco, botas y la maquinaria pesada. Imágenes que se pintan a sí mismas en el desierto. Erectos cactus de espinoso cutis parecen señalar con sus redondas puntas a un cielo ahora rojizo. Por donde quiera que mire prevalece la arena. Inmóvil. Suspendida en medio de la nada. Pase lo que pase seguirá ahí: baba que se escurre y lubrica las vértebras del desierto para que estas sigan con sus movimientos, con su existencia.

Desde que salió del pueblo ha visto a más de una: reptan a sus anchas por la arena. Luego parecen cobijarse con un arenoso cuerpo que aunque ajeno parece arroparlas. Prosiguen veloces, zigzagueantes, líneas que alcanzan a cruzarse por un instante antes de que el viento infernal las borre. Descansó. Dejó la mochila en el suelo y se sentó sobre una piedra. Bebió agua. Fue entonces cuando a escasos metros contempló la escena. Un negruzco ratón se entretenía con una pequeña piedra. El acto circense consistía en querer moverla de lugar, lo cual parecía imposible. Pero se esforzaba. Una y otra vez. Repentinamente apareció una víbora: movimiento veloz, reptante, certero, por los aires un poco de arena, trazo de líneas imperfectas y unas cuantas gotas de sangre, la cual no tardó en ser absorbida por las vertebras del desierto. Jacinto se asustó.

También lo hizo luego. Cuando la víbora se perdió con su presa.

Y a unos cuantos metros lo que parecía una roca más cobró forma.

Hasta convertirse en un hombre.