Cuando la depresión abrasa

Intensa y patriarcal es la voz del superego; ha provocado en muchas culturas, que el individuo arrastre con un sentimiento de culpa y de alienación. La fascinación por lo improcedente en la literatura es producto de un acucioso trabajo de Mauricio Montiel Figueiras, labor destaca en La penumbra inconveniente

POR Gabriel Ríos

 Intensa y patriarcal es la voz del superego; ha provocado en muchas culturas, que el individuo arrastre con un sentimiento de culpa y de alienación. La fascinación por lo improcedente en la literatura es producto de un acucioso trabajo de Mauricio Montiel Figueiras, labor destaca en La penumbra inconveniente

Montiel(www.horacero.com.mx)

“Muchedumbre” es un texto que se engarza al libro La penumbra inconveniente, uno de los primeros libros de Mauricio Montiel Figueiras que se dispara como un artefacto, desde la Plaza Pública, con el sello inconfundible de Josef K. La imagen podría bordear la locura de Robert Musil, para quien la poesía era una recurrente soberbia, en el mejor sentido de formar en lo posible el nombre de Dios.

El desafío que puede ser el asesinato en masa, despierta a la mujer que se describe en la lámina del pintor de una grisácea ciudad. Despejada, ella, de dudas e invadida de desiertos, alcanzaría a mirar al Padre que se divierte por la violencia que se desata, entre la virginidad y lo fútil de lo reflejado en La penumbra inconveniente. Se advierte la semejanza con la historia de Jesús, por aquello de la soberanía y el amor imposible de ese ser anónimo que en su clonación se hermana con sus pares, quienes barbotean atados a unas sillas.

“Diego en el metro” otro de los cuentos que a la luz de la utopía penetra por un instante en el ínclito infierno. Parafraseando a Levinas, se cobra la afrenta, la fumarola del tedio por vivir demasiado en la corteza del orbe y su decisión de desaparecer y reaparecer y desaparecer y reaparecer por el sinuoso tubo digestivo de la vida, como si sospechara algo de la amiga del antebrazo marmóreo.

La depresión abrasa. Esa inferioridad comparte. Ha venido deslavando el relato “Frontera” y al hombre que cuando despertó, el vacío serpenteaba y él se preguntaba acerca de la infidelidad, de lo que significa el miedo que bloquea al deseo. Curiosamente, también lo pensaba Grauauge, el alter ego de Robert Musil, que al perder en resoluciones, ganaba en ternuras, en enamoramientos (Abel el personaje de “Muchedumbre”) que no le permite satisfacerse con nada ni con nadie.

Corolario a la búsqueda de lo erótico. El procesado trasciende las páginas liminares de La penumbra inconveniente; emergen criaturas que se oponen a la ley y autonomía destructiva y pierden el sentimiento de honor: su descomposición quedaría escrita desde 1841, en el imago de Soren Kierkegard, para quien su época, era de individuos frenéticos y gregarios.

Intensa y patriarcal es la voz del superego; ha provocado en muchas culturas, que el individuo arrastre con un sentimiento de culpa y de alienación, dice el psicoanalista Edgard C. Whitmon: “Pues el yo personal no está incluido en lo maternal, lo que equivale a la expulsión del paraíso… Es lo que nos convierte en vagabundos, desconectados de un origen divino y sometidos al pecado”.

La fascinación por lo improcedente en la literatura es producto de un acucioso trabajo de Mauricio Montiel Figueiras. La suculencia de su prosa revive el pasado y nos permite especular, pensando en la desmesura del siglo XXI, concerniente a sus ideas, de enorme capacidad mental, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo y pánico.